sábado, 14 de marzo de 2009

Cerca de la frontera boliviana - La Quiaca y Yavi

De regreso en Jujuy me despedí de Theo, agradecida por las atenciones recibidas; ni siquiera había permitido que pagara el gasto de combustible y solo aceptó, ante mi insistencia, que me hiciera cargo del almuerzo en Humahuaca.Esa noche me despedí de los tíos que había visitado. Levanté el equipaje y a las 2 a.m. partí puntualmente de la Terminal de San salvador con rumbo a la Quiaca.Dormí plácidamente, agotada por el paseo diurno. De rato en rato abría los ojos y observaba el mismo paisaje que pude ver a la luz del sol. Ahora presentaba claroscuros dibujados por la luna y algunas cumbres a la distancia tenían destellos plateados, pues conservaban vestigios nevados en sus picos.Arrullada por música melódica, interpretada con instrumentos del altiplano - que había comprado en Humahuaca- me desperté en la Terminal de La Quiaca. Apenas aclaraba; cuando bajé me golpeó fuertemente el viento frío del amanecer.Levanté mi mochila, me abrigué e intenté llegar a los sanitarios. Cuestión totalmente imposible por la cantidad de gente, las condiciones que presentaba y la falta de agua corriente en el lugar. Apelé como siempre, a lo que aprendí a llamar "mentalidad de turista" (significaba disfrutar de cada momento, no enojarse ni protestar por nada y sonreír ante las dificultades, adaptándote a las circunstancias). Compré una botella de agua mineral con la que lavé mi cara y cepillé mis dientes, en la calle.En la planta alta del edificio funcionaba la cafetería y bar, donde tomé un reconfortante café con leche caliente con dos medialunas; mientras desplegaba mis mapas y anotaciones; esperando que fuera un poco más tarde.A las 8,30 empecé a caminar por el pueblo. A pesar de tener una agenda con el nombre de algunos lugares "posibles" para alojarme, todos tenían la capacidad colmada, por la cercanía del carnaval.(faltaban alrededor de 15 días) por lo que estimé que para esa fecha estaría en Cusco, tal como lo había previsto. Finalmente dejé el equipaje en la conserjería de un hotel, donde un viajante desocuparía la habitación a las 12 de ese día y me dediqué a recorrer y conocer el lugar,. Visité los lugares típicos que me habían sugerido, saqué fotografías y conversé con lugareños. Allí comprobé que la mayoría de los "naturales" de la zona, de las etnias coya y aymará son parcos y rehuyen de la conversación con extraños; sin embargo poco a poco logré conocer ciertas costumbres, modos de vestir, alimentación; principalmente en las zonas aledañas al mercado municipal; donde las frutas y los quesos se mixturaban en perfecta armonía con otros productos de la Puna, totalmente desconocidos para mi.Cerca de mediodía, escuche por boca de unos extranjeros acerca de lo bonito y agreste del paisaje de un lugar llamado Yaví. Podía ir al lugar en taxis-colectivos que hacían el recorrido durante todo el día hasta las siete de la tarde.Sin pensar más, me dirigí hasta la calle donde partían, y esperé pacientemente bajo un sol despiadado, hasta que logré conseguir espacio en uno de ellos.El trayecto fue maravilloso. Su paisaje extraño, con ondulaciones, serranías y concavidades de formas diferentes a lo que había conocido hasta el momento. Bajé en el pueblito, formado por una calle principal muy ancha y angostas callecitas que se abrían a los lados, todas de tierra, las casitas eran de adobe, y la mayoría de los techos de paja. Grupos de jóvenes y niños jugaban con agua, había banderines de colores y música. Reían y corrían de un lado al otro. Me dirigí hasta el final de la calle, que continuaba en una pendiente ascendente y concluía en una especie de terraza alta de forma circular, desde donde se divisaba todo el pueblo y el paisaje que la rodeaba.Allí encontré un montículo de ofrenda a la "Pachamama" formado por pequeñas piedras, serpentina y papel picado de colores, botellas de diferentes bebidas, restos de alimentos, maíz y hojas de coca.Había mucho silencio en el lugar, el viento silbaba. A mis pies a la distancia divisaba un curso de agua y abundancia de árboles, podía distinguir los vivos colores de las carpas instaladas en el camping municipal, y empecé a bajar por el sendero, para conocer ese lugar; en el camino me encontré con un niño de aproximadamente 11 años que se ofreció gentilmente a servirme de guía. Le pregunté cuanto me costaría y me respondió que eso quedaba a mi criterio y voluntad, porque él no cobraba para mostrarme el lugar. Acepté y me asombré con la belleza de las pinturas rupestres que el niño me hacía descubrir en diferentes partes de la montaña; luego me llevó hasta un Museo donde se guarda infinidad de historia acerca del sistema de "encomiendas" en la época del Virreinato; los viajes del enviado del rey fueron relatados y mostrados en diferentes grabados, mobiliarios y documentos. Cuando salimos, me despedí del niño, le dí una pequeña retribución y salí a buscar donde comer algo, pues eran casi las tres de la tarde.En la calle principal encontré un hostal llamado "La casona", en cuyo frente se hallaba un comercio con venta de artesanías y productos regionales. A pesar de la hora, me prepararon un suculento plato de pastas con tuco, que comí gustosamente. El comedor tenía varias mesas y sillas realizadas en artesanalmente. En algunas repisas y en la pared colgaban adornos y diferentes cacharros que componían la decoración. Encima de la chimenea, infinidad de fotografías, postales, tarjetas de agradecimiento de quienes se habían alojado en el hostal. A un lado, atada a una caña tacuara, apoyada en la pared, estaba la bandera multicolor representativa de los aborígenes, reforzando la idea de identidad regionalista.El lugar invitaba a la convivencia cordial. Si bien no pernocté allí, me informaron que tiene el sistema de "cama y desayuno" con baño compartido. Se veían muchas personas alojadas en el hostal, que se acercaron a conversar. Finalmente cantamos acompañados de guitarra y recitamos algunas poesías .A las 7 de la tarde, tomé el último taxi compartido de regreso a La Quiaca. Ya mi equipaje estaba en la habitación. Tomé un baño de agua caliente y comí un sándwich acompañado de ricos mates en la cama. A la mañana siguiente, cruzaría la frontera boliviana. Seguía recorriendo los kilómetros en pos de alcanzar algo ansiado: conocer Macchu Picchu.
Magui Montero
NOTA: Foto1- Iglesia de La Quiaca. Foto 2-Comestibles desecados Mercado de La Quiaca. Foto 3- Mercado Municipal de La Quiaca - Foto 4-Serranías de raro diseño camino a Yaví. Foto 5- Pueblo de Yaví (imagen parcial) Foto 6- Pinturas rupestres indígenas. Yaví

4 comentarios:

roxana dijo...

Magui: Que hrmoso . Conozco y realmente son experiencias espectaculares!. Me alegra que la hayas pasado tan bien como se refleja e tu comentario. buen relao se vivencia! Un beso grande y buen fin de semana que se pasa pues volando!

Magui Montero dijo...

hola Roxy! Si, las experiencias de viajes son hermosas, más aun cuando tienes un paisaje de tantos colores y con tanta paz como la que se respira ahi!
Besos!
Magui

GIANNI dijo...

Hola, muy lindas las imagenes y buenos relatos.
Un saludo, pasaré pronto a visitarte...
Gianni

Magui Montero dijo...

Hola Gianni! Me siento feliz de que haya sido de tu agrado. Gracias por dejar tu huella.
Un abrazo
Magui