sábado, 20 de septiembre de 2008

CON LAS ALAS DEL ALMA

Antes de comenzar el siguiente relato, que insertaré en días próximos; he decidido incluir un comentario. Este espacio fue destinado solo a relatar lo que conocí y mis impresiones en los países que tuve oportunidad de visitar.
No significa en modo alguno estar a favor de determinadas políticas. Muchas veces fui buscando bellos paisajes y encontré situaciones desconocidas o injustas que me impactaron; lo cual volqué en los cuadernos que habitualmente llevo para no olvidar detalles porque al paso del tiempo se desdibujan.
Quiero una vez más alzar mi humilde voz en pos de la Libertad, de la Paz, del derecho a una vida digna y a la convivencia en fraternidad de todos los pueblos del mundo.
Los próximos relatos se referirán a mi viaje a Cuba, por ello decidí incluir dos cosas: unas palabras del escritor cubano José Martí, y a continuación un tema de la compositora y cantante argentina Eladia Blázquez. En nombre de todo esto vaya mi homenaje a los cubanos; -dentro o fuera de su patria- quienes tienen un país hermoso en paisajes y un corazón tan bello como el lugar que los vio nacer.
Magui Montero

Libertad y Honradez
José Martí (1853-1895)
Libertad es el derecho que todo ser humano tiene a ser honrado, a tener decoro y a pensar y hablar sin hipocresía.
Un hombre que oculta lo que piensa o no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado.
Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un hombre honrado.
Un hombre que se conforma con obedecer leyes injustas y permite que le maltraten el país en que nació no es un hombre honrado.


Con las alas del alma - Eladia Blazquez (1931-2005)

sábado, 13 de septiembre de 2008

LA DESPEDIDA

Era nuestro último día en República Dominicana. La madrugada siguiente dejaríamos el hotel para partir rumbo a Cuba. Ansiaba conocer el próximo país que visitaría, pero al mismo tiempo me apenaba dejar éste. Todo había sucedido con rapidez; demasiadas cosas bonitas, infinidad de paisajes nunca vistos, sensaciones nuevas –como la excursión en velero y la práctica de snorkel, maravillándome con los colores de la fauna y flora submarina-, el romanticismo de cenar a la luz de las velas, la intensidad de los ritmos de esta tierra, la sensualidad de su danza, había calado profundamente dentro mío. Ahora esa euforia ante las cosas vividas se trastocaba en una tenue congoja, pues por dentro sabía que difícilmente esta oportunidad se repitiera.
Decidí levantarme muy temprano y dejar el equipaje casi listo para aprovechar al máximo las últimas veinticuatro horas que me quedaban por gozar en este lugar bendecido con tanta belleza.
Amaneció algo nublado, pero a pesar de ello, tercamente luego de desayunar me dirigí hacia el mar. El viento soplaba con fuerza, aunque las aguas cercanas estaban casi mansas; a la distancia, en el borde que formaba el anillo coralino, las grandes olas restallaban levantando espuma.
El personal iba y venía presuroso recogiendo reposeras, asegurando puertas y ventanas. Veía sus sonrisas algo forzadas y me aconsejaron volver hacia el hotel. Las palmeras se cimbraban, sus hojas caían pesadamente. Era la hora del desayuno, el cielo se oscurecía rápidamente. A la distancia podía oír los truenos y los relámpagos formaban dibujos extraños cada vez más cerca.
Finalmente, uno de los múltiples empleados que corrían trabajando esforzadamente se acercó y recriminó mi actitud. –Usted no sabe los peligros que implica una tormenta tropical, por favor acepte mi consejo, esto no tardará en llegar, y se irá en seguida. Tendrá el resto de la jornada para disfrutar de la playa, pero ahora por su seguridad, le sugiero regresar al hotel.
Acepté la sugerencia, que sonaba en realidad como una orden y me encaminé al dormitorio. Tercamente trataba de espiar a través de las persianas y encontrar una explicación a la angustia que veía reflejada en los rostros de los lugareños, disimulada detrás de sus sonrisas forzadas… En pocos minutos lo comprendí… El ulular del viento se convirtió en sonido arrollador, un rayo hizo temblar todo; toneladas de agua se precipitaron de golpe. Una sombrilla parasol olvidada en el jardín, se elevó varios metros, impactando con fuerza en el balcón del bar; fueron no más de treinta minutos, después todo quedó en silencio. Esperé varios minutos y salí nuevamente. Parecía que un loco enfurecido había pasado por allí. Había brisa fresca, pero el panorama de plantas desgajadas, bellas flores destruidas y hasta dos o tres cocoteros con las raíces al aire me sorprendió. Sin embargo, como pequeñas hormigas laboriosas, muchísimos empleados trabajaban limpiando y colocando cuidadosamente todo en su lugar. El sol se dejó ver nuevamente, la tormenta había pasado…
Luego de sorprenderme con la vista de una pequeña grúa que ayudaba a colocar nuevamente las palmeras en su sitio de la playa y remojarme un rato en el agua –aun algo oscura- me envolví en el pareo y fui a “Bachata” para tomar un capuchino con un copo grandote de crema espolvoreada con canela, mientras otros preferían comer pequeños bocadillos acompañados de cerveza.
Ese día no almorcé… -ni falta que hacía- tenía suficiente reserva de comida por haber pasado toda la mañana picoteando delicias que se nos ofrecían a cada instante. Volví a la playa a sumergirme nuevamente en el mar, hasta el atardecer.
Era sábado, la fiesta de gala de despedida se acercaba, después de quince días transcurridos concluía nuestra visita a Punta Cana.
El Hotel tenía por costumbre ofrecer cotidianamente en la cena, una noche dedicada a cada país. Durante estos eventos, decoraban el comedor con adornos, banderas, tragos, música y comidas temáticas. Tuve oportunidad de disfrutar sabores de Alemania, Francia, España Italia y otros lugares. Abanicos, mantones, sombreros, sones de acordeón, punteos de guitarra, voces en diferentes idiomas interpretando canciones fueron creando un clima excepcional, acompañando nuestra estadía. Ahora se acercaba el momento del gran final.
Me arreglé cuidadosamente, tenía un vestido negro largo con un atrevido escote, las uñas esmaltadas y el maquillaje –muy suave, porque el bronceado lo hacía innecesario- sandalias altas de tacón fino hicieron el resto.
Bajé a cenar, me encontré con una decoración sorprendente, era dedicada a Japón. Cócteles, flores, abanicos y sombrillas de papel de arroz cubrían la recepción. La luz de las velas daba un aspecto maravilloso a la escena. Comí sushi de cerdo y ensalada de mariscos sabrosísima. Otros pidieron langosta y ostras. Tomamos vino blanco, terminé con un postre que me agradó, pero nunca pude entender como se llamaba.
Más tarde nos reunimos todos en “Bolero” bailé hasta quedar agotada de cansancio, me saqué los zapatos tomé el último trago, saludé y agradecí al personal del bar antes de regresar a la habitación.
Preparé el resto del equipaje, dejé solo lo que me pondría para viajar. Eran las tres de la mañana… A las cinco treinta me despertarían para volar hacia Cuba. Restaban pocas horas en Dominicana. Iniciaba otra etapa… Nuevamente el cosquilleo de ansiedad se hacía sentir en la boca del estómago.
Magui Montero

lunes, 1 de septiembre de 2008

CAMBIO DE HABITOS Y SENSACION DE LIBERTAD

Los días iban pasando, mi estado de ánimo fluctuaba entre la felicidad de vivir tantas cosas diferentes y la pena de saber que mi estadía en este hermoso país estaba llegando a su fin, aunque el viaje continuaba.
El aprendizaje acerca de los hábitos, el modo de vida, el carácter de los dominicanos y al mismo tiempo estar en un ambiente paradisíaco, rodeada de lujo, con paisajes desconocidos para una persona criada con sencillez en una provincia de costumbres austeras; había modificado en parte mis actitudes.
Me sentía más dispuesta al diálogo, tomaba con naturalidad una conducta osada que jamás se me hubiese ocurrido estando en mi país –bañarme en el mar a la luz de la luna, asolearme sin sostén- pues aquí todo ello era parte de las cosas habituales que podía realizar sin culpas ni vergüenza.
Despertaba al amanecer, para correr o caminar por las extensas playas silenciosas cuando el sol empezaba a asomar y sin embargo la sensación de seguridad me acompañaba permanentemente.
Desayunaba jugo de fruta, yogur, cereales, -bastante diferente al consabido mate amargo o el café bebido antes del trabajo-, pocas veces almorzaba y tomaba la cena a la hora en que estaba merendando en mi casa.
Lógicamente, hacía un tentempié alrededor de las cinco de la tarde apenas salía del mar y devoraba algún sándwich acompañado de cerveza –que era muy sabrosa, de acuerdo a la opinión autorizada de los alemanes-.
Respecto al consumo de alcohol, si bien es ilimitado para quienes se hospedan en carácter de turistas en estos inmensos hoteles, está totalmente prohibido para los empleados, quienes viven en edificios separados, dentro del mismo complejo. Esta pauta continúa fuera del horario de trabajo, solo pueden aceptar “excepcionalmente” una copa si alguna persona que se aloja los invita y paga por ella.
En una de mis caminatas mañaneras, fui hasta el mercado de artesanos, situado a unos tres kilómetros sobre la playa, compré pequeñas artesanías y aprendí una costumbre -después tuve oportunidad de verlo en varios países visitados- que es parte de antiguas prácticas en el comercio. El regateo, la conversación especial entre comprador y comerciante donde éste promociona las bondades del artículo, pide el doble de su valor y poco a poco baja el precio hasta que ambas partes llegan a acordar lo razonable. En caso de desconocimiento del adquirente sobre dicha tradición, simplemente bajan el precio sin que se lo pidan y entregan un regalito.
Ya de regreso por la costa, compré dos caracoles muy grandes, dos trozos de coral blanco y uno de coral lila a un pescador; me dijo que los caracoles eran “Reina Café” y “Cobo” –este último, cuando llegué a Cuba me fue confiscado por la Policía en el Aeropuerto, se trataba de una especie protegida, situación que ignoraba-
Al regresar del paseo, el sol estaba muy fuerte, era cerca del mediodía, hacía calor y me tomé un cóctel en el Snack Bar cuyo nombre es “Bachata”, me decidí por un Caribbean Blue (Ron Blanco, Crema de Coco, Zumo de Piña, Curacao Azul y Triple Seco). En realidad era un trago que no conocía, pero me llamó la atención el color turquesa que se veía fantástico en los vasos altos y bien decorados. No me sentí defraudada por su sabor exquisito; pero me hizo sentir con un poco de flojera, pues había desayunado temprano.
Almorcé liviano y dormité en una reposera al abrigo de las palmeras. A pesar del protector solar, tenía la piel enrojecida y las pecas –que tanto me enfurecían- habían hecho su aparición.
Esa noche fui a bailar con todo el grupo de argentinos en “Bolero” un lugar mezcla de Pub y Disco, donde hay espectáculos teatrales, desfiles de modelos, música en vivo ó se hacen juegos de entretenimiento, dentro del mismo hotel. A las 0,30 caí rendida en la cama. Había transcurrido un día más en Punta Cana.

Magui Montero

NOTA: Imagen de Postal. Playa Arena Gorda. Punta Cana. República Dominicana

miércoles, 27 de agosto de 2008

NOCHE DE SALSA Y MERENGUE


El regreso desde Santo Domingo fue divertido, cantábamos, batíamos palmas y bromeamos todo el camino. Llegamos al hotel cerca de la hora de cenar.
Luego de la cena, presenciamos una exhibición de música nativa que se desarrolló a la luz de antorchas y fogatas. La melodía acompasada llenaba la noche con sones de tambores, parches y otros instrumentos de percusión para mí desconocidos -confeccionados con algo que parecía cáscaras de cocoteros y golpeados con especies de cañas-. El tam-tam por instantes era frenético mientras se bailaban danzas típicas cuya forma guardaba similitud con ritmos afro e indígenas, impregnados de movimientos sensuales, saltos y acrobacias. La vegetación daba el entorno adecuado a este espectáculo majestuoso. Aplaudimos con entusiasmo, nos habíamos contagiado de la euforia de los bailarines, por lo que decidimos seguir divirtiéndonos.
Formamos un grupo; encaminamos nuestros pasos hacia la Disco que aun no conocíamos, “Pacha” nos estaba esperando.
A las doce de la noche comenzó el espectáculo. Era noche de salsa y merengue. Nos deleitamos con la música interpretada por un timbaletero y percusionista junto a otros músicos, nada menos que Tito Puente Jr. quién tenía el mismo don natural que su padre. Disfrutaba interpretando rumbas, mambo, y otros ritmos, pues su rostro lucía una permanente sonrisa. Más tarde se presentaron los ganadores de diferentes años del Concurso Salsero de República Dominicana; y debo aclarar que me sorprendió ver bailar en equilibrio encima de una botella y con un cajón lleno de bebidas sobre su cabeza a un anciano de 72 años, que tenía un ritmo tremendo!
La mejor salsera del país bailó e hizo acrobacias y eso no me hubiese causado asombro, si no hubiese estado con un embarazo tan pronunciado como el que ostentaba, a pesar de lo joven que se veía. Le pregunté al barman -quien evidentemente conocía a la pareja de bailarines- porque lo hacían, pues me parecía que podía resultar riesgoso para su estado. De inmediato comenzó a reír, y me dijo algo que en cierta manera me recordó lo que dice la gente nativa de mi provincia, -Santiago del Estero, Argentina-. “Aquí los dominicanos antes de aprender a caminar, ya sabemos bailar; y la mejor forma de conocer nuestra música es disfrutarla desde antes que nacemos”
Teniendo la posibilidad de contar con una pareja de baile experta, me lancé a la pista al ritmo del merengue y la dulce bachata. Pude divertirme toda la noche, meneándome sin ningún reparo, hasta bien avanzada la madrugada. Estaba feliz de poder sentirme como una más entre todos ellos.
Comenzaba clarear cuando salimos de Pacha, un viento fresco venía desde el mar. Al fin la excursión del día anterior y el trajín de la jornada, se estaban haciendo sentir, estaba cansada pero contenta. Creo que dormiría hasta cerca de mediodía.


Magui Montero


NOTA: Folleto de propaganda de "Pacha"



lunes, 11 de agosto de 2008

UN PASEO CON SABOR A HISTORIA


Me levanté a las 5,30 y desayuné junto al grupo que participaba de la excursión; estaba algo excitada porque sabía que conocería un lugar “especial”, allí donde había comenzado parte de la nueva historia, llámese conquista, choque de dos culturas o lo que cada uno pudiese opinar, pero indudablemente, marcaba un hito, tanto para Europa, como para el Nuevo Continente.
A las 6,30 partimos en un minibús, climatizado –los lugareños llaman guaguas a los buses de corta distancia-; recorrimos varios hoteles recogiendo pasajeros que participaban de la excursión. El viaje era largo y los caminos no eran buenos, pero se compensaba con todo lo que vas conociendo. Atravesamos la ciudad de Higuey, preciosa, sencilla, con casitas multicolores y un bellísimo santuario, la Basílica de Higuey, centro de peregrinaciones marianas.
Antes de llegar a Santo Domingo, pasamos por unas cavernas, que están por debajo del nivel de la tierra, se desciende por escaleras talladas en la misma piedra, y aun conservan el ahumado de las antorchas con que se iluminaban antiguamente. Estas grutas, eran habitadas por los indios tainos. Por distintas aberturas se filtra la luz del sol, creando un clima especial, donde toca la luz crecen especies raras de helechos, flores, y algunas palmeras, Dentro de ella a medida que se desciende, cuenta con especies de piscinas y el agua cae en pequeñas cascadas. En cada una de estas piletas naturales que se forman por los manantiales, el agua toma colores de acuerdo a los minerales que contiene. La primera que vi era color azul, otra verde y otra de color oro. Nos explicaron cada una de ellas era destinada a los baños conforme a la jerarquía que ocupaban en la tribu.
La piedra de la gruta brillaba por la presencia de minerales y le daba un aspecto maravilloso. Pude sacar muchísimas fotografías, pero el revelado hizo que descubriera lo inútil que había resultado el uso del flash, pues no alcanzó a iluminar tan hermoso panorama, por la amplitud de la concavidad subterránea.
Luego de esta parada, continuamos camino. La carretera es paralela a la costa, pero se ven menos playas, los bordes están cubiertos de rocas donde las olas rompen con fuerza formando remolinos y espuma.
Por fin llegamos a Santo Domingo, se encuentra enclavada en la zona sur de la isla. Es una ciudad de estilo colonial, de calles angostas, y casas muy viejas; fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO. Para no cambiar la fisonomía de la ciudad, la alcaidía dictó normas mediante las que cada edificio que se construyera, aunque fuera moderno y lujoso interiormente, debía conservar el estado original exterior, los revoques caídos, las puertas antiguas y escalinatas de entrada. Hay frentes tallados en piedra, arabescos y figuras afiligranadas. Llegamos al faro de Colón, es una inmensa construcción con escalinatas, hay una luz encendida permanentemente, que marca el lugar exacto –supuestamente- donde desembarcó por primera vez Cristóbal Colón en 1492. Continuamos el recorrido visitando las primeras oficinas administrativas instaladas en el Nuevo Mundo; el Alcázar de Colón, en cuya plaza frontal se encuentra emplazada una estatua del colonizador. Es un hermoso palacio colonial de principios del siglo XVI, que habitó la familia – su hijo Diego y su nuera-, se conserva aun mobiliario y algunos utensilios de su propiedad, en la época que éste gobernó la isla.
Fuimos hasta la Fortaleza de la ciudad, construcción que da al mar, rodeada de cañones en sus almenares, para evitar que entraran en aquella época, los piratas ingleses. (En este caso me reservo de mayores comentarios). Continuamos el recorrido visitando la casa de Hernán Cortés; el Museo del ámbar, donde se hallan las “piedras” en que se basó la historia de la película Parque Jurásico. Pude sacar fotografías cuando atravesamos el puente y visitamos el lugar en que fue filmada la película Apocalipsis Now.
Luego conocí la primera Catedral construida en América, esta realizada en piedra y data de 1523. Finalmente nos llevaron a visitar la tumba de Colón. No puedo creer todo lo que veo, pero es imposible no mirar y tocar estas cosas sin sentirse emocionado.
Fuera de lo que cada uno de nosotros piense, esté a favor o en contra de la evangelización y la conquista o la forma en que se hizo, pero es un paso hacia el punto donde se tocaron dos civilizaciones y se transformó para siempre la cultura de ambas.
Más tarde, nos dieron un tiempo libre, que aproveché para visitar el mercado de la ciudad. Personalmente, creo, y esto lo fui confirmando en sucesivos viajes por diferentes regiones, que uno puede conocer mucho de las costumbres y la cultura del verdadero pueblo, si visitas su mercado. Ahí no hay lugar para los “disfraces” turísticos, allí concurre y hace sus compras la gente común, como visten, si son alegres, como se alimentan y si verdaderamente hay cordialidad con aquellos que concurren de visita.
Tal como lo imaginaba, no fue una equivocación; los dominicanos tienen la sonrisa fácil, son atentos, bromistas, diligentes. Me ofrecieron un brebaje que preparan con algunos yuyos de la isla, mezclado con ron –dicen que tiene también ingredientes secretos- ellos acostumbran a tomar una copita, como paliativo después de una noche de fiesta donde se comió o se bebió en forma abundante; lo llaman “Mama Juana”.
A la salida del mercado, en el carrito de un vendedor ambulante, compré un coco, de los muchos que descansaban en un colchón de cubos de hielo, para calmar la sed, pues estaba haciendo calor. El vendedor, luego de lavarlo, le hizo un corte limpio con machete, y colocó una pajita dentro para que pudiera sorber con comodidad. Me saludó con una sonrisa deseándome buena estadía, y yo seguí mi paseo.
Almorzamos en el hotel Sheraton de la ciudad –es una belleza- y me sorprendió conocer un obelisco más pequeño que el de mi querida Buenos Aires, pero íntegramente pintado en colores fosforescentes, con estilo Art Noveau. Compré algunos regalitos y artesanías y emprendimos el regreso.
Esta excursión en verdad había superado mis expectativas, República Dominicana, se estaba brindando en todo su esplendor.

Magui Montero


NOTA: Fotografía de la estatua de Cristobal Colón, frente del Alcázar. Santo Domingo. República Dominicana

domingo, 3 de agosto de 2008

AGUAS CÁLIDAS Y ROMANTICISMO

Me revuelvo en la cama, abrí los ojos en la oscuridad y miro el reloj de viaje (único capricho que me permití traer en el viaje para recordar los horarios) son las 04,50 a.m. Duermo con los ventanales abiertos y las cortinas se mueven con la brisa nocturna. Me levanto y camino al balcón, hay luna llena, los caminitos que conducen a la playa se ven nítidos entre la vegetación. Decido ir a caminar, me puse el traje de baño, un pareo encima y salgo. Desde lejos escucho música, quizás venga de la Disco, yo voy en dirección al mar, quiero ver el amanecer.
Sin embargo, no todo está solitario, en la semipenumbra se ven personas corriendo por la playa, algunos bañándose o esperando observar el mismo espectáculo que yo. Traje mi cuaderno de notas, lapicera, y la cámara de fotos. El viento sopla con mayor fuerza; el cielo se está cubriendo, pero a pesar de ello a medida que la luna baja, va tomando un suave color rosado, haciéndose cada instante más rojizo. Todo el mar se tiñe de rojo por un momento; el sol emerge en el horizonte, para volver a ocultarse entre las nubes, aunque los rayos se filtran entre las nubes y forman haces de luz que dan distintos colores al agua. ¡Qué espectáculo se pierden los dormilones o aquellos que aun están bailando!
Dejé las cosas en la arena y me sumergí en esta increíblemente tibia caricia líquida. Desde allí me sorprenden gratamente, empleados de los hoteles que recorren kilómetros y kilómetros de playa limpiándola de algas que la marea deja durante la noche y la retiran en tractores que pasan, haciendo grandes fardos. Desocupan también los cilindros decorados que están colocados cada aproximadamente veinte metros para depositar la basura y los ceniceros; de esta forma se mantiene el aseo permanentemente.
Salí del agua a tomar algunas notas para no olvidar cada detalle de lo que mis ojos ven, pero es indudable que mi corazón lo grabará definitivamente.
Voy a desayunar al comedor aun despoblado, la música está sonando suave y los camareros se mueven diligentemente. Tengo hambre! Huevos revueltos, panceta, queso regional, yogur, café y pan alemán. Esto se pareció a un almuerzo!! Los turistas comienzan a despertar, opto por volver a cambiarme, para salir a caminar y conocer más; pues hoy nos cambiamos de hotel.
Los primeros días estuvimos en el Riu Melao y nos instalaremos en el Riu Naiboa. El nuevo hotel esta construido a diferencia del anterior todo en un solo bloque, de forma curva, para que desde todos los balcones se visualicen los jardines, la piscina y el mar. Es sumamente lujoso, igual al estilo de todos los hoteles Riu, está rodeado de jardines tropicales, tiene un puente, y por debajo corre agua en medio de piedras y flores. El bar es una cabaña grande, rodeada de barandas que dan a la pileta de natación, la cual tiene un islote en el centro. Antes del mediodía decidí salir en lancha para recorrer la costa. Desde allí pude ver de un ángulo diferente esa parte de la isla y fui conociendo los diferentes hoteles instalados allí.
El complejo hotelero Riu es el más grande y lujoso de todos (al menos lo era hasta el momento en que yo estuve hace 10 años) cuenta con más de 3.000 empleados, todos hablan aparte de su idioma –español- alemán e italiano o alemán y francés, el inglés no es obligatorio porque la mayoría del turismo proviene de Europa, -80 % de alemanes- el resto españoles, italianos, algunos franceses y latinoamericanos. El personal vive en edificios de departamentos que son parte del mismo complejo. Reparten su tiempo entre las horas que trabajan y el estudio (continúan perfeccionándose), reciben becas y pueden ascender e ir escalando jerarquías dentro del hotel o establecerse en otros de la misma cadena distribuidos por todo el mundo. Mientras sigo conversando, preguntando, curioseando aquí y allá, llegó la hora de la siesta.… Y comencé con mis clases para aprender a bailar merengue. Un ritmo hermoso, sensual, alegre, con muchos movimientos cadenciosos. Puede bailarse suelto de la otra persona o en pareja, con giros y figuras que se realizan meneando las caderas y manteniendo el hombre el control sobre de la mujer, roces, miradas, vueltas. Es la seducción hecha danza, el calor y la fogosidad; como todos los ritmos propios de países que tienen sangre latina.
Me siento en el bar a tomar jugo de fruta, quiero refrescarme un poco. Creo que la clase de música latina me dio bastante calor… ejem
Tengo algunas curiosidades... ¿Qué será lo que incluye el: “all inclusive”? Mejor averiguo bien.
Aprendí algunas cosas. Gran cantidad de parejas de buen nivel económico vienen con amigos y familia; se casan aquí en una ceremonia que se realiza en la capilla de los hoteles, por supuesto toda la fiesta, comida, bebida y números artísticos les sale gratis, y al mismo tiempo pasan su luna de miel. Tuve oportunidad de ver una ceremonia de este tipo y fue preciosa. Solo pensé que es inusual pasar la “luna de miel” con los suegros, hermanos, primos y amigos. En fin!! Creo que mi idea de romanticismo, caminar a la luz de la luna por la orilla del mar o hacer la travesura de poderse bañar desnudos en medio de la noche de una pareja de enamorados, no concuerda con la practicidad de armar un paquete turístico para la familia y “aprovechar” para casarse… Pero debo respetar las formas de pensar diferentes a la mía…
Bien, ya nos pusimos de acuerdo con todo el grupo que hace el mismo circuito turístico. Estuvimos tomando unos cócteles y vimos un espectáculo de rumba en la confitería del hotel. Me acosté rendida de cansancio a las 12 de la noche; debo levantarme a la madrugada.
Salgo de excursión para visitar la Capital de República Dominicana. Mañana conoceré Santo Domingo.

Magui Montero

martes, 22 de julio de 2008

UNA VISION DISTINTA

Hasta ese momento, veía cosas que nunca había tenido oportunidad de conocer. El hotel y todo su entorno, solo estaba en los sueños de gente común, me asomaba por primera vez a un mundo reservado para personas de mucho dinero. Todavía me costaba creer que era yo quien lo estaba viviendo; pero ansiaba mirar el mar, que conocía por fotografías y películas filmadas en el Caribe; así que me alejé del sector de la piscina, fui caminando hacia donde alcanzaba a divisar muchas palmeras, cocoteros, y terminaba el camino cubierto de lajas.
La arena es blanca y suave como talco, no se adhiere en el cuerpo ni se calienta; a pesar del fuerte sol puedes caminar tranquilamente. Llegue a la orilla del mar, el agua es transparente, de un turquesa indescriptible, cálida mansa, forma pequeñas olas con espuma blanca solamente cuando estas rompen en la playa.
Me quedé sentada en una reposera embobada por el paisaje. Aproximadamente a cien o ciento cincuenta metros de la costa, una línea semicircular rodea toda la playa, convirtiendo este espacio en una inmensa piscina natural, donde el oleaje explota formando un cordón blanquecino. Desde allí hasta donde se pierde la vista el mar es de un intenso color azul. Me explicaron que es un atolón, formado por corales que hacían de barrera natural. A lo lejos se divisa un antiguo barco encallado, que quedó integrado al paisaje y es motivo de excursiones para los curiosos.
Salté y jugué en el agua, un rato. Aquí y allá veía las camareras trayendo jugos y tragos de diversos colores, decorados en piñas ahuecadas, en cocos, o vasos de trago largo con frutos tropicales. Los más jóvenes jugaban voleibol playero o corrían a uno y otro lado. No faltaban las bronceadas sirenas y los adonis, mostrando su musculatura y pavoneándose. Cada cincuenta metros había grandes recipientes decorados, donde se dejaban los vasos usados y grandes ceniceros de pie. ¡No es una exageración, es verdad! Las personas fumaban, apagaban sus cigarrillos y tiraban las colillas dentro de los ceniceros, que semejaban inmensos maceteros de pie.
Disfrutaba del lugar, pero la prudencia me aconsejaba tener cautela con el primer día de estar al sol. Me dirigí hacia donde terminaba la zona de playa y comenzaba el césped. Solo separaba el lugar dos escalones, allí estaban las chinelas, tal como las había dejado hacía ya tres horas, junto a muchas otras. Me puse el pareo, y salí a recorrer una callecita que se llama “Pueblo Caribeño”. Las viviendas tienen colores intensos y amplias terrazas, pero en realidad, simulan ser viviendas; son comercios donde se pueden adquirir regalos, souvenirs, pinturas, artesanías, hay casas de fotografía, turismo, joyerías, peluquería, gimnasio, etc. Al consultar los precios, salí espantada, las cosas que vendían eran hermosas, pero inalcanzables para mi bolsillo.
Pasé por el bar, comí algunas delicias tentempié y un refresco; pues faltaban pocas horas para la cena que se sería entre las 18,30 y las 21,00. Aun tenía puesta la ropa de playa, sin embargo quedé sentada escuchando las melodías que tocaba un hermoso dominicano en el piano de cola y hasta me animé a cantar el tango “Nostalgias” en actitud totalmente desenfadada de mi parte; pues había pocas personas y era una linda ocasión, que quizás no pudiese repetir.
A la hora de la cena, se reiteraban los manjares, mientras tres músicos acompañados por guitarras paseaban entre las mesas cantando boleros y música suave. Luego se comenzó a escuchar música folclórica del lugar que es el merengue. La gente comenzó a bailar (incluso los empleados) quienes acompañaban e indicaban los pasos en medio de risas y aplausos.
Un viento suave venía desde el mar, mientras caía la noche. Eran apenas las 22,00 y se me cerraban los ojos. Tal vez mañana, tuviera ganas de ir a bailar en “Pacha”, la disco del complejo hotelero Riu. El primer día había sido demasiado intenso para mi.

Magui Montero