jueves, 29 de enero de 2009

ULTIMOS DÍAS EN VARADERO

Todos los días cuando regresaba al Hotel desde la playa, me agradaba ver las toallas y toallones plegados sobre la cama, formando canastas, cisnes, abanicos, decorados con flores naturales y una pequeña notita deseándome que pase buena jornada, firmada por la persona que había acomodado y limpiado el desorden habitual cuando uno está de vacaciones. Era un detalle cálido que me hacía sentir atendida y mimada por la gente del hotel. Era una de las cosas que me agradaban, tanto como la buena predisposición a explicarme cosas, conversar o sugerir paseos. Es cierto que era su tarea, pero ciertamente excedía lo que había podido ver en otros lugares. Así aprendí a respetar la forma en que realizaban su trabajo.
En el bar, una delgada y hermosa mujer, tocaba con maestría el piano de cola allí instalado, eran canciones de diferentes lugares y supe que en realidad se trataba de una eximia concertista, ejecutando otro tipo de música fuera de la clásica, como una manera de ganarse la vida.
Empecé a curiosear entre quienes cumplían distintas funciones dentro de la estructura del personal. En su mayoría eran profesionales de las más diversas especialidades, que en otros países hubiesen tenido un buen nivel económico y aquí realizaban humildes trabajos; ponían lo mejor de sí desempeñándose con eficiencia, sin importar cual fuera la función que tenían.
Pensaba que si bien es cierto ello lo hacían para mejorar los ingresos de su hogar; también muchísimos profesionales de otros países debían aprender de ellos en cuanto a humildad y don de gentes; evitando tratar con aires de superioridad a quienes suponen de menor nivel.
Por las mañanas luego del desayuno, iba a la playa, a tomar sol y disfrutar del paisaje, nadaba un poco, comía cualquier tontería acompañada de grandes vasos de jugos de fruta o licuados para aprovechar la jornada, pues ya faltaba muy poco para emprender el regreso y recién al anochecer, comía una buena cena.
Uno de estos días fui testigo de algo que me divirtió. Vi cerca de mí una hermosa joven, de cuerpo escultural, piel bronceada, cabello oscuro hasta los hombros; la había oído hablar español bastante elemental, pues era italiana. Habitualmente solía ir a la playa con otra chica que supuse sería su hermana, pero hoy andaba sola.
Los habituales “tiburones humanos” nadaban cerca de ella, buscando entablar conversación. Eran tres y trataban de ganarse su interés comentando la temperatura del agua, el paisaje, reían y se pavoneaban; parecían amigos entre ellos. La chica respondía con monosílabos, sonreía pero no les prestaba atención, salió del mar y se tiró en la arena. –Creo que era una forma de escapar al asedio de los muchachos que no cejaban en su intento; más que deseos de seguirse bronceando- pero “los galanes” vinieron y se sentaron cerca de ella. En ese momento, alcancé a ver que se acercaba la otra chica. Los jóvenes dibujaron su mejor sonrisa, imaginando que ya tenían la noche de juerga armada. Pero la reacción no se hizo esperar; ante la sorpresa de quienes éramos involuntarios observadores de la escena, les dirigió unas palabrotas perfectamente entendibles en cualquier idioma; tomó del brazo a la sensual muchacha y mirándolos dijo: es mía! Le dio un beso en la boca y se la llevó con ella. Yo hundí la cabeza en la arena, para ahogar la carcajada que pugnaba por soltar, ante la frustración de los presuntuosos; mientras los tres, rojos por el papelón, empezaron a hacerse burla, rieron entre ellos y se metieron de nuevo al mar.
Apenas era la siesta cuando empezó a nublar, gruesos goterones caían en medio de truenos y un viento fuerte se desató. Volví a la habitación, y quedé dormida. Llovió hasta el atardecer, la jornada estaba más fresca y seguía corriendo viento. Entonces decidí salir a pasear en una especie de trencito que recorría los complejos hoteleros, fui conociendo diversos lugares que no había visitado, estuve en un centro de compras, solo mirando, pues los precios eran inalcanzables; finalmente quedé sentada nuevamente frente al mar, en un lugar hermoso, cubierto de piedras. Las olas rompían varios metros debajo, rugientes y me salpicaban; aunque me negué a salir durante un rato, pues el espectáculo era imponente.
Regresé caminando al hotel, había parado de llover, podía percibir en el aire el perfume del césped húmedo. Por la noche, fui al teatro del hotel, era un espectáculo de danzas típicas y un grupo que cantaba canciones latinas; pero estaba algo melancólica y decidí retirarme temprano.
Era la primera vez que me alejaba por tantos días de la familia; había comenzado a extrañar.
La experiencia de conocer dos bonitos países, tan diferentes al mío era muy linda, aunque cuando oía las voces queridas a través del teléfono, me apenaba no tenerlos cerca para compartir con ellos todo lo que estaba disfrutando. Ya hacía un mes que había partido. Al día siguiente, regresaba a Argentina. Había vivido intensas sensaciones en ese viaje maravilloso por dos países del Caribe. No sabía si alguna vez regresaría, pues era una persona común, sin demasiados recursos; solo la casualidad -o la suerte- me habían permitido cumplir este sueño; todas mis impresiones quedarían grabadas dentro de mí para siempre.

Magui Montero

lunes, 12 de enero de 2009

DE LA HABANA A VARADERO

Las valijas ya habían quedado en depósito, así que nos sentamos un rato en el lobby. Salí a la vereda a disfrutar del paisaje que se veía; crucé la avenida hacia el Malecón donde me acodé, más allá el mar se agitaba con el viento cálido de la siesta. La reverberación del sol me hizo regresar rápidamente al reparo del interior.
Mientras veía los hermosos arreglos florales ubicados en diferentes rincones, observaba disimuladamente los trajes de un pequeño grupo de personas, que evidentemente provenían del África; bellos y coloridos trajes, túnicas con pliegues, tanto hombres como mujeres eran muy altos, probablemente pertenecían a un rango o clase social elevada, por la manera especial con que miraban al resto de los turistas.
Pasaron los minutos, hasta que llegó el colectivo, que contaba con todas las comodidades. Nos recogió y luego hicimos un recorrido por varios hoteles más. Fueron subiendo personas de diferentes nacionalidades que llevaban igual destino.
Íbamos por una autopista, rodeados de vegetación y montañas; a lo lejos, cuando pasábamos algún valle se divisaba nuevamente el mar de un profundo color turquesa.
Vi que aquí los cocales son distintos, un poco más pequeños que los de Dominicana, los frutos de color amarillo, mientras que conocía de color verdoso y el sabor más dulce; pregunté si eran de la misma variedad, me avisaron que pertenecían a una especie diferente. Dijeron que se trataba de cocos indios –es todo lo que pude saber-, pero se veían más vistosos.
Fuimos atravesando varias poblaciones del Departamento Matanzas, todas ellas de gran colorido, casas mas bajas coches de caballos, gran cantidad de bicicletas. Llegamos a Varadero, y seguimos de largo, hasta donde comienza el Complejo Sol-Palmeras, que también pertenece al grupo de los Hoteles Meliá, ubicado junto a varios otros en una especie de avenida amplia, llena de flores y plantas.
Nuevamente sentí la sensación de ingresar a un mundo diferente. Pájaros, flores, diversas variedades de una planta que en Argentina yo conocía con el nombre de “croto” con hojas multicolores de distintas formas. Coches de plaza con la capota baja llevando turistas de paseo, cuatriciclos, autos importados. Aquí la tierra formaba una especie de lengua; de los dos lados y hasta donde me alcanzaba la vista había veleros y lanchas navegando.
La recepción del hotel toda en mármol, sobre la pared frontal una inmensa jaula con vegetación selvática, una cascada central y cientos de pájaros multicolores llenaban el ambiente con los gorjeos y el sonido del agua cayendo. La música tropical sonaba y daba el toque adecuado que se completaba con las ropas de tonos alegres de quienes se alojaban en este bello lugar.
El Complejo estaba formado por la estructura del Hotel y bungalows. El acceso a la habitación, encendido de luces y aire acondicionado era por medio de tarjeta magnética, Yo estaba alojada en un bungalow. Tenía una puerta vidriera desde la habitación que me comunicaba con una pequeña terraza donde había un juego de jardín con sombrilla. Desde allí podía ir entre la vegetación por un camino de lajas hacia el mar o hasta las dos piscinas; una de ellas dedicada a los niños, y la otra con un puente desde el que se ingresa al bar-piscina que está en el centro de la misma.
Esa tarde, luego de deshacer el equipaje, me fui caminando para conocer el resto de las instalaciones y llegué hasta la orilla del agua. El snack bar playero estaba cerrando y el personal ya recogía las reposeras. Me senté en la arena a ver como se escondía el sol.
Desde el piano bar, llegaba con el viento la música de un viejísimo bolero. Ya era noche cerrada, me levanté, sacudí los restos de arena, tomé las chinelas y caminé descalza rumbo al piano bar. Estaba cansada, pero eso no evitaría que me deleitara con un rico “mojito” y música romántica, antes de irme a dormir.

Magui Montero
NOTA: Imágen 1 bungalow - 2 piscina con snack bar escaneadas de folleto del Hotel. 3 Fotografía instantánea tomando mojito con amigos en el Piano Bar del Hotel

domingo, 28 de diciembre de 2008

LO QUE APRENDÍ

Me desperté temprano, y pedí el desayuno en la habitación, para tener tiempo de preparar el equipaje. Separé ropa cómoda y liviana, pues ya sabía que el trayecto de regreso a Varadero, demoraba bastante; por otra parte saldríamos de La Habana a la hora que el sol caía más fuerte.
Mientras armaba las valijas pensé que estaba aprendiendo mucho acerca de este país. La mayoría de los cubanos con quienes había podido entablar conversación eran personas cultas, educadas, esforzados trabajadores; adquirían mercadería para su propio consumo por medio de tarjetas de racionamiento; por lo cual, cualquiera fuese la profesión que tuvieran, trataban de realizar tareas relacionadas con el turismo internacional, para tener oportunidad de recibir dólares en concepto de propinas. Este tipo de ingreso “extra” les permitía adquirir productos tanto en el mercado negro ó por medio de alguna persona que tuviese acceso a los lugares destinados a ventas para los turistas. A los residentes les estaba prohibido manejarse con moneda extranjera. En Cuba circulan dos tipos de monedas: el Peso Cubano (CUP ó MN) y el Peso Cubano Convertible (CUC), el residente usa el Peso Cubano (de menor valor); el extranjero el Peso Cubano Convertible o los dólares –según sea el lugar donde adquiera-.
Para los visitantes de otros países los productos resultan bastante caros, por lo que imagino, que para quienes viven en ese País es aun más difícil.
El tabaco, de buena calidad cuesta una fortuna para los turistas; aunque se puede conseguir comprando en la calle, pero no es bueno, son lo que yo llamaría cigarros “mentirosos” pues de afuera se ven similares a los de marca, pero por dentro están armados con restos de tabaco picado o son de mala terminación. Es aconsejable cambiar el dinero solamente en los hoteles y casas de cambio, pues se corre el riesgo de ser engañado (porque se ignora la diferencia entre uno y otro tipo de moneda).
También aprendí que no tengo gustos refinados y prefiero las vieyras que son más dulzonas a las ostras, de gusto un poco más fuerte; probé por primera vez langosta y cangrejo, quedé maravillada de su buen sabor. La cerveza es riquísima, la que más se consume es la rubia. Me agradó tanto el ron blanco como el dorado y el mojito se convierte en un “vicio” para quien lo prueba bien preparado. Las comidas tradicionales son sabrosas, de buen aroma y condimentadas.
En mi última salida en esa ciudad, opté por ir a almorzar en uno de los pequeños restaurantes llamados “paladar”. Allí es posible degustar comidas de la cocina criolla o más refinada. Tenía curiosidad por saber de que se trataba.
Fue una hermosa experiencia. Era una casa antigua, el salón de dimensiones no demasiado amplias; con pequeñas mesas cubiertas de manteles blancos labrados. También los vidrios de las ventanas estaban cubiertos por visillos bordados; las paredes pintadas de celeste pálido daban al ambiente una atmósfera confortable. La vajilla y platería eran antiquísimos y refinados. Cubiertos de plata y copas de cristal labradas. Nos explicaron que esos elementos habían pertenecido a las antiguas familias encumbradas que habitaban en la Isla y fueron confiscados en la época de la Revolución.
El derecho a tener un Paladar se lo habían ganado porque el padre de quienes regenteaban este pequeño establecimiento, había muerto en la lucha revolucionaria.
Pedí pollo relleno a la usanza criolla; el plato estaba exquisito, de muy buen sazón. Yo elegí tomar cerveza rubia, otros pidieron camarones y pescado, que acompañaron con vino blanco. Mi postre fue ensalada de frutas con un toque de crema. Eran manjares salidos de la cocina artesanal de una mujer cubana.
Si bien se demoró el momento de servir el menú elegido - lo que era razonable- pues se preparaba cada uno de los platos luego de la elección, no nos preocupamos, porque la charla nos mantuvo entretenidos y disfrutamos de este momento tan bonito. Las horas pasaban, volvimos al hotel con el tiempo justo para que nos recogieran.
Nuestra estadía en La Habana concluía. A partir de esa tarde tendríamos oportunidad de disfrutar de las playas de Varadero. Un lugar bellísimo y diferente.

Magui Montero
NOTA: Imágenes extraídas de internet

lunes, 22 de diciembre de 2008

ÚLTIMA NOCHE EN LA HABANA

Cuando regresé al Hotel, me pareció que había cruzado la frontera de la sinrazón. Estaba en un mundo diferente, las luces brillaban, música suave, lujo, gente hablando en distintos idiomas, grupos de personas distendidos echados indolentemente en los sillones del lobby. A escasos metros del lugar donde esperaba la llegada del ascensor, observé un hombre cuyo rostro me parecía conocer. ¿Dónde lo había visto antes? Delgado apuesto, muy alto, ojos profundamente azules, tez bronceada.
Supongo que mi insistente mirada, hizo que también dirigiera sus ojos hacia mi; sonrió con picardía y me dijo –hola, como estás? En un español básico y esforzado. Reconocí a un famoso actor de cine que yo admiraba y ni en mis sueños más locos hubiese imaginado conocer; menos aun que me dirigiese un saludo. Le respondí con un –buenas noches, que impensadamente sonó más bien como una invitación pecaminosa. Afortunadamente se abrió la puerta del ascensor y me perdí en medio de otros pasajeros, con el rostro cubierto de rubor.
Tomé un baño, me arreglé y bajé a cenar, en el comedor un trío de cuerdas, con acompañamiento de tumbadoras, ejecutaba conocidas canciones. El colorido y la decoración de la comida eran deslumbrantes.
Disfruté de un cóctel de camarones y vino blanco frío, un postre riquísimo cuyo nombre no recuerdo y café. Estaba cansada, ese día habían pasado demasiadas cosas, pero no quería irme a dormir. Al día siguiente, a las tres y media de la tarde partía para Varadero. La Habana me estaba mostrando su otro rostro, aquel del que disfrutaba la mayoría de los extranjeros que llegaban a la isla; pero a mi me había impactado la hermosa tarde que pasara en compañía de quienes, como muchos otros cubanos hacían una vida apacible y sencilla; donde las familias eran parecidas a miles de otras de cualquier lugar del mundo.
El grupo de compañeros de viaje me incitó a conocer el Piano - Bar del hotel, donde había espectáculo en vivo. En realidad era un cabaret de lujo, que tenía su propio plantel de acompañantes; una cubana bellísima enfundada en ajustado traje de noche cantaba acompañada de un pianista. La ambientación era futurista, paredes grises, adornos cromados, luces suaves. Mucho control y personal de vigilancia; pedí un trago, dispuesta a seguir escuchando esa hermosa voz; pero las luces mortecinas, la excursión, el paseo con Pedro (mi amigo y guía particular) y el alcohol estaban haciendo su efecto. Así que abandoné al grupo, y regresé a la habitación, entre las risas burlonas de los que se quedaban a trasnochar.
Corrí las cortinas del baño, me sumergí en el jacuzzi; la vista nocturna era fantástica. Desde el cuarto piso podía ver el mar y un trozo de la ciudad. Del otro lado de la bahía se divisaban los potentes reflectores de un monumento histórico.
Mis párpados pesaban una tonelada, y salí del agua. Envuelta en la bata de baño me tiré sobre la cama y quedé profundamente dormida. Me estaba despidiendo de la Capital de Cuba. Era la última noche de mi estadía.

Magui Montero

viernes, 5 de diciembre de 2008

UNA TARDE AL RITMO DEL SON

Una habitación no demasiado grande, dos mujeres y un hombre ya mayores, conversaban animadamente cuando entramos. Saludaron con afecto al improvisado guía, mientras echaban miradas desconfiadas hacia mí, que permanecía parada cerca de la puerta.
El taxista (a quién daré el nombre supuesto de Pedro) les explicó la razón por la que me había traído, y sus rostros cambiaron.
Ambas mujeres, eran más bien pequeñas y entradas en carnes; una de ellas más morena que la otra. La que parecía mayor, llevaba el cabello recogido en un pequeño rodete, que dejaba escapar rizos entrecanos; la más joven tenía pelo corto. Se acercaron sonrientes dándome sonoros besos en la mejilla. El anciano, delgado, de escaso pelo, ojos grandes, rostro lleno de arrugas, se sacó la gorra que llevaba puesta y extendió la mano, cuando Pedro hizo las presentaciones.
El lugar era una especie de pequeño bar, había un mostrador de madera lustrada, unas mesas y sillas, todo de diseño antiguo. El ambiente poco iluminado, piso de cemento alisado, las paredes mostraban rastros de humedad y restos de varias capas de pintura, estaba limpio, pero olía a tabaco fuerte. No sabían como comportarse, que ofrecerme, supuse que se sentían incómodos, por esta llegada imprevista de alguien desconocido. Pensé en decir algo más que solo responder las preguntas lógicas de nombre, lugar de donde provenía y como era mi familia.
Les conté que andaba de paseo, quería escuchar música, conocer gente; que era una persona de trabajo. Se reían de mis ocurrencias y al poco rato me sentí rodeada de amigos.
La tarde caía, alguien trajo una guitarra, Pedro cajoneaba en la mesa, poco a poco se asomaron otras personas más; reconocí sentada en el escalón a una de las niñas que había visto jugar en la vereda, cuando caminaba con Pedro. La melodía que entonaba el anciano intérprete, era suave, rítmica, la voz ronca pero melodiosa. La niñita se paró, movía piecitos y caderas con la sensualidad de una mujer adulta. Mi reciente amiga me susurró sonriente y con orgullo – es mi nieta. Yo batía palmas, me sentía feliz de haber encontrado gente simple, sencilla, que me permitía ir conociendo otro rostro diferente de la Cuba turística. Con algunos tragos de alcohol encima, me animé a bailar unos pasos y canté con ellos trozos de viejas canciones.
Antes de partir, les dejé pequeñas cosas que traía en la mochila; enojada conmigo misma por no tener más que ofrecerles a cambio de tan bonitos momentos. Los caramelos, el jabón, dentífrico, dos bolígrafos, el cuaderno de notas, al cual le arranqué las hojas escritas, la toalla de mano y el desodorante; fueron recibidos como tesoros. Pagué las bebidas y salí sonriente. En la mochila solo quedaba una cámara de fotos, las hojas cortadas del anotador, una botella con restos de agua mineral, y el dinero justo para pagarle a Pedro.
La noche había caído, caminamos hasta el automóvil; poca luz en la calle, pero no tenía miedo, me sentía cuidada y protegida. Cuba mostraba el corazón de su gente, tan cálido como yo me imaginaba.
Eran las 10,00 de la noche cuando nos despedimos con Pedro a pocos metros de la puerta del hotel. Le di un fuerte abrazo, sabiendo que tal vez no lo volviera a encontrar. Le brillaban los ojos cuando dije, muchas gracias por entenderme, a lo que él respondió, gracias a usted por ser distinta.
Me quedé mirando el viejo automóvil que se perdió a la distancia y entré en el lobby del hotel. Ahora si, podía decir que estaba conociendo La Habana.

Magui Montero
NOTA: Imagen extraída de internet

jueves, 20 de noviembre de 2008

UNA DE CAL Y OTRA DE ARENA

El Museo de la Revolución y mis sentimientos
Poco a poco mi estado de ánimo fue cambiando, yo deseaba conocer La Habana, ansiaba saber un poco de Cuba, pero lo único que recibía era propaganda oficial. Es cierto que se admiraba a los héroes de la Revolución y estos recibían homenaje de su pueblo; pero ¿Eso era lo que yo buscaba? Internamente me respondí que no había ido a ver fotografías ni la Historia de luchas intestinas que ya llevaba varias décadas. El pueblo cubano era toda su gente, la de antes y la actual. El sufrimiento se podía palpar a cada paso, me pedían caramelos para endulzar la leche de los niños, papel y lapiceras para poder escribir, dentífrico y jabón para el aseo. No eran mendigos, no era gente desocupada, como había podido ver en distintos países, incluso en el mío. Eran seres humanos trabajadores, íntegros, sacrificados, que se veían imposibilitados de tener lo necesario para seguir adelante. Temerosos de ser vistos por el personal de vigilancia que podía denunciarlos, susurraban y escapaban rápidamente ante el menor síntoma de que alguien pudiese culparlos de algo.
En medio de ese sentimiento de rabia e impotencia que me embargaba, llegamos al antiguo Palacio de Gobierno, cuya construcción databa de 1920, actualmente Museo de la Revolución… Y entonces más de lo mismo. Una construcción antigua, maravillosa, la arquitectura sublime, los techos y columnas con ornamentos de increíble belleza; y en incongruencia total, muestrarios de armas, y recuerdos, que resultaban dolorosos haciendo apología de la violencia; aunque hubiese habido razones fundadas para ello.
Nuestra sorpresa nos dejó callados, hasta que pregunté el porqué de todo esto. Quizás si este edificio hubiese sido usado en forma diferente, con eso se hubiese podido alimentar a miles de cubanos que carecían de cosas imprescindibles. El guía, sinceramente molesto, respondió que los héroes de la Revolución merecían ese homenaje, y de hecho no alcanzaría para subsanar problemas que no eran culpa del País ni de su pueblo, sino del bloqueo injusto que los estaba perjudicando. Recibí un codazo de un compañero de excursión, que me susurró ¡callate! Y el resto del recorrido lo hice en silencio.
El paseo había sido curioso, las cosas que había aprendido eran muchas, sin embargo nuevamente me quedaba un sabor amargo y las ganas de expresar mi protesta. ¿Qué podía hacer yo, una simple turista? Solo mirar y escuchar, lo demás era actuar como lo que hacían tantas personas que sabían y se encogían de hombros; pero yo me negaba interiormente a hacer lo mismo.

Conociendo a los cubanos
Salí a la calle y me separé del grupo, quería caminar; en la mochila guardaba la cámara y mi cuaderno de notas, un poco de dinero, agua mineral, y algunos artículos personales para higiene. No sacaba fotos, en la mano llevaba un plano de la ciudad y folletos, donde se indicaban los principales lugares y monumentos; pero yo tenía ganas de hablar con la gente, de escuchar ese dulce y cantarín sonido de la voz de los cubanos.
Deseaba conversar sin presiones, sin propaganda, sin otros recuerdos que no fueran los de la hermosa música y la vida simple de cualquier persona; aunque sabía que era improbable que pudiese ocurrir.
Quedé parada en una esquina, admirando los coches antiguos, de marcas que ya no se veían en otros lugares, motocicletas con sidecar preciosas, muchas bicicletas. En ese momento, un automóvil paró frente mío, y un moreno canoso y sonriente me preguntó respetuosamente si necesitaba movilidad. Sin pensarlo dos veces le dije que si; y antes que pudiera abrir la puerta trasera, me ubiqué a su lado. – Quiero conocer un poquito de la ciudad y luego escuchar música, pero lléveme a un lugar común para ustedes, no donde van los turistas. Al principio me miró sorprendido, luego de indicarle lo que deseaba, aceptó.
Conversamos mucho, no era de La Habana, aunque hacía años que vivía ahí. Me explicó algunas cosas; respondía mis preguntas y aclaraba preconceptos que yo guardaba dentro mío. El automóvil recorría diferentes lugares mientras él me contaba parte de su vida y cosas de la ciudad.
Me llamó la atención, una construcción blanca, bonita, con banderas y custodia. Le pregunté que edificio era; soltó una carcajada y respondió esa es la casa de las “jineteras” o las putas como dicen ustedes los argentinos. ¿Cómo dice? -Usted perdone, señorita; le explicaré… Es La Casa de Suiza, allí se siguen haciendo negocios entre Cuba y EEUU, por medio de ellos que hacen de intermediario. Eso no nos llega al común de la gente, pero hay dinero que sigue entrando por esas transacciones. Son cosas que Cuba produce y se exportan. ¿Donde conseguirían los yankees cigarros cubanos? ¡¡Solo en Cuba!! – dijo a modo de broma.
Paseamos un rato más, y dijo – la llevaré a escuchar música nuestra, ya verá que divertido es, iremos a un lugar seguro, es gente amiga.
Yo no sabía donde estaba, pero intuía que andábamos a buena distancia del lugar donde me alojaba. Me sentía a gusto con ese hombre mayor risueño y conversador, que me trataba cordial y respetuosamente.
A medida que seguíamos, las callecitas se veían más angostas, unos pequeños jugaban sentados en una vereda. Dejamos el automóvil y caminamos dos cuadras, hasta que llegamos.
Pintado prolijamente sobre la pared descascarada, estaba el nombre del lugar al que me llevaba, bajamos dos escalones y abrió la cortina de tiras plásticas.
Por fin! Acababa de entrar en el corazón de Cuba, era lo que había estado buscando.
Magui Montero
NOTA: Imágenes extraidas de internet
Imagen 1- Frente del Museo. Imagen 2- Detalle de la cúpula desde el interior

martes, 11 de noviembre de 2008

VISITA AL MUSEO DE JOSÉ MARTÍ

Comentario Previo
Durante esos días que visité La Habana, me sorprendieron las muestras de afecto de la gente cuando decía “soy argentina” sonreían y respondían ¡Maradona! ¡Argentina la Patria del Che!
Convengamos que cuando me hablan de Maradona se me infla el pecho del orgullo, porque siento un cariño especial por ese niño-grande que le peleó a la pobreza y valiéndose de la magia de sus piernas trató de brindar a su familia, no solo afecto, sino todo lo que la vida le había negado por provenir de un medio humilde. Es cierto que el Poder y el dinero, muchas veces modifican el comportamiento de las personas; ponen en contacto con cosas y vicios que pueden destruir, pero él –fuera de las cuestiones que pertenecen a la intimidad de su persona- jamás olvidó a los suyos, ni negó o se avergonzó de sus orígenes; por otra parte ¡Es de Boca Juniors! El Club de mis amores…
Respecto al Che, tengo una forma de pensar distinta. Hay mucha gente que lo admira, yo solo le tengo respeto. ¿Por qué empecé escribiendo todo esto? Sabía del amor de los cubanos por Ernesto Che Guevara, quien es un héroe tanto para ellos como para algunos argentinos. Cuba le rendía homenaje permanente por haber tratado de cambiar el futuro de ese pueblo luchando durante la Revolución por terminar con la desigualdad entre pobres y ricos; sin embargo, al paso del tiempo los cubanos seguían con problemas, pagando consecuencias de un régimen que nada había solucionado, aumentando sus padecimientos y por encima de todo coartando su libertad.
De todas formas ese es mi criterio; tengo por costumbre aceptar y tolerar las ideas diferentes. Jamás discuto de temas políticos ni religiosos que lo único que logran es crear resentimiento y discordia.
En cuestiones de Fe religiosa o ideológica es sumamente difícil ponerse de acuerdo, pues cuando se cree en algo o en alguien y se está convencido de una postura -con razón o sin ella-, probablemente nunca acepté la posición del otro.
Y vuelvo a lo mío… comentar mis impresiones y experiencias de viaje; aunque es justo para quienes me leen expresar mi opinión, con antelación, puesto que relataré mi paseo para conocer el Museo de la Revolución y el Monumento de José Martí emplazado en la Plaza de la Revolución.

La Plaza y el Monumento de José Martí

Desayunamos temprano, el día estaba lindo, luminoso; había aprendido a conocer ese viento suave que por las mañanas daba alivio a las jornadas sofocantes cuando el sol comenzaba a golpear fuerte. Nos apresuramos a partir, deseábamos hacer el itinerario programado.
Llegamos a la Plaza de la Revolución. Era lo que habitualmente es conocido como “plaza seca”, un inmenso espacio de varias hectáreas, cubierto por losas. A la derecha, a varios cientos de metros, se podía observar un impresionante mural con la imagen del Che Guevara, sobre el lateral de un edificio de varios pisos; nos dijeron que se trataba del Ministerio del Interior. Frente nuestro, elevado del nivel de la calle, como si fuera una pequeña loma, se encontraba el Museo de José Martí, delante de éste, una escultura blanca cuya imagen lo representa de diecisiete metros, resguarda la entrada. Es precisamente el lugar donde habitualmente se levanta el escenario, sobre el que Fidel Castro acostumbraba a dar sus largos discursos al pueblo cubano, en ciertas oportunidades.
Ingresamos al Museo, instalado en la base de una construcción en forma de aguja pero cuyas caras facetadas semejarían una estrella si fuera vista desde arriba (en realidad no conozco el término apropiado para nombrarla desde la definición arquitectónica). Por dentro era amplio; había diferentes salas en lo que vendrían a ser cada una de las cinco puntas de la estrella e incluso posee una sala para conferencias. En los laterales había escenas pintadas en tamaño casi natural, sobre algo que parecía vidrio o acrílico, -no me animé a tocarlas por miedo a recibir una reprimenda-, recordaban momentos importantes de batallas y eventos; una de ellas llamó mi atención especialmente, era José Martí luchando; en otro sector, infinidad de fotografías, la mayoría instantáneas que plasmaban hechos importantes o cotidianos de los hombres y mujeres que fueron parte de la revolución. Muchas de estas imágenes eran conocidas por todos nosotros, pues habían recorrido el mundo al publicarse reiteradas veces en diarios y revistas de distintos países. Documentos, poemas, distinciones, me permitían conocer otra faceta del artista, aquí estaba parte de su historia como ser humano, se podía intuir al hombre.
El guía hablaba con gran fervor explicando cada detalle y respondiendo preguntas, comentando acerca de hechos históricos e informándonos de los elementos que se hallaban expuestos. Todo el edificio tenía una estructura que podía catalogarse como de arquitectura vanguardista, buena iluminación y diseño, a pesar de que su proyecto original era de la década del 30. Estaba sostenido con grandes columnas de diseño sencillo. Se podía acceder a un mirador en la cúspide del referido obelisco, pero preferí no hacerlo. Quedé mirando curiosamente los documentos expuestos, las pinturas, caminando y husmeando. Esto me hacía ver bajo una óptica distinta al poeta que tanto me gustaba, por su fuerza y romanticismo. Evidentemente todo lo que decía a través de las letras, no se había limitado a eso; también había sido un luchador buscando un final feliz para sus ideales de libertad. Sin embargo, su amado pueblo aun no lo había logrado.
Magui Montero

Nota: Las fotografías e imágenes expuestas fueron sacadas de Internet.

Nota 2: He extraído algunos párrafos que a mi criterio, merecen ser leídos y reflexionados de

“La página de José Martí” http://www.josemarti.org/jose_marti/pensamientos/

De Hubert Jerez Mariño, El cantar de Martí, Plantation, Jerez Publishing Inc., 1999, pp.171-172.
“Patria es eso, equidad, respeto a todas las opiniones y consuelo al triste.”
“Me parece que me matan un hijo cada vez que privan a un hombre del derecho de pensar.”
“De los derechos y opiniones de sus hijos todos está hecho un pueblo, y no de los derechos y opiniones de una clase sola de sus hijos.”