domingo, 28 de diciembre de 2008

LO QUE APRENDÍ

Me desperté temprano, y pedí el desayuno en la habitación, para tener tiempo de preparar el equipaje. Separé ropa cómoda y liviana, pues ya sabía que el trayecto de regreso a Varadero, demoraba bastante; por otra parte saldríamos de La Habana a la hora que el sol caía más fuerte.
Mientras armaba las valijas pensé que estaba aprendiendo mucho acerca de este país. La mayoría de los cubanos con quienes había podido entablar conversación eran personas cultas, educadas, esforzados trabajadores; adquirían mercadería para su propio consumo por medio de tarjetas de racionamiento; por lo cual, cualquiera fuese la profesión que tuvieran, trataban de realizar tareas relacionadas con el turismo internacional, para tener oportunidad de recibir dólares en concepto de propinas. Este tipo de ingreso “extra” les permitía adquirir productos tanto en el mercado negro ó por medio de alguna persona que tuviese acceso a los lugares destinados a ventas para los turistas. A los residentes les estaba prohibido manejarse con moneda extranjera. En Cuba circulan dos tipos de monedas: el Peso Cubano (CUP ó MN) y el Peso Cubano Convertible (CUC), el residente usa el Peso Cubano (de menor valor); el extranjero el Peso Cubano Convertible o los dólares –según sea el lugar donde adquiera-.
Para los visitantes de otros países los productos resultan bastante caros, por lo que imagino, que para quienes viven en ese País es aun más difícil.
El tabaco, de buena calidad cuesta una fortuna para los turistas; aunque se puede conseguir comprando en la calle, pero no es bueno, son lo que yo llamaría cigarros “mentirosos” pues de afuera se ven similares a los de marca, pero por dentro están armados con restos de tabaco picado o son de mala terminación. Es aconsejable cambiar el dinero solamente en los hoteles y casas de cambio, pues se corre el riesgo de ser engañado (porque se ignora la diferencia entre uno y otro tipo de moneda).
También aprendí que no tengo gustos refinados y prefiero las vieyras que son más dulzonas a las ostras, de gusto un poco más fuerte; probé por primera vez langosta y cangrejo, quedé maravillada de su buen sabor. La cerveza es riquísima, la que más se consume es la rubia. Me agradó tanto el ron blanco como el dorado y el mojito se convierte en un “vicio” para quien lo prueba bien preparado. Las comidas tradicionales son sabrosas, de buen aroma y condimentadas.
En mi última salida en esa ciudad, opté por ir a almorzar en uno de los pequeños restaurantes llamados “paladar”. Allí es posible degustar comidas de la cocina criolla o más refinada. Tenía curiosidad por saber de que se trataba.
Fue una hermosa experiencia. Era una casa antigua, el salón de dimensiones no demasiado amplias; con pequeñas mesas cubiertas de manteles blancos labrados. También los vidrios de las ventanas estaban cubiertos por visillos bordados; las paredes pintadas de celeste pálido daban al ambiente una atmósfera confortable. La vajilla y platería eran antiquísimos y refinados. Cubiertos de plata y copas de cristal labradas. Nos explicaron que esos elementos habían pertenecido a las antiguas familias encumbradas que habitaban en la Isla y fueron confiscados en la época de la Revolución.
El derecho a tener un Paladar se lo habían ganado porque el padre de quienes regenteaban este pequeño establecimiento, había muerto en la lucha revolucionaria.
Pedí pollo relleno a la usanza criolla; el plato estaba exquisito, de muy buen sazón. Yo elegí tomar cerveza rubia, otros pidieron camarones y pescado, que acompañaron con vino blanco. Mi postre fue ensalada de frutas con un toque de crema. Eran manjares salidos de la cocina artesanal de una mujer cubana.
Si bien se demoró el momento de servir el menú elegido - lo que era razonable- pues se preparaba cada uno de los platos luego de la elección, no nos preocupamos, porque la charla nos mantuvo entretenidos y disfrutamos de este momento tan bonito. Las horas pasaban, volvimos al hotel con el tiempo justo para que nos recogieran.
Nuestra estadía en La Habana concluía. A partir de esa tarde tendríamos oportunidad de disfrutar de las playas de Varadero. Un lugar bellísimo y diferente.

Magui Montero
NOTA: Imágenes extraídas de internet

lunes, 22 de diciembre de 2008

ÚLTIMA NOCHE EN LA HABANA

Cuando regresé al Hotel, me pareció que había cruzado la frontera de la sinrazón. Estaba en un mundo diferente, las luces brillaban, música suave, lujo, gente hablando en distintos idiomas, grupos de personas distendidos echados indolentemente en los sillones del lobby. A escasos metros del lugar donde esperaba la llegada del ascensor, observé un hombre cuyo rostro me parecía conocer. ¿Dónde lo había visto antes? Delgado apuesto, muy alto, ojos profundamente azules, tez bronceada.
Supongo que mi insistente mirada, hizo que también dirigiera sus ojos hacia mi; sonrió con picardía y me dijo –hola, como estás? En un español básico y esforzado. Reconocí a un famoso actor de cine que yo admiraba y ni en mis sueños más locos hubiese imaginado conocer; menos aun que me dirigiese un saludo. Le respondí con un –buenas noches, que impensadamente sonó más bien como una invitación pecaminosa. Afortunadamente se abrió la puerta del ascensor y me perdí en medio de otros pasajeros, con el rostro cubierto de rubor.
Tomé un baño, me arreglé y bajé a cenar, en el comedor un trío de cuerdas, con acompañamiento de tumbadoras, ejecutaba conocidas canciones. El colorido y la decoración de la comida eran deslumbrantes.
Disfruté de un cóctel de camarones y vino blanco frío, un postre riquísimo cuyo nombre no recuerdo y café. Estaba cansada, ese día habían pasado demasiadas cosas, pero no quería irme a dormir. Al día siguiente, a las tres y media de la tarde partía para Varadero. La Habana me estaba mostrando su otro rostro, aquel del que disfrutaba la mayoría de los extranjeros que llegaban a la isla; pero a mi me había impactado la hermosa tarde que pasara en compañía de quienes, como muchos otros cubanos hacían una vida apacible y sencilla; donde las familias eran parecidas a miles de otras de cualquier lugar del mundo.
El grupo de compañeros de viaje me incitó a conocer el Piano - Bar del hotel, donde había espectáculo en vivo. En realidad era un cabaret de lujo, que tenía su propio plantel de acompañantes; una cubana bellísima enfundada en ajustado traje de noche cantaba acompañada de un pianista. La ambientación era futurista, paredes grises, adornos cromados, luces suaves. Mucho control y personal de vigilancia; pedí un trago, dispuesta a seguir escuchando esa hermosa voz; pero las luces mortecinas, la excursión, el paseo con Pedro (mi amigo y guía particular) y el alcohol estaban haciendo su efecto. Así que abandoné al grupo, y regresé a la habitación, entre las risas burlonas de los que se quedaban a trasnochar.
Corrí las cortinas del baño, me sumergí en el jacuzzi; la vista nocturna era fantástica. Desde el cuarto piso podía ver el mar y un trozo de la ciudad. Del otro lado de la bahía se divisaban los potentes reflectores de un monumento histórico.
Mis párpados pesaban una tonelada, y salí del agua. Envuelta en la bata de baño me tiré sobre la cama y quedé profundamente dormida. Me estaba despidiendo de la Capital de Cuba. Era la última noche de mi estadía.

Magui Montero

viernes, 5 de diciembre de 2008

UNA TARDE AL RITMO DEL SON

Una habitación no demasiado grande, dos mujeres y un hombre ya mayores, conversaban animadamente cuando entramos. Saludaron con afecto al improvisado guía, mientras echaban miradas desconfiadas hacia mí, que permanecía parada cerca de la puerta.
El taxista (a quién daré el nombre supuesto de Pedro) les explicó la razón por la que me había traído, y sus rostros cambiaron.
Ambas mujeres, eran más bien pequeñas y entradas en carnes; una de ellas más morena que la otra. La que parecía mayor, llevaba el cabello recogido en un pequeño rodete, que dejaba escapar rizos entrecanos; la más joven tenía pelo corto. Se acercaron sonrientes dándome sonoros besos en la mejilla. El anciano, delgado, de escaso pelo, ojos grandes, rostro lleno de arrugas, se sacó la gorra que llevaba puesta y extendió la mano, cuando Pedro hizo las presentaciones.
El lugar era una especie de pequeño bar, había un mostrador de madera lustrada, unas mesas y sillas, todo de diseño antiguo. El ambiente poco iluminado, piso de cemento alisado, las paredes mostraban rastros de humedad y restos de varias capas de pintura, estaba limpio, pero olía a tabaco fuerte. No sabían como comportarse, que ofrecerme, supuse que se sentían incómodos, por esta llegada imprevista de alguien desconocido. Pensé en decir algo más que solo responder las preguntas lógicas de nombre, lugar de donde provenía y como era mi familia.
Les conté que andaba de paseo, quería escuchar música, conocer gente; que era una persona de trabajo. Se reían de mis ocurrencias y al poco rato me sentí rodeada de amigos.
La tarde caía, alguien trajo una guitarra, Pedro cajoneaba en la mesa, poco a poco se asomaron otras personas más; reconocí sentada en el escalón a una de las niñas que había visto jugar en la vereda, cuando caminaba con Pedro. La melodía que entonaba el anciano intérprete, era suave, rítmica, la voz ronca pero melodiosa. La niñita se paró, movía piecitos y caderas con la sensualidad de una mujer adulta. Mi reciente amiga me susurró sonriente y con orgullo – es mi nieta. Yo batía palmas, me sentía feliz de haber encontrado gente simple, sencilla, que me permitía ir conociendo otro rostro diferente de la Cuba turística. Con algunos tragos de alcohol encima, me animé a bailar unos pasos y canté con ellos trozos de viejas canciones.
Antes de partir, les dejé pequeñas cosas que traía en la mochila; enojada conmigo misma por no tener más que ofrecerles a cambio de tan bonitos momentos. Los caramelos, el jabón, dentífrico, dos bolígrafos, el cuaderno de notas, al cual le arranqué las hojas escritas, la toalla de mano y el desodorante; fueron recibidos como tesoros. Pagué las bebidas y salí sonriente. En la mochila solo quedaba una cámara de fotos, las hojas cortadas del anotador, una botella con restos de agua mineral, y el dinero justo para pagarle a Pedro.
La noche había caído, caminamos hasta el automóvil; poca luz en la calle, pero no tenía miedo, me sentía cuidada y protegida. Cuba mostraba el corazón de su gente, tan cálido como yo me imaginaba.
Eran las 10,00 de la noche cuando nos despedimos con Pedro a pocos metros de la puerta del hotel. Le di un fuerte abrazo, sabiendo que tal vez no lo volviera a encontrar. Le brillaban los ojos cuando dije, muchas gracias por entenderme, a lo que él respondió, gracias a usted por ser distinta.
Me quedé mirando el viejo automóvil que se perdió a la distancia y entré en el lobby del hotel. Ahora si, podía decir que estaba conociendo La Habana.

Magui Montero
NOTA: Imagen extraída de internet

jueves, 20 de noviembre de 2008

UNA DE CAL Y OTRA DE ARENA

El Museo de la Revolución y mis sentimientos
Poco a poco mi estado de ánimo fue cambiando, yo deseaba conocer La Habana, ansiaba saber un poco de Cuba, pero lo único que recibía era propaganda oficial. Es cierto que se admiraba a los héroes de la Revolución y estos recibían homenaje de su pueblo; pero ¿Eso era lo que yo buscaba? Internamente me respondí que no había ido a ver fotografías ni la Historia de luchas intestinas que ya llevaba varias décadas. El pueblo cubano era toda su gente, la de antes y la actual. El sufrimiento se podía palpar a cada paso, me pedían caramelos para endulzar la leche de los niños, papel y lapiceras para poder escribir, dentífrico y jabón para el aseo. No eran mendigos, no era gente desocupada, como había podido ver en distintos países, incluso en el mío. Eran seres humanos trabajadores, íntegros, sacrificados, que se veían imposibilitados de tener lo necesario para seguir adelante. Temerosos de ser vistos por el personal de vigilancia que podía denunciarlos, susurraban y escapaban rápidamente ante el menor síntoma de que alguien pudiese culparlos de algo.
En medio de ese sentimiento de rabia e impotencia que me embargaba, llegamos al antiguo Palacio de Gobierno, cuya construcción databa de 1920, actualmente Museo de la Revolución… Y entonces más de lo mismo. Una construcción antigua, maravillosa, la arquitectura sublime, los techos y columnas con ornamentos de increíble belleza; y en incongruencia total, muestrarios de armas, y recuerdos, que resultaban dolorosos haciendo apología de la violencia; aunque hubiese habido razones fundadas para ello.
Nuestra sorpresa nos dejó callados, hasta que pregunté el porqué de todo esto. Quizás si este edificio hubiese sido usado en forma diferente, con eso se hubiese podido alimentar a miles de cubanos que carecían de cosas imprescindibles. El guía, sinceramente molesto, respondió que los héroes de la Revolución merecían ese homenaje, y de hecho no alcanzaría para subsanar problemas que no eran culpa del País ni de su pueblo, sino del bloqueo injusto que los estaba perjudicando. Recibí un codazo de un compañero de excursión, que me susurró ¡callate! Y el resto del recorrido lo hice en silencio.
El paseo había sido curioso, las cosas que había aprendido eran muchas, sin embargo nuevamente me quedaba un sabor amargo y las ganas de expresar mi protesta. ¿Qué podía hacer yo, una simple turista? Solo mirar y escuchar, lo demás era actuar como lo que hacían tantas personas que sabían y se encogían de hombros; pero yo me negaba interiormente a hacer lo mismo.

Conociendo a los cubanos
Salí a la calle y me separé del grupo, quería caminar; en la mochila guardaba la cámara y mi cuaderno de notas, un poco de dinero, agua mineral, y algunos artículos personales para higiene. No sacaba fotos, en la mano llevaba un plano de la ciudad y folletos, donde se indicaban los principales lugares y monumentos; pero yo tenía ganas de hablar con la gente, de escuchar ese dulce y cantarín sonido de la voz de los cubanos.
Deseaba conversar sin presiones, sin propaganda, sin otros recuerdos que no fueran los de la hermosa música y la vida simple de cualquier persona; aunque sabía que era improbable que pudiese ocurrir.
Quedé parada en una esquina, admirando los coches antiguos, de marcas que ya no se veían en otros lugares, motocicletas con sidecar preciosas, muchas bicicletas. En ese momento, un automóvil paró frente mío, y un moreno canoso y sonriente me preguntó respetuosamente si necesitaba movilidad. Sin pensarlo dos veces le dije que si; y antes que pudiera abrir la puerta trasera, me ubiqué a su lado. – Quiero conocer un poquito de la ciudad y luego escuchar música, pero lléveme a un lugar común para ustedes, no donde van los turistas. Al principio me miró sorprendido, luego de indicarle lo que deseaba, aceptó.
Conversamos mucho, no era de La Habana, aunque hacía años que vivía ahí. Me explicó algunas cosas; respondía mis preguntas y aclaraba preconceptos que yo guardaba dentro mío. El automóvil recorría diferentes lugares mientras él me contaba parte de su vida y cosas de la ciudad.
Me llamó la atención, una construcción blanca, bonita, con banderas y custodia. Le pregunté que edificio era; soltó una carcajada y respondió esa es la casa de las “jineteras” o las putas como dicen ustedes los argentinos. ¿Cómo dice? -Usted perdone, señorita; le explicaré… Es La Casa de Suiza, allí se siguen haciendo negocios entre Cuba y EEUU, por medio de ellos que hacen de intermediario. Eso no nos llega al común de la gente, pero hay dinero que sigue entrando por esas transacciones. Son cosas que Cuba produce y se exportan. ¿Donde conseguirían los yankees cigarros cubanos? ¡¡Solo en Cuba!! – dijo a modo de broma.
Paseamos un rato más, y dijo – la llevaré a escuchar música nuestra, ya verá que divertido es, iremos a un lugar seguro, es gente amiga.
Yo no sabía donde estaba, pero intuía que andábamos a buena distancia del lugar donde me alojaba. Me sentía a gusto con ese hombre mayor risueño y conversador, que me trataba cordial y respetuosamente.
A medida que seguíamos, las callecitas se veían más angostas, unos pequeños jugaban sentados en una vereda. Dejamos el automóvil y caminamos dos cuadras, hasta que llegamos.
Pintado prolijamente sobre la pared descascarada, estaba el nombre del lugar al que me llevaba, bajamos dos escalones y abrió la cortina de tiras plásticas.
Por fin! Acababa de entrar en el corazón de Cuba, era lo que había estado buscando.
Magui Montero
NOTA: Imágenes extraidas de internet
Imagen 1- Frente del Museo. Imagen 2- Detalle de la cúpula desde el interior

martes, 11 de noviembre de 2008

VISITA AL MUSEO DE JOSÉ MARTÍ

Comentario Previo
Durante esos días que visité La Habana, me sorprendieron las muestras de afecto de la gente cuando decía “soy argentina” sonreían y respondían ¡Maradona! ¡Argentina la Patria del Che!
Convengamos que cuando me hablan de Maradona se me infla el pecho del orgullo, porque siento un cariño especial por ese niño-grande que le peleó a la pobreza y valiéndose de la magia de sus piernas trató de brindar a su familia, no solo afecto, sino todo lo que la vida le había negado por provenir de un medio humilde. Es cierto que el Poder y el dinero, muchas veces modifican el comportamiento de las personas; ponen en contacto con cosas y vicios que pueden destruir, pero él –fuera de las cuestiones que pertenecen a la intimidad de su persona- jamás olvidó a los suyos, ni negó o se avergonzó de sus orígenes; por otra parte ¡Es de Boca Juniors! El Club de mis amores…
Respecto al Che, tengo una forma de pensar distinta. Hay mucha gente que lo admira, yo solo le tengo respeto. ¿Por qué empecé escribiendo todo esto? Sabía del amor de los cubanos por Ernesto Che Guevara, quien es un héroe tanto para ellos como para algunos argentinos. Cuba le rendía homenaje permanente por haber tratado de cambiar el futuro de ese pueblo luchando durante la Revolución por terminar con la desigualdad entre pobres y ricos; sin embargo, al paso del tiempo los cubanos seguían con problemas, pagando consecuencias de un régimen que nada había solucionado, aumentando sus padecimientos y por encima de todo coartando su libertad.
De todas formas ese es mi criterio; tengo por costumbre aceptar y tolerar las ideas diferentes. Jamás discuto de temas políticos ni religiosos que lo único que logran es crear resentimiento y discordia.
En cuestiones de Fe religiosa o ideológica es sumamente difícil ponerse de acuerdo, pues cuando se cree en algo o en alguien y se está convencido de una postura -con razón o sin ella-, probablemente nunca acepté la posición del otro.
Y vuelvo a lo mío… comentar mis impresiones y experiencias de viaje; aunque es justo para quienes me leen expresar mi opinión, con antelación, puesto que relataré mi paseo para conocer el Museo de la Revolución y el Monumento de José Martí emplazado en la Plaza de la Revolución.

La Plaza y el Monumento de José Martí

Desayunamos temprano, el día estaba lindo, luminoso; había aprendido a conocer ese viento suave que por las mañanas daba alivio a las jornadas sofocantes cuando el sol comenzaba a golpear fuerte. Nos apresuramos a partir, deseábamos hacer el itinerario programado.
Llegamos a la Plaza de la Revolución. Era lo que habitualmente es conocido como “plaza seca”, un inmenso espacio de varias hectáreas, cubierto por losas. A la derecha, a varios cientos de metros, se podía observar un impresionante mural con la imagen del Che Guevara, sobre el lateral de un edificio de varios pisos; nos dijeron que se trataba del Ministerio del Interior. Frente nuestro, elevado del nivel de la calle, como si fuera una pequeña loma, se encontraba el Museo de José Martí, delante de éste, una escultura blanca cuya imagen lo representa de diecisiete metros, resguarda la entrada. Es precisamente el lugar donde habitualmente se levanta el escenario, sobre el que Fidel Castro acostumbraba a dar sus largos discursos al pueblo cubano, en ciertas oportunidades.
Ingresamos al Museo, instalado en la base de una construcción en forma de aguja pero cuyas caras facetadas semejarían una estrella si fuera vista desde arriba (en realidad no conozco el término apropiado para nombrarla desde la definición arquitectónica). Por dentro era amplio; había diferentes salas en lo que vendrían a ser cada una de las cinco puntas de la estrella e incluso posee una sala para conferencias. En los laterales había escenas pintadas en tamaño casi natural, sobre algo que parecía vidrio o acrílico, -no me animé a tocarlas por miedo a recibir una reprimenda-, recordaban momentos importantes de batallas y eventos; una de ellas llamó mi atención especialmente, era José Martí luchando; en otro sector, infinidad de fotografías, la mayoría instantáneas que plasmaban hechos importantes o cotidianos de los hombres y mujeres que fueron parte de la revolución. Muchas de estas imágenes eran conocidas por todos nosotros, pues habían recorrido el mundo al publicarse reiteradas veces en diarios y revistas de distintos países. Documentos, poemas, distinciones, me permitían conocer otra faceta del artista, aquí estaba parte de su historia como ser humano, se podía intuir al hombre.
El guía hablaba con gran fervor explicando cada detalle y respondiendo preguntas, comentando acerca de hechos históricos e informándonos de los elementos que se hallaban expuestos. Todo el edificio tenía una estructura que podía catalogarse como de arquitectura vanguardista, buena iluminación y diseño, a pesar de que su proyecto original era de la década del 30. Estaba sostenido con grandes columnas de diseño sencillo. Se podía acceder a un mirador en la cúspide del referido obelisco, pero preferí no hacerlo. Quedé mirando curiosamente los documentos expuestos, las pinturas, caminando y husmeando. Esto me hacía ver bajo una óptica distinta al poeta que tanto me gustaba, por su fuerza y romanticismo. Evidentemente todo lo que decía a través de las letras, no se había limitado a eso; también había sido un luchador buscando un final feliz para sus ideales de libertad. Sin embargo, su amado pueblo aun no lo había logrado.
Magui Montero

Nota: Las fotografías e imágenes expuestas fueron sacadas de Internet.

Nota 2: He extraído algunos párrafos que a mi criterio, merecen ser leídos y reflexionados de

“La página de José Martí” http://www.josemarti.org/jose_marti/pensamientos/

De Hubert Jerez Mariño, El cantar de Martí, Plantation, Jerez Publishing Inc., 1999, pp.171-172.
“Patria es eso, equidad, respeto a todas las opiniones y consuelo al triste.”
“Me parece que me matan un hijo cada vez que privan a un hombre del derecho de pensar.”
“De los derechos y opiniones de sus hijos todos está hecho un pueblo, y no de los derechos y opiniones de una clase sola de sus hijos.”

jueves, 6 de noviembre de 2008

EL CAÑONAZO DE LAS NUEVE

La tarde anterior había visto un espectáculo majestuoso. Concurrí a la ceremonia que se realizaba desde hacía muchísimos años, conocida como “El Cañonazo de las 9” se llevaba a cabo en la Fortaleza de la Cabaña, en el Parque Histórico del Morro. Según me informaron estas construcciones databan de los siglos XVI y XVII, el lugar era bellísimo. Cientos de personas, esperaban para verlo, la vista era preciosa. Desde allí podíamos observar la bahía y admirar gran parte de la ciudad, iluminada por miles de luces que semejaban pequeñas lentejuelas brillantes y el hermoso Malecón, lugar donde los cubanos pasean habitualmente, disfrutando del paisaje y la brisa marina.
El acto que presenciaría en pocos instantes más, rescataba la magia y las costumbres más antiguas.
De pronto, el redoble de tambores nos hizo quedar en silencio; un grupo de hombres, vestidos con uniforme color rojo y peluquines blancos, desfilaba a paso marcial, hacia donde se encontraban instaladas las viejas baterías que daban al mar. Guardaban similitud con la vestimenta de los soldados que aparecían en las películas de corsarios.
Esta ceremonia se realiza diariamente, para conmemorar lo que tradicionalmente se hacía para proteger la ciudad de los ataques enemigos y piratas. El cañonazo, marca el momento en que se cerraba con cadenas la Bahía, evitando el paso de barcos hasta el amanecer del día siguiente. Fue precioso, impactante, emotivo. Me permití volar con la imaginación hasta donde jamás había pensado. Los trajes de época, la luz de las antorchas, el redoblar de los parches, me llevaron instantáneamente a la época. El sonido atronador resonó exactamente a las 9 p.m. Quedé gratamente sorprendida y emocionada. La Habana tenía un halo mágico al anochecer y miles de instantes por descubrir.

Magui Montero
NOTA: La imagen del momento del cañonazo, fue extraída de internet.

martes, 28 de octubre de 2008

UN CITY TOUR LLENO DE SORPRESAS

Nos levantamos a las 7,30 y fuimos a desayunar, a las 9,00 pasaron a buscarnos; debíamos ir a varios hoteles más a recoger otros turistas. Había un guía que hablaba varios idiomas, porque el grupo era heterogéneo. El sol brillaba bajo un cielo límpido, y corría un suave viento desde la costa. Muchos de nosotros apelamos a protectores solares, gorras y sombreros, sobre todo varios europeos que venían de regiones poco cálidas. Apenas estuvimos todos ubicados en el bus, se nos hicieron algunas recomendaciones que a mi criterio resultaron indignantes. Se nos aconsejaba, en lo sucesivo, contratar servicios oficiales para paseos, excursiones y taxis; alegando la importante cantidad de delincuentes, estafadores y gente que se aprovechaba del turista. Me mordí las ganas de protestar, pues sabía que esta gente, pertenecía al grupo de personas que trabajaba para los estamentos oficialistas, y quizás por miedo, obsecuencia o fanatismo; no comprendían que estaban hablando mal de su propio pueblo.
Luego de este mal inicio, partimos rumbo a la Vieja Habana, veíamos asombrados construcciones bellísimas, que estaban siendo restauradas en algunos sectores, pero a pesar del paso del tiempo no dejaban de mostrarnos lo hermoso de su arquitectura. Visitamos El Capitolio, réplica exacta del que se encuentra en EEUU, transformado luego de los cambios del régimen en la Academia de Ciencias, la Plaza de Armas, el Castillo del Morro con sus baterías apuntando hacia la Bahía para protección de la Ciudad, tal como estaban enclavados antiguamente. Nos explicaron que para evitar la entrada de los piratas; a determinada hora se acostumbraba a levantar una pesada cadena que cruzaba de un lado al otro, e impedía el ingreso nocturno de barcos bucaneros. Aun hoy, al atardecer, se realiza la ceremonia de cambio de guardias a la luz de las antorchas con cañonazos que anuncian el cierre con cadenas del puerto de la Ciudad (un espectáculo que tuve oportunidad de disfrutar y fue maravilloso).
Por toda la ciudad veíamos desplazarse vehículos muy antiguos e incluso las famosas motos con sidecar, dejándonos boquiabiertos por el buen estado de mantenimiento en que se encontraban. Nos informaron que las piezas eran reparadas y modificadas para seguir usándolos, pues el cierre del comercio con otros países les impedía traer lo necesario. Pasábamos en nuestro recorrido por lo que eran antiguas mansiones, el joven que oficiaba de guía, explicaba con orgullo que eran algunos de los bienes quitados a la gente rica y entregado al pueblo; y ciertamente no mentía. Podíamos observan en los ventanales de las habitaciones que daban a la calle, en medio de ropa colgada y jardines cubiertos de yuyos, pequeños carteles que decían “zapatero”, “peluquera” y otros por el estilo, mostrando que se habían convertido en inquilinatos, donde cada habitación funcionaba como una vivienda. Conocimos la Catedral, y allí tuve mi primera reacción desde que iniciara el paseo. Ya había sacado varias fotos; estaba parada en la Plaza, buscando resguardo en la sombra, esperando reunirme nuevamente con todo el grupo que se demoraba en comprar artesanías, cuando se acercó un señor mayor, de ropas humildes pero impecablemente limpio, tenía en las manos algo como un folleto y se dirigió hacia mi.
Me saludó, miraba con temor hacia uno y otro lado; me ofreció algunas monedas y billetes cubanos. Le pregunté cuanto costaban, dijo déme lo que usted deseé. Estaban colocados dentro de un folleto recordatorio de la llegada del Santo Padre a Cuba. En ese momento, ambos nos dimos cuenta que se acercaba personal uniformado, el hombre comenzó a titubear, me las entregó y empezó a alejarse. Guardé en mi cartera lo que me había dado y le dije – Espere, venga aquí. Ya el guardia estaba a lado mío y el hombre se había parado, me miraba con miedo. Lo tomé del brazo, mientras el guardia preguntó que hacía ese hombre conmigo, si me molestaba. Mi carcajada sorprendió a ambos, al tiempo que enfrenté al guardia y le dije: Yo molesté al señor, porque le pregunté donde podía tomar un “mojito”, él dijo que no sabía porque no era de esta zona. ¿Hay algún problema? y quiero darle un pequeño regalo por su atención Supongo que no está prohibido!
- No señora, disculpe usted, pensé que la estaban molestando.
Descaradamente, desafiando la autoridad, saqué un billete de diez dólares, se lo entregué al anciano, me dio las gracias y se alejó casi corriendo.
Era una forma de rebelión interna que me iba ganando poco a poco, tenía ganas de patear a alguien y no sabía bien que hacer.
Cuando seguimos nuestra excursión, sin haberlo pensado, me llevaron a conocer “La Bodeguita del Medio” donde tomaba su tradicional mojito el escritor Ernest Heminway. Allí me di cuenta que no había mentido, estaba tomando un mojito, sabroso, frío, dulzón y cubano. Este pequeño incidente, me devolvió el buen humor.
Por la tarde haría otra excursión, deseaba ver la ceremonia del cañonazo de las 21,00 y al día siguiente iría a conocer la Plaza y el Museo de la Revolución.
Finalmente fuimos hasta el Templete, lugar donde está colocada la placa que recuerda la designación de La Habana como “Patrimonio de la Humanidad” por la UNESCO. Podía ser por los edificios antiguos, por las construcciones hermosas; en cuanto al resto? Esas palabras me sonaban como carcajada de burla.

Magui Montero