viernes, 22 de enero de 2010

La expedición al Salar de Uyuni - 2º etapa entre lagunas y volcanes

Nada me hacía prever este mundo de colores. Surgían ante mis ojos a medida que devorábamos kilómetros, desiertos, pero todos distintos. El desierto de Siloli, el de Dalí, el de Piedras, cada uno de ellos con su espectacular imponencia, que lo diferenciaba del resto.
En realidad y a pesar de mis diferentes notas me resultaba difícil guardar un orden en el recorrido que iba haciendo; los mapas, los folletos, en nada nos preparaban para ese multicolor despliegue de la naturaleza, las piedras de formas caprichosas, la arena como formando bandas rayadas, la extrañeza de pararse y observar un horizonte aparentemente sin límites; y de pronto al rodear una montaña, o al bajar una duna, la enceguecedora visión de las lagunas pobladas de flamencos.
Imposible decir cual era la más bella, cada vez que pensaba “esta es la más bella”, llegábamos a otra que nos dejaba boquiabiertos. En nuestro recorrido durante ese día y el siguiente, a pesar de que aun no había llegado al Salar de Uyuni, los paisajes y las vivencias compensaban ampliamente tanto el precio como las incomodidades.
Laguna Kolipa, Laguna Celeste, Laguna Blanca, fueron las primeras que visitamos. Ya era mediodía, paramos a almorzar y darnos un baño en las Termas de Aguas Calientes. Llegamos cuando ya estaban muchos grupos de turistas, almorzando o tomando su baño. Nosotros fuimos los últimos en llegar y partir, rumbo a Laguna Verde (a 4.400 metros) situada en medio del Desierto de Dalí. Allí tuve mi momento de mayor angustia cuando comprobé que en el vestuario de las termas había dejado mi cámara de fotos y tenía más de 500 captadas solo desde el comienzo de esta excursión. No me importaba la cámara (que me había costado bastante) sino las fotografías que iba a perder, y pensar que no tendría nada de toda esta hermosa experiencia. Todos trataron de calmar mi llanto silencioso. Margarita y Raúl me dijeron que teníamos que volver a pasar por las Termas y seguramente estaría en el lugar donde la dejé; pero yo estaba desolada.
El trayecto hacía Laguna Verde, duró cerca de media hora. A la distancia se veía el Volcán Ucancabur de 5950 metros.
El resto de mis compañeros me dijo “no te quedarás sin fotos” de aquí en adelante, si no encuentras la cámara, nosotros te enviaremos las nuestras. Lamentablemente, mis condiciones anímicas no me permitieron disfrutar de ese bello lugar, porque estaba ansiosa por regresar.
Finalmente volvimos, al principio dijeron que no habían visto nada, que la cámara no estaba; les pedí que me ayudaran en la búsqueda y daría una recompensa si la encontraban. Mágicamente, la cámara apareció en manos de un niño y le di 50 bolivianos.
Margarita se enojó, me dijo que hubiese bastado darle 10, pero yo temía que si era poco, no pudiese recuperarla. (eran alrededor de siete dólares, y para ellos representaba mucho dinero)
Estaba feliz cuando llegamos a los géisers y fumarolas “Sol de Mañana” ubicados a 5000 metros de altura; me encantó ver los colores de los diferentes minerales entremezclados que burbujeaban y lanzaban chorros de vapor con mucha presión. Corría un fuerte viento, y la tarde empezaba a caer. Poco después llegamos al refugio Huayllajara.
Esa noche, luego de cenar, jugamos naipes, tomamos varias cervezas y nos fuimos a dormir. Afuera, el viento del desierto silbaba y la temperatura había bajado mucho.
Por la mañana, me levanté antes que el resto del grupo y cuando salí a la galería para sentarme a desayunar, observé que habíamos destrozado una cubierta; le avisé a Raúl, quien con la ayuda de Tom y Micky se puso a cambiarla. (Todos los Jeep llevan dos ruedas adicionales y los elementos necesarios para reparar posibles pinchaduras)
Tomamos un café con leche acompañado de panqueques con dulce de leche, que fueron una fiesta para el paladar y salimos.
Laguna Colorada fue nuestra primera parada a 4270 metros, bella, majestuosa; luego Laguna Ramadita, Honda, Charcota (allí almorzamos a orillas de la laguna), después continuamos hasta Laguna Hedionda y Canapa. La cámara no alcanzaba a captar el esplendor y la extensión de estos lugares, pero no me cansaba de disparar de todos los ángulos posibles. Pasamos el Desierto de Siloli, donde se encuentra el Árbol de Piedra, un capricho de la naturaleza, enclavado en medio del Desierto.
Cruzamos el Desierto de las Rocas y luego el Valle Tum Tum, en algunas partes nos bajábamos y ayudábamos a mover rocas para que pasara el Jeep y poder seguir camino. A la distancia visualizamos el volcán Ollague a 5865 metros (en actividad), se podía distinguir el humo saliendo y el vapor rodeando su parte superior.
Atardecía, cuando cruzamos unos sembradíos de quinua; estábamos llegando al refugio de Villa Candelaria, a orillas del Salar. Cansados, contentos, con hambre y ansiosos por darnos un baño (aquí había duchas con agua caliente)
La construcción era rara, íntegramente realizada con bloques de sal, incluidas las mesas, los asientos, escaleras y las camas. Me descalcé, mis pies se hundieron en la sal; jugueteé largo rato como niña. Antes de acostarme, salí a observar la noche, el refugio estaba enclavado en una elevación, desde donde se veía el pueblo a lo lejos. Una hermosa luna brillaba en el cielo totalmente límpido, me senté a contemplar el fantasmagórico paisaje de la luna tiñendo de plata el Salar más grande del mundo. Era hora de acostarme, a las 22,30 se apagaban las luces del refugio.
A las 4,30 de la mañana, saldríamos para ver el amanecer más extraordinario de mi vida. ¡Por fin entraría en el Salar de Uyuni!

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