miércoles, 17 de junio de 2009

ANSIEDAD Y MISTICISMO. Aguas Calientes y Macchu Picchu. La llegada

Finalmente había llegado el momento esperado. Los proyectos que hiciera desde el inicio del viaje; unos se concretaban y otros fueron modificándose por la falta de experiencia. Los consejos de algunos viajeros me indicaron llevar aparte de la mochila grande para portar todo el equipaje, una más chica que servía para cargar los artículos personales de higiene, el botiquín, linternas, pilas y otras pequeñas cosas de uso diario, sin tener que desarmar aquella que cargaba en las espaldas. Era más cómoda para las excursiones cortas, (de no mas de dos o tres días) sin llevar conmigo tanto peso. El camino iba enseñando; paso a paso conocí que el guarda-equipaje de los hoteles o de las terminales resultaban una buena opción.Antes de salir de Argentina, había leído lo que debía llevar para hacer la Ruta Sagrada de los Incas (con el cruce de la selva incluido) para llegar a Macchu Picchu; pero a pesar de contar con los implementos necesarios, no había hecho las reservas y la cuestión se había complicado. Reflexioné y comprendí que quizás esto era lo mejor. Sabía que la travesía resultaría muy dura para mi; resignada pero teniendo siempre mi objetivo de hacer -aunque fuera en parte lo que me había propuesto- opté por adquirir en Cusco un pequeño paquete que incluía el viaje en tren de Cusco hasta Aguas Calientes, dos noches (con desayuno) en un Hostal del pueblo y la entrada con visita guiada a la Ciudadela Macchu Picchu. Lo demás iría viendo como se presentaba; pero al menos me aseguraba un lugar donde dormir. Salí de Cusco con mi mochila chica. Llevaba una imprescindible muda de ropa, capa de lluvia, abrigo impermeable, un traje de baño y el infaltable mate (aparte de los artículos de uso diario e higiene).El tren resultó sorprendente. Tenía diferentes categorías y los precios consecuentemente, variaciones sustanciales; pero el servicio que había comprado era excelente. Música ambiental, coches climatizados, asientos confortables, ventanillas vidriadas amplias que permitían captar fotografías fácilmente, buena atención. Se podía comer en el coche comedor o en el asiento, apetitosos sándwich de los más variados gustos (aunque de precios altos). Llegué a la Estación de Aguas Calientes avanzada la mañana y la primera impresión fue maravillosa. El pueblo estaba enclavado en una angosta quebrada, rodeada de montañas de lujuriosa vegetación; las viviendas, los hostales, y comercios de todo tipo, convivían armónicamente entre callecitas que subían o bajaban hacia uno y otro lado y puentes que unían la población pasando por encima de las aguas del río que bajaba con fuerza. A poca distancia se encontraba el Hostal Adelas, donde me alojaría; ubicado en la parte superior de un comercio con venta de artesanías, libros y postales. Cómodo, agradable, bien arreglado. La habitación tenía una gran ventana hacia el río Urubamba, afluente del Amazonas, cuyas aguas bramaban a escasos metros de mis pies y del otro lado una pared montañosa cubierta de vegetación. Me dediqué a recorrer el pueblo; era bonito, multicolor, con escaleras y declives; había una linda feria artesanal, tentadora por la variedad de artículos que ofrecía. La calle principal ascendía hasta donde estaban enclavadas las termas usadas desde tiempos remotos, por las cuales el pueblo recibía ese nombre. En torno a esa calle, grupos de turistas escuchaban música, descansaban, o bebían algo fresco en las veredas. Regresé para almorzar; tomaría el baño en las termas en horas de la siesta; el clima me acompañaba con sol brillante, aunque temía que al día siguiente pudiese cambiar el tiempo, cuestión habitual en ese lugar. Almorcé comidas típicas y me encaminé hacia las termas. El trayecto era ascendente, siguiendo el recorrido del río que bajaba con fuerza por la quebrada. Las flores, helechos, el musgo y los árboles indicaban un microclima tropical, pájaros y mariposas se cruzaban hacia uno y otro lado, entreteniéndome, por lo que la distancia, que no era demasiada, se esfumó y llegué casi sin proponérmelo. Pagué la entrada e ingresé en la zona de las piscinas. En realidad eran pequeños piletones con escaleritas para sumergirse y permanecer sentados. El lugar estaba rodeado de césped y flores a los costados. Eran varias piscinas, ubicadas en el declive natural del terreno, me explicaron que las que se encontraban más abajo en la pendiente, eran de mayor temperatura y que se debían tomar las precauciones habituales de todo baño termal. Estuve los consabidos diez minutos y me senté a un lado a gozar del sol.En ese lugar conocí a otro grupo de gente que al día siguiente iría a conocer la Ciudadela y nos entusiasmamos en armar un proyecto (irresponsable). Teníamos pagado el microbús para la ida y el regreso hasta Aguas Calientes; pero al no haber podido hacer "el camino del Inca" decidimos trepar hasta la Ciudadela, ayudados por la experiencia de un muchacho peruano que ya lo había hecho.Para ello debíamos subir durante tres horas aproximadamente y llegar al amanecer, para ingresar apenas se abrieran las puertas. Allí me reuniría con el guía y las personas que iban en los microbuses y entraría a Macchu Picchu. De la partida fuimos seis. Una pareja de jóvenes japoneses, una chica australiana, un estadounidense, yo y nuestro audaz guía; quien solo por entusiasmo de aventura se unía a esta experiencia con personas que nunca lo habían hecho y desconocían los peligros de realizarlo de esta forma. Partimos con pocas cosas. Yo llevaba en mi mochila aparte de linterna y agua mineral, mi botiquín, dos sándwich, dos manzanas, la cámara de fotos, la capa de lluvia y otra camiseta. Sabía que sería un trayecto duro y no debía llevar nada pesado. Había luna, pero igualmente la noche no era clara; al principio las linternas sirvieron, pero cuando comenzamos a trepar, por momento necesitábamos las dos manos y no sabía como hacer. Tomé la decisión de atarla firmemente con una correa en mi pecho apuntando hacia abajo, así al menos vería donde ponía los pies. Me puse unos viejos guantes porque las piedras lastimaban las manos, la hierba estaba húmeda y había niebla, ¿o serían nubes? Hablábamos poco, por problemas de idioma y porque el esfuerzo cada vez era mayor. Agradecía por otra parte que fuera de noche y no tener idea de la altura, pero me arrepentía de haber seguido a este puñado de jóvenes locos. Sabía que íbamos trepando por el mismo lugar donde iba el camino, pues de rato en rato, cruzábamos la ruta, hacíamos descansos, y luego continuábamos subiendo acortando distancia. Nuestros ojos se acostumbraron a la oscuridad y ahora era más fácil ver el empinado trayecto, empecé a transpirar y me saqué el sweater y la campera impermeable. Empecé a ver que el cielo estaba más claro, pero gris y una fina llovizna nos humedecía. Rony nos dijo que no era lluvia sino nubes bajas y que faltaba apenas media hora de trepada. A lo lejos alguno que otro vehículo subía, lo supe por el sonido de motores y la luz de los faros; nos comentó que eran los empleados que empezaban a subir. Llegamos cansados, con algunos raspones, agitados pero con la mirada brillante de los que lo han conseguido. Una amplia calle con un edificio, asientos en lo que parecía una parada de buses, y la entrada. Recién empezaba a clarear y estaban llegando los primeros buses. Me separé de los compañeros de la improvisada expedición y entré a los baños, a asearme. A la salida, el lugar estaba cubierto de micros y turistas que pululaban; encontré a la persona que debía contactar, quien me miró con sorpresa y disgusto cuando le comenté lo que había hecho. Recibimos recomendaciones de quien sería nuestro guía dentro de la Ciudadela. Nos dijo que debíamos ir al baño antes de ingresar, ya que adentro no lo había; no debíamos hablar en voz demasiado alta, pues cualquiera fuese la religión que profesáramos, teníamos que comprender que estábamos entrando a un lugar que era un templo, por lo cual era primordial tener respeto. Amanecía, el lugar permanecía en medio de bruma espesa; yo rogaba interiormente que no lloviese para poder disfrutar a pleno aquello que tanto quería conocer. Estaba ingresando a Macchu Picchu.
NOTA: Foto1- Ciudad de Cusco. Foto 2 y 3- Llegada estación Aguas Calientes.
Foto 4- Río Urubamba. Foto 5- Almorzando en Aguas Calientes.
Foto 6- Pueblo de Aguas Calientes. Foto 7- Termas de Aguas Calientes
Fotos 8, 9, 10, 11 - Camino hacia las termas- Foto 12- Subiendo a la Ciudadela de Macchu Picchu

miércoles, 3 de junio de 2009

RECORRIENDO EL CUSCO. TEMPLOS, FORTALEZAS Y PUEBLOS. II


Continuamos la excursión saliendo de la ciudad para ir a la Fortaleza Saqsayhuaman a poca distancia, pues desde la altura podía aun ver la ciudad. La fortaleza estaba construida en forma de tres estructuras concéntricas. La exterior a nivel y las murallas internas a su vez sobre elevadas respecto a la primera, como si se tratara de una torta de tres pisos. Algunas piedras tenían hasta dieciséis caras, tan bien talladas que a pesar de los cientos de toneladas encajaban perfectamente la una con la otra, sin que una hoja de papel pudiese ser introducida entre ellas (lo comprobé). Continuamos hacia el Templo Qengo, donde se realizaban las ceremonias de iniciación de las mujeres púberes y sacrificios de animales dedicados a la Luna, entramos por pasadizos hacia un nivel inferior y pude observar tanto los altares preparatorios de sacrificios, como el altar principal. En la parte superior se hallaban los tronos tallados en piedra donde se ubicaban tanto el Inca como los sacerdotes del Pueblo Tahuantisuyo (verdadero nombre y no Inca como erróneamente se lo llama). Continuamos visitando la fortaleza Pucapucara, era la fortaleza encargada de proteger la zona más alejada del los alrededores del Cusco.
De allí fuimos al Templo Tipón, lugar donde antiguamente se realizaban las ceremonias de purificación y las mujeres recibían bendiciones de fertilidad. En ese lugar, aquel día a pesar del sol había viento muy frío; compré a una vendedora ambulante por 0,50 soles humita en chala rellena con queso de llama. Sabroso manjar caliente que me sirvió de tentenpié y tentó al resto de los excursionistas a probar lo mismo que yo.
Continuamos el recorrido hasta una feria de artesanos, luego seguimos rumbo a Pisac, allí visitamos el pueblo donde se realizaba la fiesta de carnaval. Había personas de diferentes comunidades indígenas que concurrían al pueblo para esta celebración. Cada comunidad durante todo el año trabaja duramente y va bordando los trajes que se usarán para esta ceremonia. Fue maravilloso contemplar sus danzas, sus trajes, la diferencia entre cada región y los rasgos distintivos. El haber concurrido la primera noche al Centro Cultural, me servía ahora para identificar la región a la que pertenecían y me sentí feliz de haber tomado nota.
Las calles de Pisac eran adoquinadas pero formando diseños con las mismas piedras. La gente del lugar congregada en la plaza del pueblo formaba una abigarrada multitud que miraba el espectáculo en silencio. Yo los observaba con curiosidad y solo sus ojos mostraban alegría, pero comprendí que era parte de sus características. Estaban acostumbrados a los silencios, a las grandes distancias, a la inmensidad de sus montañas y la profundidad de sus precipicios. Ríen sin estridencia, hablan bajo, caminan con pasos cortos; pero tienen mirada fuerte, ojos rasgados, penetrantes, quizás con mucho de los cóndores que habitan en su alturas montañosas.
Seguimos rumbo a las ruinas de Tambomachay, en los alrededores del mismo pueblo y enclavados en el monte de este nombre. Lo que a la distancia parecían pinturas o grabados en la montaña, formando diseños incaicos, en realidad eran construcciones de grandes dimensiones, que pueden observarse en detalle acercándose a ellas. ¿Cómo se había construido todo esto? ¿Cuántas generaciones habían trabajado para lograr tan geniales obras? Los detalles de belleza que se veían desde muy lejos como diseños y arabescos, eran grandes paredones de la fortaleza; habían sabido jugar hasta con la perspectiva para que se tornara un elemento decorativo de la montaña. En el valle, el pueblo entero estaba danzando y jugando con agua, el carnaval nos mostraba sus distintos rostros en cada población. Lo sorprendente es que se bailaba, se cantaba, pero todo en el contexto de una festividad religiosa; pues las imágenes de el Cristo crucificado o la Virgen estaban presentes en cada lugar que visitábamos; lo religioso estaba incorporado a lo pagano. Comprendí lo que el guía nos explicaba acerca de que para evangelizar, se los había incorporado a Dios, Jesús y la Virgen, como parte de su misticismo y religiosidad anterior.
Desde allí fuimos con rumbo a Chinchero, un pueblito enclavado en la montaña, de belleza indescriptible, con la capilla maravillosa llena de historia y antigüedades de gran valor, ubicada en el lugar más elevado del pueblo.
Había comenzado a anochecer. Hacía frío y emprendimos el regreso, antes de llegar al Cusco cuando ya se veían muy abajo las luces de la ciudad como pequeñas lentejuelas doradas, paramos en una posada para tomar una taza caliente del consabido té de coca acompañado de un sandwich.
Terminaba un día más en el Cusco y aun restaban muchas sorpresas porque comenzaba el viaje a Macchu Picchu.
Magui Montero
NOTA: Foto 1- Fortaleza Saqsayhuaman. Foto 2-Templo Qengo Trono Ceremonial. Foto 3-Fortaleza Pucapucara. Foto 4- Templo Tipón. Fots 5 y 6- Lugarenos con trajes típicos de Fiesta. Foto 7- Camino al templo Pisac. Foto 8- Tambomachay. Foto 9- Iglesia de Chinchero

domingo, 31 de mayo de 2009

RECORRIENDO EL CUSCO. TEMPLOS, FORTALEZAS Y PUEBLOS. I



Me desperté de un salto, la ansiedad por conocer, por saber, por aprovechar minuto a minuto cada instante desde la llegada al Cusco, para llenarme los ojos de colores y la mente y el corazón con su historia.
Partí temprano, luego de un desayuno sabroso que me pareció excesivo, pero terminé hasta la última miga de pan y las ricuras dispuestas en la mesa. Las calles empedradas aun no tenían el ritmo inquieto de los turistas yendo y viniendo, pero me permitió disfrutar plenamente del aire fresco de la mañana y contemplar las construcciones sólidas, parándome a admirar los balcones bellamente trabajados y los cuencos de barro con flores que observaba colocados en la mayoría de ellos.
A poca distancia y al cruzar la calle observé en la ladera de un monte (cercano a la ciudad) la leyenda “Viva el Perú” supuse que formada por rocas porque se leía nítidamente sobre la vegetación de un verde intenso, mientras que hacia el otro lado observé la bella fachada de un antiguo Teatro Municipal.
Así llegué a la Plaza Regocijo, en la cual según las creencias populares, no deben sentarse las parejas de novios ni matrimonios, pues en tal caso la boda no se concreta o las parejas se disuelven. Hacia un lado, el edificio Municipal de turismo, con una galería de amplias dimensiones prestaba su espacio para una muestra de pintura cuzqueña.
Las callecitas angostas se curvaban hacia uno y otro lado, veredas angostas y frentes antiguos. Sin embargo por dentro eran cafeterías, empresas turísticas, boutiques y hasta una joyería de lujosa decoración interior.
Así llegue hasta la Plaza Principal “Aucay Pata” de amplias dimensiones, con una hermosa fuente revoloteada por palomas.
Hacia los lados construcciones con techos de tejas coloniales y amplias Recovas donde la gente transitaba cómodamente; también allí se encontraba la Iglesia Catedral de Cusco y la Iglesia de San Francisco. Me sorprendí al saber la rigidez de los horarios para visitarlas, y aun más al conocer que para ingresar a San Francisco –que guarda cosas de alto valor histórico y cultural- debía pagarse una entrada.
En la misma Plaza hacia uno de sus lados me sorprendió una cruz de mármol de grandes dimensiones colocada sobre el mismo césped y me acerque a ver de que se trataba, pues a su lado había una placa recordatoria. Me conmovió saber que ese era el lugar donde se había matado a Tupac Amarú, los miembros de su familia (esposa, hijos y cuñados) y varios otros integrantes del grupo que intentó levantarse en contra de la dominación española. Mis pies pisaban el mismo suelo que algunas centurias atrás habían marcado hitos en el patriotismo de los naturales de ese país.
Subí por callecitas típicas visité algunas Avenidas Céntricas, pero decidí volver sobre mis pasos; no era interesante conocer lo que era la zona bancaria y lo moderno. Prefería quedarme en cada piedra, en el tallado de las maderas, en el afiligranado de las molduras y el trabajo artístico de los artesanos cuzqueños.
Al día siguiente muy temprano me buscaron desde el Hostal en el minibús para hacer el recorrido que esperaba. El guía nos fue introduciendo en la historia de la etapa anterior a la colonización. Y comenzamos la visita a los diferentes lugares. Nos dirigimos al Convento de Santo Domingo, cuya estructura se encontraba encima del antiguo templo Qoricancha; uno de los más importantes y ricos de todo el Cusco. Allí pude observar y escuché el relato de la destrucción y despojo del que habían sido víctimas. El mismo Convento fue construido con las piedras arrancadas del templo. Las estatuas de tamaño natural hechas de oro macizo replicando las figuras de personas, animales y vegetales autóctonos que adornaban los amplios jardines, habían sido sacadas de sus bases y fundidas para llevarlos a Europa. (Solo quedan algunos vestigios de cosas que se lograron esconder en el actual Museo del Oro) ubicado al frente del templo Qoricancha; aunque una gran plancha de oro se encontraba dentro del templo con los dibujos de sus dioses y la estructura jerárquica de los mismos. (todos estaban relacionados con la naturaleza)
Vi con sorpresa la forma de ensamble de las piedras, por medio de pernos y aros realizados con otras piedras pequeñas, ya que los antiguos constructores no usaban argamasa ni otros elementos de este tipo para adherir las piedras entre si. En el patio central, se encontraba la Pila donde se colocaba la chicha para las ceremonias.
Se había logrado rescatar parte de las habitaciones que pertenecían al santuario de la Luna; sin embargo sorprendía más el trabajo artístico realizado en ebanistería y pintura por los indios en la etapa de la colonización, pues sillones, puertas, pinturas de época realizadas con una maestría asombrosa, sin haber conocido otra técnica que lo que les daba su sensibilidad artística.
Por dentro estaba furiosa, más veía y más me enojaba con el desastre y destrucción que se habían hecho en nombre de la conquista y evangelización de un pueblo que tenía a mi parecer un mayor nivel de crecimiento y desarrollo que Europa en esa misma etapa; porque contaban con sistemas de cloacas, drenajes, tratamiento de excretas y respeto por la naturaleza. Cuando en aquella etapa los “civilizados” aun no conocían lo que era un baño y usaban los perfumes para tapar los olores que emanaban de su falta de higiene. Quién educó a quién? ¿Quiénes fueron las bárbaras hordas de salvajes? Esas preguntas ya tenían respuesta para mi después de conocer apenas el primer templo.
Magui Montero
NOTA: Foto 1- Fuente de la Plaza Aucay Pata. Foto 2-Edificación tradicional. Foto 3-Recova. Foto 4- Cruz que marca el lugar de inmolación de Tupac Amarú en la Plaza Aucay Pata. Foto 5- Iglesia Catedral de Cusco. Foto 6- Vista parcial de Plaza Regocijo. Foto 7- Una calle de Cusco. Foto 8- Teatro. Foto 9- Templo Qoricancha, pila donde se guardaba la chicha ceremonial. Foto 10- Templo Qoricancha, plancha de oro macizo con detalle de la estructura de los dioses.

miércoles, 13 de mayo de 2009

UNA ILUSIÓN QUE SE HACE REALIDAD. LA LLEGADA AL CUSCO


Puno quedaba atrás. Recibí sugerencias e hice contactos que ayudarían a que fuera menos difícil la llegada a Cusco; tenía miedos, pensamientos y proyectos acumulados. Por medio de una empresa turística me consiguieron la dirección del Hostal cuyo precio y ubicación me convenían.
Ahora me enfrentaría con un mundo totalmente diferente que en lo sucesivo reafirmaría o modificaría mis “pre-conceptos” y parte de la historia que conocía a través de libros y comentarios.
A medida que se sucedían los kilómetros el paisaje se transformaba. Los valles y las montañas estaban tapizados de una alfombra verde cegadora. Hicimos una parada en el límite donde terminaba Puno; un cartel indicador daba la bienvenida al Departamento de Cusco.
Grupos de artesanos vendían tejidos, tapices y recuerdos. Niños y mujeres con trajes típicos se dejaban fotografiar a cambio de algunas monedas (lo que me sugería algo “preparado para el turista” y no surgido de la espontaneidad del momento.
Paramos veinte minutos y continuamos el viaje. Verde, celeste intenso, blanco, amarillo, ocre, morado y rojo trenzados en un multicolor juego de la naturaleza me hicieron comprender el porqué de los colores de la ropa típica peruana. Eran solo una reproducción de lo que el paisaje les regalaba diariamente a los naturales de este suelo.
El bus avanzaba internándose en el corazón mismo del Cusco. En la vera del camino ruinas y construcciones antiquísimas integrados a cada lugar, aferrados como una mata o un río de viejo trazado, persistiendo en la lucha de mostrar que al paso de los siglos continuaban marcando hitos de una civilización grandiosa.
El bus se detuvo finalmente en la Plaza principal. Estaba en esa ciudad en que el tiempo parecía haberse detenido en contraposición con las modernas ropas de los que transitaban por la zona y los automóviles.
Bajé mi equipaje, pregunté como llegar al Hostal Imperial II que me indicaran y caminé lentamente mientras disfrutaba de las angostas calles adoquinadas, las construcciones de piedra con sus balcones finamente tallados, los diseños de hierro artísticamente forjado, hasta que llegué.
Una pesada puerta de doble hoja con herrajes que se encontraba entreabierta, me dio acceso al lugar donde me alojaría durante varios días.
La estructura del Hostal daba la certeza de que databa de antes del 1800; readaptando sus funciones a ser utilizado para alojamiento de turistas. Las paredes de piedra maciza medían aproximadamente cincuenta centímetros de ancho, con habitaciones distribuidas alrededor de un patio central en dos plantas, decorado con tinajones de barro cocido y cactáceos. Las barandas superiores y las puertas eran de madera tallada pintadas de verde seco. El patio recubierto de piedras laja y pequeñas mesas cubiertas con manteles de vivos colores daban una ambientación perfecta. Se respiraba tranquilidad.
Una joven salió presurosamente a recibirme, me ubicó e informó que el desayuno estaba incluido en el precio y que diariamente pasaban agentes de turismo ofreciendo servicios o excursiones.
Tal como me dijo, poco después llegó la representante de una agencia local, luego del regateo acostumbrado, tomé los servicios para una excursión a partir del día siguiente y compré la entrada (nominada e intransferible) para el circuito completo de visitas con guía incluido a los templos, fortalezas y pueblos de interés turístico situados en el área de Cusco.
Esa misma tarde me dirigí al Centro Cultural de Cusco, donde en un teatro con su capacidad colmada de turistas, una voz en off nos hablaba sobre la historia, etnias, las regiones del Perú, mientras se realizaba una muestra de danzas folclóricas del país con los distintos trajes típicos; permitiéndome tener una visión panorámica de lo que estaba conociendo.
Solo era el primer día y Cusco me había atrapado en su magia.
Magui Montero
NOTA: Foto 1 y 2: Límite Puno-Cusco, Foto 3 y 5: Paisaje camino a Cusco,
Foto 4: Ruinas al borde de la carretera, Foto 5: Interior del "Hostal Imperial II" Cusco
Foto 6: Muestra de danzas tradicionales en el Centro Cultural

sábado, 25 de abril de 2009

Excursión al Titicaca - Reserva Islas flotantes de los indios Uros – Isla de los Taquile. Perú

Por la mañana muy temprano, partí junto a un grupo de turistas hacia el Lago. Allí nos esperaban ya listas las embarcaciones, para adentrarnos en el lago. Esta vez vería dos comunidades diferentes a las que había tenido oportunidad de conocer en la parte boliviana.
Los guías en su mayoría hablaban fluidamente más de un idioma; los grupos de personas fueron separaron de acuerdo al idioma en que se daría la explicación y partimos.
Poco a poco nos fuimos adentrando en el Lago; nos dirigíamos hacia una zona con abundancia de totoras, hasta que aparecieron las primeras islas. Cada una de ellas albergaba alrededor de doce familias, con sus correspondientes viviendas. Tenían aves de corral y la vida en muy poco difería de aquella que podía transcurrir en tierra firme. Había escuela, hospital, iglesia, mercado y hasta un lugar para actividades sociales y deportivas. Contaban con luz eléctrica por medio de energía solar, radio y tv. Solo que en lugar de calles se sucedían los canales por donde la gente lugareña iba de uno a otro lado en sus barcazas.
Tanto las islas, como las embarcaciones y las viviendas estaban construidas en totora – que también les servía de alimento- (por supuesto que probé para conocer su sabor) aunque también comí panecillos horneados muy sabrosos. Su principal fuente de recursos era el turismo o los diversos artículos artesanales que comercializaban en moneda o por sistema de trueque (de acuerdo a sus necesidades) Cada Isla tenía un nombre. La que tuve oportunidad de conocer se llamaba Santa María. Fuimos recibidos con mucha alegría, y nos sentamos en rollos de totora preparados a modo de banquetas en el centro, para presentarnos a los miembros de esa comunidad y darnos las explicaciones. Los trajes de las mujeres estaban algunos bellamente bordados, había tapices, cestas, cortinados y miniaturas hechas artesanalmente que se vendían a precios sumamente accesibles.
Los niños jugaban alegremente como en cualquier otro lugar, a pesar de la cercanía del agua. Las barcas tenían una vida útil de alrededor de dos a tres años, luego de lo cual pasaban a ser parte del suelo de la isla; Por lo que constantemente se estaba construyendo una.
Nos sacamos fotografías, paseamos en estas grandes embarcaciones, bellas, livianas y con una gran similitud de diseño con las barcas vikingas y continuamos viaje, luego de comprar algunos recuerdos y despedirnos de nuestros anfitriones.
Navegamos durante un largo rato, hasta que se divisó la Isla de los Indios Taquile. Hermosa, rodeada de vegetación multicolor y sembrados. La Isla sobresalía formando un cono de ancha base, con sus caminos serpenteantes que llevaban hasta la cumbre, donde estaba emplazada la plaza principal, la iglesia, el Centro Cultural y otros edificios importantes hechos en piedra. Sus casitas de adobe y piedra de techos rojos, se destacaban en medio de la vegetación en distintas partes de la isla.
Durante el trayecto de navegación, nos informaron que si bien esta Isla se encontraba en territorio peruano, las costumbres y las leyes estaban pautadas de otra forma. Cada problema familiar o los delitos que podían suceder en su territorio, eran presentados ante toda la comunidad en voz alta y juzgados por todo el pueblo un día especial de cada semana.
El Jefe de la Isla (y su grupo familiar) vestían de forma diferente al resto de los habitantes y era el único que puede llevar sombrero y una faja roja en la cintura. El resto de los hombres lleva en su cabeza un gorro tejido de diversos colores, y la manera en que está colocado indicaba su estado civil o situación (soltero, casado, comprometido, en busca de novia) las mujeres visten un traje cuya falda (ancha y con varias enaguas) es bordada en diferentes colores, y una manta color negra tejida, en cuyos extremos lleva un pompón de colores cuya lana está teñida en tres colores, formando círculos concéntricos. La forma de colocar la manta o de ubicar los pompones, significa algo similar a lo que simboliza el gorro en los hombres; con la diferencia que también pueden expresar su estado de ánimo. (Incluso lo usan para avisar al resto de la comunidad que su marido las engañó y así avergonzarlo delante de todo el pueblo)
Otra de las particularidades de esta comunidad es que los hombres son tejedores y consiguen hermosos diseños en los artículos que venden. Algunos comercializan piedras semipreciosas que se consiguen en el lugar a precios irrisorios. Las mujeres se dedican a las tareas de la casa y la agricultura, los niños aprenden a tejer o cuidan el ganado.
El Jefe de los Taquile, nos fue a dar la bienvenida en el embarcadero acompañado de su esposa y sus dos hijos. Luego nos dirigimos al centro del poblado, almorzamos comidas típicas (bastante condimentadas pero sabrosas) disfrutamos de su música y su danza y emprendimos el regreso luego de pasar por el Centro Cultural, donde los hombres tenían a la venta sus tejidos. Ese día había sido sorprendente; el buen tiempo nos había acompañado; las personas que conocimos tenían costumbres muy diferentes, pero todo el entorno respiraba paz y armonía.
El paisaje y la naturaleza se brindaban plenos; pero también su gente de rostros broncíneos y parcos de palabras nos estaba dando una lección de convivencia y respeto por lo que ella les estaba dando.
Volví feliz, con los ojos llenos de tantos colores, pero debía continuar camino. Se acercaba el momento más importante. Mi próximo destino guardaba la raíz de una civilización maravillosa. Mañana partiría para Cusco.
Magui Montero
NOTA: Fotografías 1, 2, 3, y 4 Reserva Islas flotantes del Lago Titicaca (indios Uros)
Fotografías 6 y 7 Isla de indios Taquile del Lago Titicaca.
Fotografía 5 ropa típica de indios Taquile (foto bajada de internet).

miércoles, 15 de abril de 2009

MI ENTRADA A PERÚ. PUNO LA CAPITAL FOLCLÓRICA DEL PAIS.

Salí de Copacabana al atardecer; luego de cambiar algo de dinero para tener soles cuando llegara. Me habían explicado que el viaje sería bordeando el lago Titicaca, aunque no tendría oportunidad de ver el paisaje, porque lo haría durante la noche. Y en la mañana estaría llegando a Puno. Quizás el cansancio y lo confortable del bus hizo que me quedara dormida en seguida. Iba en uno de los primeros asientos, era de madrugada cuando abrí los ojos. Una luna enorme iluminaba el paisaje y a lo lejos se observaban matas de pastizales, el brillo del agua, algunos charcos aquí y allá en lo que parecían humedales o esteros y manchones blancos que supuse podía ser rastros de salitre. Volví a dormirme y la luz del amanecer me despertó. Estábamos pasando por un pequeño pueblo; las casitas de adobe y techos inclinados se veían nítidamente, como si el bus estuviese transitando por su calle principal. Aquí los manchones blancos eran mucho más grandes y visibles, también en los techados.
¿En los techos? Pues si! Ignorante o despistada, le pregunté al chofer si que era y se rió muy fuerte. Es hielo señorita! Está haciendo mucho frío; es habitual en esta zona. Pero estamos en febrero – le dije- Se encogió de hombros y calladamente observé su sonrisa burlona y preferí quedarme callada.
A la mañana llegamos a Puno. La Terminal de buses bullía de turistas, muchos con valijas, otros iban y venían con su mochila y una innumerable cantidad de agencias de turismo y personas dedicadas a ofrecer sus servicios tanto hoteleros como excursiones a viva voz. Sin embargo, me llamó la atención escuchar palabras en quechua – que me resultaba algo familiar – por provenir de un lugar donde muchos de sus vocablos se asimilaron a nuestro lenguaje coloquial diario. Era la lengua que utilizaban para conversar entre ellos (o hacerle una broma a algún turista incauto) Me dirigí hasta un hombre joven que ofrecía hotelería de buena calidad en zona céntrica a precio que me pareció conveniente; en el momento en que hacía un comentario referido a mi. Sonriendo, le dije que casualmente yo entendía lo que había dicho; se quedó callado, luego pidió disculpas y en correcto español me expresó que conseguiría una rebaja importante sobre el precio ofrecido.
Allí nos dirigimos a la salida y conocí un medio de locomoción que nunca había visto. Eran algo parecido a pequeños automóviles carrozados, con capacidad para dos pasajeros y el chofer; pero en realidad estaban armados sobre motocicletas. Un medio de transporte cómodo y económico, que habitualmente se usa –como después pude comprobar- en casi todo el Perú.
El hotel estaba ubicado a pocos pasos de la plaza principal y a 1 manzana de la peatonal de Puno. Por la tarde salí a conocer la ciudad. Se respiraba aire festivo, había música y gente que danzaba en trajes suntuosos, porque era carnaval. Las bandas llenaban el aire con el acompasado sonido de sus parches e instrumentos de viento. Toda la celebración se hacía en homenaje a la Virgen de La Candelaria. Nuevamente pude observar esa rara mezcla de fiesta pagana y cristianismo que había observado en Bolivia. Era un espectáculo bellísimo. Regresé al hotel ya tarde, pero las personas seguían danzando y el desfile de bailarines era incesante; pero al día siguiente debía partir a una excursión que deseaba hacer. Conocería la Reserva Indígena de los Uros en las Islas Flotantes y luego conocería una comunidad indígena con costumbres diferente, la Isla de los Indios Taquile.
Magui Montero
NOTA: Todas las fotografías fueron captadas durante el desfile de carnaval por las calles de Puno.

martes, 7 de abril de 2009

La Isla del Sol - Una excursión por el Titicaca

Eran las 8 de la mañana cuando llegué al embarcadero. Estaba molesta porque amaneció con nubarrones, hacía frío y corría viento. Había comprado un pasaje para la excursión de todo el día a la Isla del Sol; pero nuevamente apelé a mi "mentalidad de turista" para hacer volar el enojo, y me apresté a disfrutar del viaje. Muchas personas se embarcaban con la mochila porque iban a acampar durante algunos días y volverían en otra embarcación. Dos excursiones salieron juntas, repletas de gente de los más diversos países. A pesar del frío y el viento, elegí ir en la cubierta superior, para poder lograr mejores fotografías. Otros excursionistas hicieron lo mismo; a pesar de que teníamos comodidad suficiente para ir bajo cubierta. El guía se presentó, al igual que la persona que iba a cargo de la embarcación, durante el trayecto, se hicieron juegos, pusieron música; fueron contando parte de la historia y las características de la Isla. Antes se hacía simultáneamente la excursión a la Isla del Sol y a la de la Luna, pero en este momento estaban cancelados los viajes a esta última, porque se realizaban tareas relacionadas con la arqueología; -al menos eso es lo que nos dijeron-.El lago estaba picado y las olas golpeaban, pero teníamos colocados salvavidas y el paisaje era demasiado imponente para pensar en otra cosa. Luego de un largo trayecto, cuando nos empezamos a acercar a destino, pudimos observar su impactante belleza. La Isla tenía unos 10 km. de largo por casi 7 kilómetros de ancho; haciendo honor a su nombre, las nubes comenzaron a abrirse y un tibio sol iluminó las laderas verdes, en su mayor parte cubiertas por terrazas, construidas hacía muchísimas centurias.Nos explicaron que pararíamos un momento en la parte sur para bajar algunos pasajeros y luego continuaríamos hacia la parte norte. Allí treparíamos la montaña, acompañados del guía. A nuestro regreso, volveríamos a la parte sur para almorzar junto al lago y emprender el regreso. Allí miré por primera vez las barcas de totora, similares a las que días después vería en el Perú, de diseño similar al de los barcos vikingos; en su proa llevaban la figura de dos dragones. Deseaba acercarme más, para observarlas en detalle y curiosear la técnica con que estaban tejidas, pero debíamos continuar el viaje, pues la caminata para trepar llevaba tiempo.Continuamos hasta la parte norte y desembarcamos. Era un caserío, los pobladores en su mayoría eran descendientes de antiguos habitantes indígenas; a poca distancia un pequeño museo con piezas encontradas en el lugar y ciertos documentos que reflejaban la historia. Antes de iniciar la subida, pasamos por una playa donde estaban instaladas carpas con acampantes, casi todos jóvenes, el lugar era bonito y se respiraba tranquilidad. Más allá comenzaban las elevaciones y se iniciaba el ascenso. A medida que subía, por caminos construidos de un adoquinado muy prolijo y antiguo, pude observar infinidad de pequeños islotes rodeando la Isla. Sorprendía la similitud con figuras de animales que tenían algunos. El guía nos relató que de acuerdo a las antiguas creencias, había nacido el Dios Sol, desde una piedra que estaba en la parte más alta, donde se encontraban el altar ceremonial y las ruinas que visitaríamos; los islotes eran la representación de los animales que fueron parte de la creación, como recordación del nacimiento de la vida en este lugar. Pasamos por un pueblo indígena, y continuamos el ascenso, el paisaje se hacía más hermoso de contemplar cuando ganábamos altura, hasta que finalmente llegamos a la cumbre. En el centro se alzaba un altar ceremonial, rodeado de 12 piedras cúbicas, colocadas en forma circular, a su alrededor. A un lado una piedra de grandes dimensiones con una concavidad, de donde habíase producido el surgimiento de Inti. Luego seguían las ruinas de diferentes habitaciones para ceremonias y recogimiento de los sacerdotes. El lugar impactaba por la mezcla de colores donde resaltaba el color azul intenso de las aguas poniendo un marco maravilloso a este templo enclavado en la parte superior de la Isla del Sol.Debíamos regresar, y allí se nos dio la opción a bajar por el mismo sendero por el que subimos, o tomar otro por la altura, hasta llegar a la parte Sur, donde nos recogerían. Fueron pocos los que se atrevieron a ir por la parte superior. Teníamos solo dos horas para hacer varios kilómetros por una zona escarpada y desconocida. El resto prefirió volver con el guía, en la embarcación hasta el embarcadero Sur, donde tomaríamos el almuerzo. Bajamos por segunda vez en la parte Sur y nos sentamos en una linda posada, a comer pescado fresco preparado de distintas formas. Mientras esperábamos el regreso de los que venían por el camino de la cumbre, aprovechamos para sacar fotografías y admirar el paisaje. El sol caía con fuerza a esta hora, pero la frescura de la sombra y la brisa que venía del Titicaca, nos permitía disfrutar de las flores y la vegetación en la ladera, por la que veía subir a grupos de mochileros, rumbo a un espacio destinado a acampar, que se encontraba en lo alto. Una vez reunidos con nuestros compañeros de excursión que venían caminando, emprendimos la vuelta, haciendo otra parada más en las ruinas que habíamos visto a la distancia, cuando navegábamos esa mañana. El sol estaba empezando a bajar y nuevamente el viento y el frío se impusieron. Bajo cubierta, tomamos té de coca para mitigar la baja temperatura y reconfortarnos. Llegamos al muelle aproximadamente a las 18,30 la excursión había sido maravillosa. Había compartido momentos gratísimos con viajeros de distintas partes del mundo. Confraternizamos, consultamos sobre excursiones a realizar y cambiamos ideas. Muchos regresaban de Perú, otros tomaríamos ese rumbo. Queríamos seguir la charla y decidimos ir hasta un hermoso lugar a poca distancia de donde desembarcamos. Tomamos chocolate caliente y bollitos dulces, como para prolongar dentro de nosotros el recuerdo de los momentos compartidos. Al anochecer nos despedimos deseándonos buen viaje. Cada uno de los que estaba en la mesa -éramos 7 personas- continuaba su camino. A la mañana siguiente, cruzaría la frontera; dejaba Bolivia y entraría a Perú. Mi primer destino era Puno, la Capital folclórica de ese país. Se iniciaba otra etapa.
Magui Montero
Nota: Foto1- Fondeadero parte sur Isla del Sol. Foto 2- paisaje parte norte 3- parte norte
4- Isla del Sol camino a la cumbre parte norte. 5-Isla del Sol camino a las ruinas 6- pircas y paisaje parte norte Isla del Sol. 7-embarcación típica de totora Isla del Sol parte Sur. 8- en ruinas indígenas parte sur