jueves, 23 de julio de 2009

LOS SECRETOS DE MACCHU PICCHU ENTRE LA NIEBLA Y EL SOL

Ya había amanecido, pero la mañana estaba oscura; grandes y pesados nubarrones lo cubrían todo, cuando ingresamos a Macchu Picchu.
El viento silbaba y nos agrupamos en torno a los distintos guías, de acuerdo al idioma en que se daban las explicaciones. Algunos de ellos llevaban en alto un banderín de color para distinguirse y mantenernos cerca, pues había muchos grupos ingresando. Los visitantes sentíamos la presión de haber llegado a un lugar “especial”, hablábamos despacio y los ojos no nos resultaban suficientes para atrapar tanta belleza.
La Ciudad de los Incas, estaba perfectamente planeada y diseñada de acuerdo a la estructura social y jerárquica. Hacia un lado, en sobre elevación las viviendas de los vigías; hacia otros sectores se distribuían los sacerdotes, los milicianos, el resto del pueblo, etc. Todo organizado alrededor de una inmensa plaza principal de forma rectangular, en cuyo centro se veía una piedra ubicada a ras del suelo, destacándose sobre el intenso color verde del césped. Ésta marcaba el lugar donde alguna vez estuvo colocado un obelisco que ahora yacía bajo tierra. También en la Plaza, pero hacia el costado, un árbol de ceibo marcaba la zona donde se realizaba el ceremonial de la fertilidad. Este rito se cumplía en el momento que los niños entraban en la pubertad y marcaba el inicio de la madurez sexual.
Más alejadas, pero integradas a la ciudad se observaban las viviendas destinadas a los agricultores, ubicadas en las cercanías de las terrazas destinadas a la siembra.
Fuimos avanzando por el sector izquierdo respecto a la Plaza. Nos encontramos en un espacio amplio, en cuyo frente se hallaba la que fuera la sala del altar principal de ceremonias, a la derecha de éste, con aberturas que miraban a la plaza, otra habitación grande preparatoria del ceremonial.
Seguimos hacia la parte trasera de la que fuera sala del altar principal; y vimos una estancia rectangular más pequeña, con asientos en la totalidad de sus lados y trece hornacinas en las paredes a la altura de la cabeza de una persona (sentada). Nos explicaron que era una habitación ceremonial de reunión del Inca con los sacerdotes. En el lugar principal (frente a la puerta) se hallaba la ubicación del Inca, a su alrededor a cada lado se sentaban seis sacerdotes. Allí nos mostraron ciertas características de propagación del sonido y se hizo la prueba. Uno de nosotros murmuró una frase en el hueco de una de las urnas y en cualquier otra se escuchaban claramente las palabras expresadas. Cómo lo hacían? Tenían gran conocimiento de la expansión del sonido. El formato levemente inclinado de una de las caras de las paredes así como el diseño de puertas y ventanas obedecía a darle características antisísmicas a las estructuras, había red de distribución de agua respetando las pendientes y hasta diseño de control de excretas.
A lo largo de nuestro recorrido fuimos haciendo diferentes tipos de pruebas que nos dejaban cada vez más sorprendidos. Tendimos un largo hilo a través de varias habitaciones que se conectaban entre si por ventanas ubicadas en la pared que compartían; sostuvimos en tensión el hilo en una esquina de la primer ventana y la hicimos cruzar por tres habitaciones; era tal la exactitud de ubicación que ni quedaba más espacio, ni el hilo rozaba más en las siguientes ventanas.
En cierto lugar nos mostraron una gran roca donde los estudiosos habían realizado experimentos para conocer que método se usaba para cortar y tallar piedras; nada dio una explicación coherente, si se utilizaban solo los elementos que “supuestamente” contaban en esa época.
Todo era bello, imponente, cada lugar nos despertaba admiración o sorpresa. La piedra ceremonial donde se realizaban los sacrificios tenía forma de cóndor y sólo parándose en determinado sitio, las piedras que enmarcaban el recinto parecían prolongar la figura imitando las alas extendidas del ave.
El inmenso reloj de sol, situado en cierta ubicación respecto a los puntos cardinales, marcaba no solo las horas, sino las estaciones del años y tenía facetadas en forma esquinada las constelaciones más importantes del Hemisferio Sur en determinado momento del año. Las mediciones efectuadas con aparatos avanzados, permitieron conocer que la ubicación era exacta y sin errores. Me dijeron que eran un pueblo de grandes astrónomos, matemáticos e ingenieros; algunas cosas que tuve oportunidad de ver me hicieron pensar que no solo eran geniales observadores de la naturaleza. Creo que hay cosas que nunca sabremos y permanecerán inexplicables para todos nosotros.
Un pichón de cóndor estaba posado en el borde de la pared limitante con el precipicio. Lo miré y le saqué una fotografía. Me observaba, no voló ni temió. Es un descendiente de aquellas aves que compartieron un mundo diferente y acompañaron a los habitantes de lo que fuera un exquisito y floreciente pueblo de elegidos.
Quizás recibió en sus genes la orden suprema de custodiar las ruinas de la civilización Tahuantisuyo.
Poco a poco me iba acercando a la puerta por donde iniciaría el ascenso a la Nariz del Inca, sin saber que esta experiencia marcaría un antes y un después en mi vida.
Antes que el sol llegue a su esplendor, debía trepar el Waina Picchu y la hora avanzaba, me faltaba cumplir el rito de la bendición del Astro Rey, antes de culminar el viaje y dar por cumplido mi anhelo.
El guía se despidió indicando que su misión concluía; yo aun tenía algo que hacer.
Magui Montero
NOTA: Foto1 Habitación ceremonial. Foto 2 Terrazas. Foto 3 Plaza. Foto 4 Vista del Waina Picchu. Foto 5 Reloj solar. Foto 6 Ceibo de ceremonial fertilidad. Foyo 7 Río Urubamba visto desde la Ciudadela. Fotos 8 y 9 Ubicación de construcciones alrededor de la Plaza

miércoles, 17 de junio de 2009

ANSIEDAD Y MISTICISMO. Aguas Calientes y Macchu Picchu. La llegada

Finalmente había llegado el momento esperado. Los proyectos que hiciera desde el inicio del viaje; unos se concretaban y otros fueron modificándose por la falta de experiencia. Los consejos de algunos viajeros me indicaron llevar aparte de la mochila grande para portar todo el equipaje, una más chica que servía para cargar los artículos personales de higiene, el botiquín, linternas, pilas y otras pequeñas cosas de uso diario, sin tener que desarmar aquella que cargaba en las espaldas. Era más cómoda para las excursiones cortas, (de no mas de dos o tres días) sin llevar conmigo tanto peso. El camino iba enseñando; paso a paso conocí que el guarda-equipaje de los hoteles o de las terminales resultaban una buena opción.Antes de salir de Argentina, había leído lo que debía llevar para hacer la Ruta Sagrada de los Incas (con el cruce de la selva incluido) para llegar a Macchu Picchu; pero a pesar de contar con los implementos necesarios, no había hecho las reservas y la cuestión se había complicado. Reflexioné y comprendí que quizás esto era lo mejor. Sabía que la travesía resultaría muy dura para mi; resignada pero teniendo siempre mi objetivo de hacer -aunque fuera en parte lo que me había propuesto- opté por adquirir en Cusco un pequeño paquete que incluía el viaje en tren de Cusco hasta Aguas Calientes, dos noches (con desayuno) en un Hostal del pueblo y la entrada con visita guiada a la Ciudadela Macchu Picchu. Lo demás iría viendo como se presentaba; pero al menos me aseguraba un lugar donde dormir. Salí de Cusco con mi mochila chica. Llevaba una imprescindible muda de ropa, capa de lluvia, abrigo impermeable, un traje de baño y el infaltable mate (aparte de los artículos de uso diario e higiene).El tren resultó sorprendente. Tenía diferentes categorías y los precios consecuentemente, variaciones sustanciales; pero el servicio que había comprado era excelente. Música ambiental, coches climatizados, asientos confortables, ventanillas vidriadas amplias que permitían captar fotografías fácilmente, buena atención. Se podía comer en el coche comedor o en el asiento, apetitosos sándwich de los más variados gustos (aunque de precios altos). Llegué a la Estación de Aguas Calientes avanzada la mañana y la primera impresión fue maravillosa. El pueblo estaba enclavado en una angosta quebrada, rodeada de montañas de lujuriosa vegetación; las viviendas, los hostales, y comercios de todo tipo, convivían armónicamente entre callecitas que subían o bajaban hacia uno y otro lado y puentes que unían la población pasando por encima de las aguas del río que bajaba con fuerza. A poca distancia se encontraba el Hostal Adelas, donde me alojaría; ubicado en la parte superior de un comercio con venta de artesanías, libros y postales. Cómodo, agradable, bien arreglado. La habitación tenía una gran ventana hacia el río Urubamba, afluente del Amazonas, cuyas aguas bramaban a escasos metros de mis pies y del otro lado una pared montañosa cubierta de vegetación. Me dediqué a recorrer el pueblo; era bonito, multicolor, con escaleras y declives; había una linda feria artesanal, tentadora por la variedad de artículos que ofrecía. La calle principal ascendía hasta donde estaban enclavadas las termas usadas desde tiempos remotos, por las cuales el pueblo recibía ese nombre. En torno a esa calle, grupos de turistas escuchaban música, descansaban, o bebían algo fresco en las veredas. Regresé para almorzar; tomaría el baño en las termas en horas de la siesta; el clima me acompañaba con sol brillante, aunque temía que al día siguiente pudiese cambiar el tiempo, cuestión habitual en ese lugar. Almorcé comidas típicas y me encaminé hacia las termas. El trayecto era ascendente, siguiendo el recorrido del río que bajaba con fuerza por la quebrada. Las flores, helechos, el musgo y los árboles indicaban un microclima tropical, pájaros y mariposas se cruzaban hacia uno y otro lado, entreteniéndome, por lo que la distancia, que no era demasiada, se esfumó y llegué casi sin proponérmelo. Pagué la entrada e ingresé en la zona de las piscinas. En realidad eran pequeños piletones con escaleritas para sumergirse y permanecer sentados. El lugar estaba rodeado de césped y flores a los costados. Eran varias piscinas, ubicadas en el declive natural del terreno, me explicaron que las que se encontraban más abajo en la pendiente, eran de mayor temperatura y que se debían tomar las precauciones habituales de todo baño termal. Estuve los consabidos diez minutos y me senté a un lado a gozar del sol.En ese lugar conocí a otro grupo de gente que al día siguiente iría a conocer la Ciudadela y nos entusiasmamos en armar un proyecto (irresponsable). Teníamos pagado el microbús para la ida y el regreso hasta Aguas Calientes; pero al no haber podido hacer "el camino del Inca" decidimos trepar hasta la Ciudadela, ayudados por la experiencia de un muchacho peruano que ya lo había hecho.Para ello debíamos subir durante tres horas aproximadamente y llegar al amanecer, para ingresar apenas se abrieran las puertas. Allí me reuniría con el guía y las personas que iban en los microbuses y entraría a Macchu Picchu. De la partida fuimos seis. Una pareja de jóvenes japoneses, una chica australiana, un estadounidense, yo y nuestro audaz guía; quien solo por entusiasmo de aventura se unía a esta experiencia con personas que nunca lo habían hecho y desconocían los peligros de realizarlo de esta forma. Partimos con pocas cosas. Yo llevaba en mi mochila aparte de linterna y agua mineral, mi botiquín, dos sándwich, dos manzanas, la cámara de fotos, la capa de lluvia y otra camiseta. Sabía que sería un trayecto duro y no debía llevar nada pesado. Había luna, pero igualmente la noche no era clara; al principio las linternas sirvieron, pero cuando comenzamos a trepar, por momento necesitábamos las dos manos y no sabía como hacer. Tomé la decisión de atarla firmemente con una correa en mi pecho apuntando hacia abajo, así al menos vería donde ponía los pies. Me puse unos viejos guantes porque las piedras lastimaban las manos, la hierba estaba húmeda y había niebla, ¿o serían nubes? Hablábamos poco, por problemas de idioma y porque el esfuerzo cada vez era mayor. Agradecía por otra parte que fuera de noche y no tener idea de la altura, pero me arrepentía de haber seguido a este puñado de jóvenes locos. Sabía que íbamos trepando por el mismo lugar donde iba el camino, pues de rato en rato, cruzábamos la ruta, hacíamos descansos, y luego continuábamos subiendo acortando distancia. Nuestros ojos se acostumbraron a la oscuridad y ahora era más fácil ver el empinado trayecto, empecé a transpirar y me saqué el sweater y la campera impermeable. Empecé a ver que el cielo estaba más claro, pero gris y una fina llovizna nos humedecía. Rony nos dijo que no era lluvia sino nubes bajas y que faltaba apenas media hora de trepada. A lo lejos alguno que otro vehículo subía, lo supe por el sonido de motores y la luz de los faros; nos comentó que eran los empleados que empezaban a subir. Llegamos cansados, con algunos raspones, agitados pero con la mirada brillante de los que lo han conseguido. Una amplia calle con un edificio, asientos en lo que parecía una parada de buses, y la entrada. Recién empezaba a clarear y estaban llegando los primeros buses. Me separé de los compañeros de la improvisada expedición y entré a los baños, a asearme. A la salida, el lugar estaba cubierto de micros y turistas que pululaban; encontré a la persona que debía contactar, quien me miró con sorpresa y disgusto cuando le comenté lo que había hecho. Recibimos recomendaciones de quien sería nuestro guía dentro de la Ciudadela. Nos dijo que debíamos ir al baño antes de ingresar, ya que adentro no lo había; no debíamos hablar en voz demasiado alta, pues cualquiera fuese la religión que profesáramos, teníamos que comprender que estábamos entrando a un lugar que era un templo, por lo cual era primordial tener respeto. Amanecía, el lugar permanecía en medio de bruma espesa; yo rogaba interiormente que no lloviese para poder disfrutar a pleno aquello que tanto quería conocer. Estaba ingresando a Macchu Picchu.
NOTA: Foto1- Ciudad de Cusco. Foto 2 y 3- Llegada estación Aguas Calientes.
Foto 4- Río Urubamba. Foto 5- Almorzando en Aguas Calientes.
Foto 6- Pueblo de Aguas Calientes. Foto 7- Termas de Aguas Calientes
Fotos 8, 9, 10, 11 - Camino hacia las termas- Foto 12- Subiendo a la Ciudadela de Macchu Picchu

miércoles, 3 de junio de 2009

RECORRIENDO EL CUSCO. TEMPLOS, FORTALEZAS Y PUEBLOS. II


Continuamos la excursión saliendo de la ciudad para ir a la Fortaleza Saqsayhuaman a poca distancia, pues desde la altura podía aun ver la ciudad. La fortaleza estaba construida en forma de tres estructuras concéntricas. La exterior a nivel y las murallas internas a su vez sobre elevadas respecto a la primera, como si se tratara de una torta de tres pisos. Algunas piedras tenían hasta dieciséis caras, tan bien talladas que a pesar de los cientos de toneladas encajaban perfectamente la una con la otra, sin que una hoja de papel pudiese ser introducida entre ellas (lo comprobé). Continuamos hacia el Templo Qengo, donde se realizaban las ceremonias de iniciación de las mujeres púberes y sacrificios de animales dedicados a la Luna, entramos por pasadizos hacia un nivel inferior y pude observar tanto los altares preparatorios de sacrificios, como el altar principal. En la parte superior se hallaban los tronos tallados en piedra donde se ubicaban tanto el Inca como los sacerdotes del Pueblo Tahuantisuyo (verdadero nombre y no Inca como erróneamente se lo llama). Continuamos visitando la fortaleza Pucapucara, era la fortaleza encargada de proteger la zona más alejada del los alrededores del Cusco.
De allí fuimos al Templo Tipón, lugar donde antiguamente se realizaban las ceremonias de purificación y las mujeres recibían bendiciones de fertilidad. En ese lugar, aquel día a pesar del sol había viento muy frío; compré a una vendedora ambulante por 0,50 soles humita en chala rellena con queso de llama. Sabroso manjar caliente que me sirvió de tentenpié y tentó al resto de los excursionistas a probar lo mismo que yo.
Continuamos el recorrido hasta una feria de artesanos, luego seguimos rumbo a Pisac, allí visitamos el pueblo donde se realizaba la fiesta de carnaval. Había personas de diferentes comunidades indígenas que concurrían al pueblo para esta celebración. Cada comunidad durante todo el año trabaja duramente y va bordando los trajes que se usarán para esta ceremonia. Fue maravilloso contemplar sus danzas, sus trajes, la diferencia entre cada región y los rasgos distintivos. El haber concurrido la primera noche al Centro Cultural, me servía ahora para identificar la región a la que pertenecían y me sentí feliz de haber tomado nota.
Las calles de Pisac eran adoquinadas pero formando diseños con las mismas piedras. La gente del lugar congregada en la plaza del pueblo formaba una abigarrada multitud que miraba el espectáculo en silencio. Yo los observaba con curiosidad y solo sus ojos mostraban alegría, pero comprendí que era parte de sus características. Estaban acostumbrados a los silencios, a las grandes distancias, a la inmensidad de sus montañas y la profundidad de sus precipicios. Ríen sin estridencia, hablan bajo, caminan con pasos cortos; pero tienen mirada fuerte, ojos rasgados, penetrantes, quizás con mucho de los cóndores que habitan en su alturas montañosas.
Seguimos rumbo a las ruinas de Tambomachay, en los alrededores del mismo pueblo y enclavados en el monte de este nombre. Lo que a la distancia parecían pinturas o grabados en la montaña, formando diseños incaicos, en realidad eran construcciones de grandes dimensiones, que pueden observarse en detalle acercándose a ellas. ¿Cómo se había construido todo esto? ¿Cuántas generaciones habían trabajado para lograr tan geniales obras? Los detalles de belleza que se veían desde muy lejos como diseños y arabescos, eran grandes paredones de la fortaleza; habían sabido jugar hasta con la perspectiva para que se tornara un elemento decorativo de la montaña. En el valle, el pueblo entero estaba danzando y jugando con agua, el carnaval nos mostraba sus distintos rostros en cada población. Lo sorprendente es que se bailaba, se cantaba, pero todo en el contexto de una festividad religiosa; pues las imágenes de el Cristo crucificado o la Virgen estaban presentes en cada lugar que visitábamos; lo religioso estaba incorporado a lo pagano. Comprendí lo que el guía nos explicaba acerca de que para evangelizar, se los había incorporado a Dios, Jesús y la Virgen, como parte de su misticismo y religiosidad anterior.
Desde allí fuimos con rumbo a Chinchero, un pueblito enclavado en la montaña, de belleza indescriptible, con la capilla maravillosa llena de historia y antigüedades de gran valor, ubicada en el lugar más elevado del pueblo.
Había comenzado a anochecer. Hacía frío y emprendimos el regreso, antes de llegar al Cusco cuando ya se veían muy abajo las luces de la ciudad como pequeñas lentejuelas doradas, paramos en una posada para tomar una taza caliente del consabido té de coca acompañado de un sandwich.
Terminaba un día más en el Cusco y aun restaban muchas sorpresas porque comenzaba el viaje a Macchu Picchu.
Magui Montero
NOTA: Foto 1- Fortaleza Saqsayhuaman. Foto 2-Templo Qengo Trono Ceremonial. Foto 3-Fortaleza Pucapucara. Foto 4- Templo Tipón. Fots 5 y 6- Lugarenos con trajes típicos de Fiesta. Foto 7- Camino al templo Pisac. Foto 8- Tambomachay. Foto 9- Iglesia de Chinchero

domingo, 31 de mayo de 2009

RECORRIENDO EL CUSCO. TEMPLOS, FORTALEZAS Y PUEBLOS. I



Me desperté de un salto, la ansiedad por conocer, por saber, por aprovechar minuto a minuto cada instante desde la llegada al Cusco, para llenarme los ojos de colores y la mente y el corazón con su historia.
Partí temprano, luego de un desayuno sabroso que me pareció excesivo, pero terminé hasta la última miga de pan y las ricuras dispuestas en la mesa. Las calles empedradas aun no tenían el ritmo inquieto de los turistas yendo y viniendo, pero me permitió disfrutar plenamente del aire fresco de la mañana y contemplar las construcciones sólidas, parándome a admirar los balcones bellamente trabajados y los cuencos de barro con flores que observaba colocados en la mayoría de ellos.
A poca distancia y al cruzar la calle observé en la ladera de un monte (cercano a la ciudad) la leyenda “Viva el Perú” supuse que formada por rocas porque se leía nítidamente sobre la vegetación de un verde intenso, mientras que hacia el otro lado observé la bella fachada de un antiguo Teatro Municipal.
Así llegué a la Plaza Regocijo, en la cual según las creencias populares, no deben sentarse las parejas de novios ni matrimonios, pues en tal caso la boda no se concreta o las parejas se disuelven. Hacia un lado, el edificio Municipal de turismo, con una galería de amplias dimensiones prestaba su espacio para una muestra de pintura cuzqueña.
Las callecitas angostas se curvaban hacia uno y otro lado, veredas angostas y frentes antiguos. Sin embargo por dentro eran cafeterías, empresas turísticas, boutiques y hasta una joyería de lujosa decoración interior.
Así llegue hasta la Plaza Principal “Aucay Pata” de amplias dimensiones, con una hermosa fuente revoloteada por palomas.
Hacia los lados construcciones con techos de tejas coloniales y amplias Recovas donde la gente transitaba cómodamente; también allí se encontraba la Iglesia Catedral de Cusco y la Iglesia de San Francisco. Me sorprendí al saber la rigidez de los horarios para visitarlas, y aun más al conocer que para ingresar a San Francisco –que guarda cosas de alto valor histórico y cultural- debía pagarse una entrada.
En la misma Plaza hacia uno de sus lados me sorprendió una cruz de mármol de grandes dimensiones colocada sobre el mismo césped y me acerque a ver de que se trataba, pues a su lado había una placa recordatoria. Me conmovió saber que ese era el lugar donde se había matado a Tupac Amarú, los miembros de su familia (esposa, hijos y cuñados) y varios otros integrantes del grupo que intentó levantarse en contra de la dominación española. Mis pies pisaban el mismo suelo que algunas centurias atrás habían marcado hitos en el patriotismo de los naturales de ese país.
Subí por callecitas típicas visité algunas Avenidas Céntricas, pero decidí volver sobre mis pasos; no era interesante conocer lo que era la zona bancaria y lo moderno. Prefería quedarme en cada piedra, en el tallado de las maderas, en el afiligranado de las molduras y el trabajo artístico de los artesanos cuzqueños.
Al día siguiente muy temprano me buscaron desde el Hostal en el minibús para hacer el recorrido que esperaba. El guía nos fue introduciendo en la historia de la etapa anterior a la colonización. Y comenzamos la visita a los diferentes lugares. Nos dirigimos al Convento de Santo Domingo, cuya estructura se encontraba encima del antiguo templo Qoricancha; uno de los más importantes y ricos de todo el Cusco. Allí pude observar y escuché el relato de la destrucción y despojo del que habían sido víctimas. El mismo Convento fue construido con las piedras arrancadas del templo. Las estatuas de tamaño natural hechas de oro macizo replicando las figuras de personas, animales y vegetales autóctonos que adornaban los amplios jardines, habían sido sacadas de sus bases y fundidas para llevarlos a Europa. (Solo quedan algunos vestigios de cosas que se lograron esconder en el actual Museo del Oro) ubicado al frente del templo Qoricancha; aunque una gran plancha de oro se encontraba dentro del templo con los dibujos de sus dioses y la estructura jerárquica de los mismos. (todos estaban relacionados con la naturaleza)
Vi con sorpresa la forma de ensamble de las piedras, por medio de pernos y aros realizados con otras piedras pequeñas, ya que los antiguos constructores no usaban argamasa ni otros elementos de este tipo para adherir las piedras entre si. En el patio central, se encontraba la Pila donde se colocaba la chicha para las ceremonias.
Se había logrado rescatar parte de las habitaciones que pertenecían al santuario de la Luna; sin embargo sorprendía más el trabajo artístico realizado en ebanistería y pintura por los indios en la etapa de la colonización, pues sillones, puertas, pinturas de época realizadas con una maestría asombrosa, sin haber conocido otra técnica que lo que les daba su sensibilidad artística.
Por dentro estaba furiosa, más veía y más me enojaba con el desastre y destrucción que se habían hecho en nombre de la conquista y evangelización de un pueblo que tenía a mi parecer un mayor nivel de crecimiento y desarrollo que Europa en esa misma etapa; porque contaban con sistemas de cloacas, drenajes, tratamiento de excretas y respeto por la naturaleza. Cuando en aquella etapa los “civilizados” aun no conocían lo que era un baño y usaban los perfumes para tapar los olores que emanaban de su falta de higiene. Quién educó a quién? ¿Quiénes fueron las bárbaras hordas de salvajes? Esas preguntas ya tenían respuesta para mi después de conocer apenas el primer templo.
Magui Montero
NOTA: Foto 1- Fuente de la Plaza Aucay Pata. Foto 2-Edificación tradicional. Foto 3-Recova. Foto 4- Cruz que marca el lugar de inmolación de Tupac Amarú en la Plaza Aucay Pata. Foto 5- Iglesia Catedral de Cusco. Foto 6- Vista parcial de Plaza Regocijo. Foto 7- Una calle de Cusco. Foto 8- Teatro. Foto 9- Templo Qoricancha, pila donde se guardaba la chicha ceremonial. Foto 10- Templo Qoricancha, plancha de oro macizo con detalle de la estructura de los dioses.

miércoles, 13 de mayo de 2009

UNA ILUSIÓN QUE SE HACE REALIDAD. LA LLEGADA AL CUSCO


Puno quedaba atrás. Recibí sugerencias e hice contactos que ayudarían a que fuera menos difícil la llegada a Cusco; tenía miedos, pensamientos y proyectos acumulados. Por medio de una empresa turística me consiguieron la dirección del Hostal cuyo precio y ubicación me convenían.
Ahora me enfrentaría con un mundo totalmente diferente que en lo sucesivo reafirmaría o modificaría mis “pre-conceptos” y parte de la historia que conocía a través de libros y comentarios.
A medida que se sucedían los kilómetros el paisaje se transformaba. Los valles y las montañas estaban tapizados de una alfombra verde cegadora. Hicimos una parada en el límite donde terminaba Puno; un cartel indicador daba la bienvenida al Departamento de Cusco.
Grupos de artesanos vendían tejidos, tapices y recuerdos. Niños y mujeres con trajes típicos se dejaban fotografiar a cambio de algunas monedas (lo que me sugería algo “preparado para el turista” y no surgido de la espontaneidad del momento.
Paramos veinte minutos y continuamos el viaje. Verde, celeste intenso, blanco, amarillo, ocre, morado y rojo trenzados en un multicolor juego de la naturaleza me hicieron comprender el porqué de los colores de la ropa típica peruana. Eran solo una reproducción de lo que el paisaje les regalaba diariamente a los naturales de este suelo.
El bus avanzaba internándose en el corazón mismo del Cusco. En la vera del camino ruinas y construcciones antiquísimas integrados a cada lugar, aferrados como una mata o un río de viejo trazado, persistiendo en la lucha de mostrar que al paso de los siglos continuaban marcando hitos de una civilización grandiosa.
El bus se detuvo finalmente en la Plaza principal. Estaba en esa ciudad en que el tiempo parecía haberse detenido en contraposición con las modernas ropas de los que transitaban por la zona y los automóviles.
Bajé mi equipaje, pregunté como llegar al Hostal Imperial II que me indicaran y caminé lentamente mientras disfrutaba de las angostas calles adoquinadas, las construcciones de piedra con sus balcones finamente tallados, los diseños de hierro artísticamente forjado, hasta que llegué.
Una pesada puerta de doble hoja con herrajes que se encontraba entreabierta, me dio acceso al lugar donde me alojaría durante varios días.
La estructura del Hostal daba la certeza de que databa de antes del 1800; readaptando sus funciones a ser utilizado para alojamiento de turistas. Las paredes de piedra maciza medían aproximadamente cincuenta centímetros de ancho, con habitaciones distribuidas alrededor de un patio central en dos plantas, decorado con tinajones de barro cocido y cactáceos. Las barandas superiores y las puertas eran de madera tallada pintadas de verde seco. El patio recubierto de piedras laja y pequeñas mesas cubiertas con manteles de vivos colores daban una ambientación perfecta. Se respiraba tranquilidad.
Una joven salió presurosamente a recibirme, me ubicó e informó que el desayuno estaba incluido en el precio y que diariamente pasaban agentes de turismo ofreciendo servicios o excursiones.
Tal como me dijo, poco después llegó la representante de una agencia local, luego del regateo acostumbrado, tomé los servicios para una excursión a partir del día siguiente y compré la entrada (nominada e intransferible) para el circuito completo de visitas con guía incluido a los templos, fortalezas y pueblos de interés turístico situados en el área de Cusco.
Esa misma tarde me dirigí al Centro Cultural de Cusco, donde en un teatro con su capacidad colmada de turistas, una voz en off nos hablaba sobre la historia, etnias, las regiones del Perú, mientras se realizaba una muestra de danzas folclóricas del país con los distintos trajes típicos; permitiéndome tener una visión panorámica de lo que estaba conociendo.
Solo era el primer día y Cusco me había atrapado en su magia.
Magui Montero
NOTA: Foto 1 y 2: Límite Puno-Cusco, Foto 3 y 5: Paisaje camino a Cusco,
Foto 4: Ruinas al borde de la carretera, Foto 5: Interior del "Hostal Imperial II" Cusco
Foto 6: Muestra de danzas tradicionales en el Centro Cultural

sábado, 25 de abril de 2009

Excursión al Titicaca - Reserva Islas flotantes de los indios Uros – Isla de los Taquile. Perú

Por la mañana muy temprano, partí junto a un grupo de turistas hacia el Lago. Allí nos esperaban ya listas las embarcaciones, para adentrarnos en el lago. Esta vez vería dos comunidades diferentes a las que había tenido oportunidad de conocer en la parte boliviana.
Los guías en su mayoría hablaban fluidamente más de un idioma; los grupos de personas fueron separaron de acuerdo al idioma en que se daría la explicación y partimos.
Poco a poco nos fuimos adentrando en el Lago; nos dirigíamos hacia una zona con abundancia de totoras, hasta que aparecieron las primeras islas. Cada una de ellas albergaba alrededor de doce familias, con sus correspondientes viviendas. Tenían aves de corral y la vida en muy poco difería de aquella que podía transcurrir en tierra firme. Había escuela, hospital, iglesia, mercado y hasta un lugar para actividades sociales y deportivas. Contaban con luz eléctrica por medio de energía solar, radio y tv. Solo que en lugar de calles se sucedían los canales por donde la gente lugareña iba de uno a otro lado en sus barcazas.
Tanto las islas, como las embarcaciones y las viviendas estaban construidas en totora – que también les servía de alimento- (por supuesto que probé para conocer su sabor) aunque también comí panecillos horneados muy sabrosos. Su principal fuente de recursos era el turismo o los diversos artículos artesanales que comercializaban en moneda o por sistema de trueque (de acuerdo a sus necesidades) Cada Isla tenía un nombre. La que tuve oportunidad de conocer se llamaba Santa María. Fuimos recibidos con mucha alegría, y nos sentamos en rollos de totora preparados a modo de banquetas en el centro, para presentarnos a los miembros de esa comunidad y darnos las explicaciones. Los trajes de las mujeres estaban algunos bellamente bordados, había tapices, cestas, cortinados y miniaturas hechas artesanalmente que se vendían a precios sumamente accesibles.
Los niños jugaban alegremente como en cualquier otro lugar, a pesar de la cercanía del agua. Las barcas tenían una vida útil de alrededor de dos a tres años, luego de lo cual pasaban a ser parte del suelo de la isla; Por lo que constantemente se estaba construyendo una.
Nos sacamos fotografías, paseamos en estas grandes embarcaciones, bellas, livianas y con una gran similitud de diseño con las barcas vikingas y continuamos viaje, luego de comprar algunos recuerdos y despedirnos de nuestros anfitriones.
Navegamos durante un largo rato, hasta que se divisó la Isla de los Indios Taquile. Hermosa, rodeada de vegetación multicolor y sembrados. La Isla sobresalía formando un cono de ancha base, con sus caminos serpenteantes que llevaban hasta la cumbre, donde estaba emplazada la plaza principal, la iglesia, el Centro Cultural y otros edificios importantes hechos en piedra. Sus casitas de adobe y piedra de techos rojos, se destacaban en medio de la vegetación en distintas partes de la isla.
Durante el trayecto de navegación, nos informaron que si bien esta Isla se encontraba en territorio peruano, las costumbres y las leyes estaban pautadas de otra forma. Cada problema familiar o los delitos que podían suceder en su territorio, eran presentados ante toda la comunidad en voz alta y juzgados por todo el pueblo un día especial de cada semana.
El Jefe de la Isla (y su grupo familiar) vestían de forma diferente al resto de los habitantes y era el único que puede llevar sombrero y una faja roja en la cintura. El resto de los hombres lleva en su cabeza un gorro tejido de diversos colores, y la manera en que está colocado indicaba su estado civil o situación (soltero, casado, comprometido, en busca de novia) las mujeres visten un traje cuya falda (ancha y con varias enaguas) es bordada en diferentes colores, y una manta color negra tejida, en cuyos extremos lleva un pompón de colores cuya lana está teñida en tres colores, formando círculos concéntricos. La forma de colocar la manta o de ubicar los pompones, significa algo similar a lo que simboliza el gorro en los hombres; con la diferencia que también pueden expresar su estado de ánimo. (Incluso lo usan para avisar al resto de la comunidad que su marido las engañó y así avergonzarlo delante de todo el pueblo)
Otra de las particularidades de esta comunidad es que los hombres son tejedores y consiguen hermosos diseños en los artículos que venden. Algunos comercializan piedras semipreciosas que se consiguen en el lugar a precios irrisorios. Las mujeres se dedican a las tareas de la casa y la agricultura, los niños aprenden a tejer o cuidan el ganado.
El Jefe de los Taquile, nos fue a dar la bienvenida en el embarcadero acompañado de su esposa y sus dos hijos. Luego nos dirigimos al centro del poblado, almorzamos comidas típicas (bastante condimentadas pero sabrosas) disfrutamos de su música y su danza y emprendimos el regreso luego de pasar por el Centro Cultural, donde los hombres tenían a la venta sus tejidos. Ese día había sido sorprendente; el buen tiempo nos había acompañado; las personas que conocimos tenían costumbres muy diferentes, pero todo el entorno respiraba paz y armonía.
El paisaje y la naturaleza se brindaban plenos; pero también su gente de rostros broncíneos y parcos de palabras nos estaba dando una lección de convivencia y respeto por lo que ella les estaba dando.
Volví feliz, con los ojos llenos de tantos colores, pero debía continuar camino. Se acercaba el momento más importante. Mi próximo destino guardaba la raíz de una civilización maravillosa. Mañana partiría para Cusco.
Magui Montero
NOTA: Fotografías 1, 2, 3, y 4 Reserva Islas flotantes del Lago Titicaca (indios Uros)
Fotografías 6 y 7 Isla de indios Taquile del Lago Titicaca.
Fotografía 5 ropa típica de indios Taquile (foto bajada de internet).