domingo, 31 de mayo de 2009

RECORRIENDO EL CUSCO. TEMPLOS, FORTALEZAS Y PUEBLOS. I



Me desperté de un salto, la ansiedad por conocer, por saber, por aprovechar minuto a minuto cada instante desde la llegada al Cusco, para llenarme los ojos de colores y la mente y el corazón con su historia.
Partí temprano, luego de un desayuno sabroso que me pareció excesivo, pero terminé hasta la última miga de pan y las ricuras dispuestas en la mesa. Las calles empedradas aun no tenían el ritmo inquieto de los turistas yendo y viniendo, pero me permitió disfrutar plenamente del aire fresco de la mañana y contemplar las construcciones sólidas, parándome a admirar los balcones bellamente trabajados y los cuencos de barro con flores que observaba colocados en la mayoría de ellos.
A poca distancia y al cruzar la calle observé en la ladera de un monte (cercano a la ciudad) la leyenda “Viva el Perú” supuse que formada por rocas porque se leía nítidamente sobre la vegetación de un verde intenso, mientras que hacia el otro lado observé la bella fachada de un antiguo Teatro Municipal.
Así llegué a la Plaza Regocijo, en la cual según las creencias populares, no deben sentarse las parejas de novios ni matrimonios, pues en tal caso la boda no se concreta o las parejas se disuelven. Hacia un lado, el edificio Municipal de turismo, con una galería de amplias dimensiones prestaba su espacio para una muestra de pintura cuzqueña.
Las callecitas angostas se curvaban hacia uno y otro lado, veredas angostas y frentes antiguos. Sin embargo por dentro eran cafeterías, empresas turísticas, boutiques y hasta una joyería de lujosa decoración interior.
Así llegue hasta la Plaza Principal “Aucay Pata” de amplias dimensiones, con una hermosa fuente revoloteada por palomas.
Hacia los lados construcciones con techos de tejas coloniales y amplias Recovas donde la gente transitaba cómodamente; también allí se encontraba la Iglesia Catedral de Cusco y la Iglesia de San Francisco. Me sorprendí al saber la rigidez de los horarios para visitarlas, y aun más al conocer que para ingresar a San Francisco –que guarda cosas de alto valor histórico y cultural- debía pagarse una entrada.
En la misma Plaza hacia uno de sus lados me sorprendió una cruz de mármol de grandes dimensiones colocada sobre el mismo césped y me acerque a ver de que se trataba, pues a su lado había una placa recordatoria. Me conmovió saber que ese era el lugar donde se había matado a Tupac Amarú, los miembros de su familia (esposa, hijos y cuñados) y varios otros integrantes del grupo que intentó levantarse en contra de la dominación española. Mis pies pisaban el mismo suelo que algunas centurias atrás habían marcado hitos en el patriotismo de los naturales de ese país.
Subí por callecitas típicas visité algunas Avenidas Céntricas, pero decidí volver sobre mis pasos; no era interesante conocer lo que era la zona bancaria y lo moderno. Prefería quedarme en cada piedra, en el tallado de las maderas, en el afiligranado de las molduras y el trabajo artístico de los artesanos cuzqueños.
Al día siguiente muy temprano me buscaron desde el Hostal en el minibús para hacer el recorrido que esperaba. El guía nos fue introduciendo en la historia de la etapa anterior a la colonización. Y comenzamos la visita a los diferentes lugares. Nos dirigimos al Convento de Santo Domingo, cuya estructura se encontraba encima del antiguo templo Qoricancha; uno de los más importantes y ricos de todo el Cusco. Allí pude observar y escuché el relato de la destrucción y despojo del que habían sido víctimas. El mismo Convento fue construido con las piedras arrancadas del templo. Las estatuas de tamaño natural hechas de oro macizo replicando las figuras de personas, animales y vegetales autóctonos que adornaban los amplios jardines, habían sido sacadas de sus bases y fundidas para llevarlos a Europa. (Solo quedan algunos vestigios de cosas que se lograron esconder en el actual Museo del Oro) ubicado al frente del templo Qoricancha; aunque una gran plancha de oro se encontraba dentro del templo con los dibujos de sus dioses y la estructura jerárquica de los mismos. (todos estaban relacionados con la naturaleza)
Vi con sorpresa la forma de ensamble de las piedras, por medio de pernos y aros realizados con otras piedras pequeñas, ya que los antiguos constructores no usaban argamasa ni otros elementos de este tipo para adherir las piedras entre si. En el patio central, se encontraba la Pila donde se colocaba la chicha para las ceremonias.
Se había logrado rescatar parte de las habitaciones que pertenecían al santuario de la Luna; sin embargo sorprendía más el trabajo artístico realizado en ebanistería y pintura por los indios en la etapa de la colonización, pues sillones, puertas, pinturas de época realizadas con una maestría asombrosa, sin haber conocido otra técnica que lo que les daba su sensibilidad artística.
Por dentro estaba furiosa, más veía y más me enojaba con el desastre y destrucción que se habían hecho en nombre de la conquista y evangelización de un pueblo que tenía a mi parecer un mayor nivel de crecimiento y desarrollo que Europa en esa misma etapa; porque contaban con sistemas de cloacas, drenajes, tratamiento de excretas y respeto por la naturaleza. Cuando en aquella etapa los “civilizados” aun no conocían lo que era un baño y usaban los perfumes para tapar los olores que emanaban de su falta de higiene. Quién educó a quién? ¿Quiénes fueron las bárbaras hordas de salvajes? Esas preguntas ya tenían respuesta para mi después de conocer apenas el primer templo.
Magui Montero
NOTA: Foto 1- Fuente de la Plaza Aucay Pata. Foto 2-Edificación tradicional. Foto 3-Recova. Foto 4- Cruz que marca el lugar de inmolación de Tupac Amarú en la Plaza Aucay Pata. Foto 5- Iglesia Catedral de Cusco. Foto 6- Vista parcial de Plaza Regocijo. Foto 7- Una calle de Cusco. Foto 8- Teatro. Foto 9- Templo Qoricancha, pila donde se guardaba la chicha ceremonial. Foto 10- Templo Qoricancha, plancha de oro macizo con detalle de la estructura de los dioses.

miércoles, 13 de mayo de 2009

UNA ILUSIÓN QUE SE HACE REALIDAD. LA LLEGADA AL CUSCO


Puno quedaba atrás. Recibí sugerencias e hice contactos que ayudarían a que fuera menos difícil la llegada a Cusco; tenía miedos, pensamientos y proyectos acumulados. Por medio de una empresa turística me consiguieron la dirección del Hostal cuyo precio y ubicación me convenían.
Ahora me enfrentaría con un mundo totalmente diferente que en lo sucesivo reafirmaría o modificaría mis “pre-conceptos” y parte de la historia que conocía a través de libros y comentarios.
A medida que se sucedían los kilómetros el paisaje se transformaba. Los valles y las montañas estaban tapizados de una alfombra verde cegadora. Hicimos una parada en el límite donde terminaba Puno; un cartel indicador daba la bienvenida al Departamento de Cusco.
Grupos de artesanos vendían tejidos, tapices y recuerdos. Niños y mujeres con trajes típicos se dejaban fotografiar a cambio de algunas monedas (lo que me sugería algo “preparado para el turista” y no surgido de la espontaneidad del momento.
Paramos veinte minutos y continuamos el viaje. Verde, celeste intenso, blanco, amarillo, ocre, morado y rojo trenzados en un multicolor juego de la naturaleza me hicieron comprender el porqué de los colores de la ropa típica peruana. Eran solo una reproducción de lo que el paisaje les regalaba diariamente a los naturales de este suelo.
El bus avanzaba internándose en el corazón mismo del Cusco. En la vera del camino ruinas y construcciones antiquísimas integrados a cada lugar, aferrados como una mata o un río de viejo trazado, persistiendo en la lucha de mostrar que al paso de los siglos continuaban marcando hitos de una civilización grandiosa.
El bus se detuvo finalmente en la Plaza principal. Estaba en esa ciudad en que el tiempo parecía haberse detenido en contraposición con las modernas ropas de los que transitaban por la zona y los automóviles.
Bajé mi equipaje, pregunté como llegar al Hostal Imperial II que me indicaran y caminé lentamente mientras disfrutaba de las angostas calles adoquinadas, las construcciones de piedra con sus balcones finamente tallados, los diseños de hierro artísticamente forjado, hasta que llegué.
Una pesada puerta de doble hoja con herrajes que se encontraba entreabierta, me dio acceso al lugar donde me alojaría durante varios días.
La estructura del Hostal daba la certeza de que databa de antes del 1800; readaptando sus funciones a ser utilizado para alojamiento de turistas. Las paredes de piedra maciza medían aproximadamente cincuenta centímetros de ancho, con habitaciones distribuidas alrededor de un patio central en dos plantas, decorado con tinajones de barro cocido y cactáceos. Las barandas superiores y las puertas eran de madera tallada pintadas de verde seco. El patio recubierto de piedras laja y pequeñas mesas cubiertas con manteles de vivos colores daban una ambientación perfecta. Se respiraba tranquilidad.
Una joven salió presurosamente a recibirme, me ubicó e informó que el desayuno estaba incluido en el precio y que diariamente pasaban agentes de turismo ofreciendo servicios o excursiones.
Tal como me dijo, poco después llegó la representante de una agencia local, luego del regateo acostumbrado, tomé los servicios para una excursión a partir del día siguiente y compré la entrada (nominada e intransferible) para el circuito completo de visitas con guía incluido a los templos, fortalezas y pueblos de interés turístico situados en el área de Cusco.
Esa misma tarde me dirigí al Centro Cultural de Cusco, donde en un teatro con su capacidad colmada de turistas, una voz en off nos hablaba sobre la historia, etnias, las regiones del Perú, mientras se realizaba una muestra de danzas folclóricas del país con los distintos trajes típicos; permitiéndome tener una visión panorámica de lo que estaba conociendo.
Solo era el primer día y Cusco me había atrapado en su magia.
Magui Montero
NOTA: Foto 1 y 2: Límite Puno-Cusco, Foto 3 y 5: Paisaje camino a Cusco,
Foto 4: Ruinas al borde de la carretera, Foto 5: Interior del "Hostal Imperial II" Cusco
Foto 6: Muestra de danzas tradicionales en el Centro Cultural

sábado, 25 de abril de 2009

Excursión al Titicaca - Reserva Islas flotantes de los indios Uros – Isla de los Taquile. Perú

Por la mañana muy temprano, partí junto a un grupo de turistas hacia el Lago. Allí nos esperaban ya listas las embarcaciones, para adentrarnos en el lago. Esta vez vería dos comunidades diferentes a las que había tenido oportunidad de conocer en la parte boliviana.
Los guías en su mayoría hablaban fluidamente más de un idioma; los grupos de personas fueron separaron de acuerdo al idioma en que se daría la explicación y partimos.
Poco a poco nos fuimos adentrando en el Lago; nos dirigíamos hacia una zona con abundancia de totoras, hasta que aparecieron las primeras islas. Cada una de ellas albergaba alrededor de doce familias, con sus correspondientes viviendas. Tenían aves de corral y la vida en muy poco difería de aquella que podía transcurrir en tierra firme. Había escuela, hospital, iglesia, mercado y hasta un lugar para actividades sociales y deportivas. Contaban con luz eléctrica por medio de energía solar, radio y tv. Solo que en lugar de calles se sucedían los canales por donde la gente lugareña iba de uno a otro lado en sus barcazas.
Tanto las islas, como las embarcaciones y las viviendas estaban construidas en totora – que también les servía de alimento- (por supuesto que probé para conocer su sabor) aunque también comí panecillos horneados muy sabrosos. Su principal fuente de recursos era el turismo o los diversos artículos artesanales que comercializaban en moneda o por sistema de trueque (de acuerdo a sus necesidades) Cada Isla tenía un nombre. La que tuve oportunidad de conocer se llamaba Santa María. Fuimos recibidos con mucha alegría, y nos sentamos en rollos de totora preparados a modo de banquetas en el centro, para presentarnos a los miembros de esa comunidad y darnos las explicaciones. Los trajes de las mujeres estaban algunos bellamente bordados, había tapices, cestas, cortinados y miniaturas hechas artesanalmente que se vendían a precios sumamente accesibles.
Los niños jugaban alegremente como en cualquier otro lugar, a pesar de la cercanía del agua. Las barcas tenían una vida útil de alrededor de dos a tres años, luego de lo cual pasaban a ser parte del suelo de la isla; Por lo que constantemente se estaba construyendo una.
Nos sacamos fotografías, paseamos en estas grandes embarcaciones, bellas, livianas y con una gran similitud de diseño con las barcas vikingas y continuamos viaje, luego de comprar algunos recuerdos y despedirnos de nuestros anfitriones.
Navegamos durante un largo rato, hasta que se divisó la Isla de los Indios Taquile. Hermosa, rodeada de vegetación multicolor y sembrados. La Isla sobresalía formando un cono de ancha base, con sus caminos serpenteantes que llevaban hasta la cumbre, donde estaba emplazada la plaza principal, la iglesia, el Centro Cultural y otros edificios importantes hechos en piedra. Sus casitas de adobe y piedra de techos rojos, se destacaban en medio de la vegetación en distintas partes de la isla.
Durante el trayecto de navegación, nos informaron que si bien esta Isla se encontraba en territorio peruano, las costumbres y las leyes estaban pautadas de otra forma. Cada problema familiar o los delitos que podían suceder en su territorio, eran presentados ante toda la comunidad en voz alta y juzgados por todo el pueblo un día especial de cada semana.
El Jefe de la Isla (y su grupo familiar) vestían de forma diferente al resto de los habitantes y era el único que puede llevar sombrero y una faja roja en la cintura. El resto de los hombres lleva en su cabeza un gorro tejido de diversos colores, y la manera en que está colocado indicaba su estado civil o situación (soltero, casado, comprometido, en busca de novia) las mujeres visten un traje cuya falda (ancha y con varias enaguas) es bordada en diferentes colores, y una manta color negra tejida, en cuyos extremos lleva un pompón de colores cuya lana está teñida en tres colores, formando círculos concéntricos. La forma de colocar la manta o de ubicar los pompones, significa algo similar a lo que simboliza el gorro en los hombres; con la diferencia que también pueden expresar su estado de ánimo. (Incluso lo usan para avisar al resto de la comunidad que su marido las engañó y así avergonzarlo delante de todo el pueblo)
Otra de las particularidades de esta comunidad es que los hombres son tejedores y consiguen hermosos diseños en los artículos que venden. Algunos comercializan piedras semipreciosas que se consiguen en el lugar a precios irrisorios. Las mujeres se dedican a las tareas de la casa y la agricultura, los niños aprenden a tejer o cuidan el ganado.
El Jefe de los Taquile, nos fue a dar la bienvenida en el embarcadero acompañado de su esposa y sus dos hijos. Luego nos dirigimos al centro del poblado, almorzamos comidas típicas (bastante condimentadas pero sabrosas) disfrutamos de su música y su danza y emprendimos el regreso luego de pasar por el Centro Cultural, donde los hombres tenían a la venta sus tejidos. Ese día había sido sorprendente; el buen tiempo nos había acompañado; las personas que conocimos tenían costumbres muy diferentes, pero todo el entorno respiraba paz y armonía.
El paisaje y la naturaleza se brindaban plenos; pero también su gente de rostros broncíneos y parcos de palabras nos estaba dando una lección de convivencia y respeto por lo que ella les estaba dando.
Volví feliz, con los ojos llenos de tantos colores, pero debía continuar camino. Se acercaba el momento más importante. Mi próximo destino guardaba la raíz de una civilización maravillosa. Mañana partiría para Cusco.
Magui Montero
NOTA: Fotografías 1, 2, 3, y 4 Reserva Islas flotantes del Lago Titicaca (indios Uros)
Fotografías 6 y 7 Isla de indios Taquile del Lago Titicaca.
Fotografía 5 ropa típica de indios Taquile (foto bajada de internet).

miércoles, 15 de abril de 2009

MI ENTRADA A PERÚ. PUNO LA CAPITAL FOLCLÓRICA DEL PAIS.

Salí de Copacabana al atardecer; luego de cambiar algo de dinero para tener soles cuando llegara. Me habían explicado que el viaje sería bordeando el lago Titicaca, aunque no tendría oportunidad de ver el paisaje, porque lo haría durante la noche. Y en la mañana estaría llegando a Puno. Quizás el cansancio y lo confortable del bus hizo que me quedara dormida en seguida. Iba en uno de los primeros asientos, era de madrugada cuando abrí los ojos. Una luna enorme iluminaba el paisaje y a lo lejos se observaban matas de pastizales, el brillo del agua, algunos charcos aquí y allá en lo que parecían humedales o esteros y manchones blancos que supuse podía ser rastros de salitre. Volví a dormirme y la luz del amanecer me despertó. Estábamos pasando por un pequeño pueblo; las casitas de adobe y techos inclinados se veían nítidamente, como si el bus estuviese transitando por su calle principal. Aquí los manchones blancos eran mucho más grandes y visibles, también en los techados.
¿En los techos? Pues si! Ignorante o despistada, le pregunté al chofer si que era y se rió muy fuerte. Es hielo señorita! Está haciendo mucho frío; es habitual en esta zona. Pero estamos en febrero – le dije- Se encogió de hombros y calladamente observé su sonrisa burlona y preferí quedarme callada.
A la mañana llegamos a Puno. La Terminal de buses bullía de turistas, muchos con valijas, otros iban y venían con su mochila y una innumerable cantidad de agencias de turismo y personas dedicadas a ofrecer sus servicios tanto hoteleros como excursiones a viva voz. Sin embargo, me llamó la atención escuchar palabras en quechua – que me resultaba algo familiar – por provenir de un lugar donde muchos de sus vocablos se asimilaron a nuestro lenguaje coloquial diario. Era la lengua que utilizaban para conversar entre ellos (o hacerle una broma a algún turista incauto) Me dirigí hasta un hombre joven que ofrecía hotelería de buena calidad en zona céntrica a precio que me pareció conveniente; en el momento en que hacía un comentario referido a mi. Sonriendo, le dije que casualmente yo entendía lo que había dicho; se quedó callado, luego pidió disculpas y en correcto español me expresó que conseguiría una rebaja importante sobre el precio ofrecido.
Allí nos dirigimos a la salida y conocí un medio de locomoción que nunca había visto. Eran algo parecido a pequeños automóviles carrozados, con capacidad para dos pasajeros y el chofer; pero en realidad estaban armados sobre motocicletas. Un medio de transporte cómodo y económico, que habitualmente se usa –como después pude comprobar- en casi todo el Perú.
El hotel estaba ubicado a pocos pasos de la plaza principal y a 1 manzana de la peatonal de Puno. Por la tarde salí a conocer la ciudad. Se respiraba aire festivo, había música y gente que danzaba en trajes suntuosos, porque era carnaval. Las bandas llenaban el aire con el acompasado sonido de sus parches e instrumentos de viento. Toda la celebración se hacía en homenaje a la Virgen de La Candelaria. Nuevamente pude observar esa rara mezcla de fiesta pagana y cristianismo que había observado en Bolivia. Era un espectáculo bellísimo. Regresé al hotel ya tarde, pero las personas seguían danzando y el desfile de bailarines era incesante; pero al día siguiente debía partir a una excursión que deseaba hacer. Conocería la Reserva Indígena de los Uros en las Islas Flotantes y luego conocería una comunidad indígena con costumbres diferente, la Isla de los Indios Taquile.
Magui Montero
NOTA: Todas las fotografías fueron captadas durante el desfile de carnaval por las calles de Puno.

martes, 7 de abril de 2009

La Isla del Sol - Una excursión por el Titicaca

Eran las 8 de la mañana cuando llegué al embarcadero. Estaba molesta porque amaneció con nubarrones, hacía frío y corría viento. Había comprado un pasaje para la excursión de todo el día a la Isla del Sol; pero nuevamente apelé a mi "mentalidad de turista" para hacer volar el enojo, y me apresté a disfrutar del viaje. Muchas personas se embarcaban con la mochila porque iban a acampar durante algunos días y volverían en otra embarcación. Dos excursiones salieron juntas, repletas de gente de los más diversos países. A pesar del frío y el viento, elegí ir en la cubierta superior, para poder lograr mejores fotografías. Otros excursionistas hicieron lo mismo; a pesar de que teníamos comodidad suficiente para ir bajo cubierta. El guía se presentó, al igual que la persona que iba a cargo de la embarcación, durante el trayecto, se hicieron juegos, pusieron música; fueron contando parte de la historia y las características de la Isla. Antes se hacía simultáneamente la excursión a la Isla del Sol y a la de la Luna, pero en este momento estaban cancelados los viajes a esta última, porque se realizaban tareas relacionadas con la arqueología; -al menos eso es lo que nos dijeron-.El lago estaba picado y las olas golpeaban, pero teníamos colocados salvavidas y el paisaje era demasiado imponente para pensar en otra cosa. Luego de un largo trayecto, cuando nos empezamos a acercar a destino, pudimos observar su impactante belleza. La Isla tenía unos 10 km. de largo por casi 7 kilómetros de ancho; haciendo honor a su nombre, las nubes comenzaron a abrirse y un tibio sol iluminó las laderas verdes, en su mayor parte cubiertas por terrazas, construidas hacía muchísimas centurias.Nos explicaron que pararíamos un momento en la parte sur para bajar algunos pasajeros y luego continuaríamos hacia la parte norte. Allí treparíamos la montaña, acompañados del guía. A nuestro regreso, volveríamos a la parte sur para almorzar junto al lago y emprender el regreso. Allí miré por primera vez las barcas de totora, similares a las que días después vería en el Perú, de diseño similar al de los barcos vikingos; en su proa llevaban la figura de dos dragones. Deseaba acercarme más, para observarlas en detalle y curiosear la técnica con que estaban tejidas, pero debíamos continuar el viaje, pues la caminata para trepar llevaba tiempo.Continuamos hasta la parte norte y desembarcamos. Era un caserío, los pobladores en su mayoría eran descendientes de antiguos habitantes indígenas; a poca distancia un pequeño museo con piezas encontradas en el lugar y ciertos documentos que reflejaban la historia. Antes de iniciar la subida, pasamos por una playa donde estaban instaladas carpas con acampantes, casi todos jóvenes, el lugar era bonito y se respiraba tranquilidad. Más allá comenzaban las elevaciones y se iniciaba el ascenso. A medida que subía, por caminos construidos de un adoquinado muy prolijo y antiguo, pude observar infinidad de pequeños islotes rodeando la Isla. Sorprendía la similitud con figuras de animales que tenían algunos. El guía nos relató que de acuerdo a las antiguas creencias, había nacido el Dios Sol, desde una piedra que estaba en la parte más alta, donde se encontraban el altar ceremonial y las ruinas que visitaríamos; los islotes eran la representación de los animales que fueron parte de la creación, como recordación del nacimiento de la vida en este lugar. Pasamos por un pueblo indígena, y continuamos el ascenso, el paisaje se hacía más hermoso de contemplar cuando ganábamos altura, hasta que finalmente llegamos a la cumbre. En el centro se alzaba un altar ceremonial, rodeado de 12 piedras cúbicas, colocadas en forma circular, a su alrededor. A un lado una piedra de grandes dimensiones con una concavidad, de donde habíase producido el surgimiento de Inti. Luego seguían las ruinas de diferentes habitaciones para ceremonias y recogimiento de los sacerdotes. El lugar impactaba por la mezcla de colores donde resaltaba el color azul intenso de las aguas poniendo un marco maravilloso a este templo enclavado en la parte superior de la Isla del Sol.Debíamos regresar, y allí se nos dio la opción a bajar por el mismo sendero por el que subimos, o tomar otro por la altura, hasta llegar a la parte Sur, donde nos recogerían. Fueron pocos los que se atrevieron a ir por la parte superior. Teníamos solo dos horas para hacer varios kilómetros por una zona escarpada y desconocida. El resto prefirió volver con el guía, en la embarcación hasta el embarcadero Sur, donde tomaríamos el almuerzo. Bajamos por segunda vez en la parte Sur y nos sentamos en una linda posada, a comer pescado fresco preparado de distintas formas. Mientras esperábamos el regreso de los que venían por el camino de la cumbre, aprovechamos para sacar fotografías y admirar el paisaje. El sol caía con fuerza a esta hora, pero la frescura de la sombra y la brisa que venía del Titicaca, nos permitía disfrutar de las flores y la vegetación en la ladera, por la que veía subir a grupos de mochileros, rumbo a un espacio destinado a acampar, que se encontraba en lo alto. Una vez reunidos con nuestros compañeros de excursión que venían caminando, emprendimos la vuelta, haciendo otra parada más en las ruinas que habíamos visto a la distancia, cuando navegábamos esa mañana. El sol estaba empezando a bajar y nuevamente el viento y el frío se impusieron. Bajo cubierta, tomamos té de coca para mitigar la baja temperatura y reconfortarnos. Llegamos al muelle aproximadamente a las 18,30 la excursión había sido maravillosa. Había compartido momentos gratísimos con viajeros de distintas partes del mundo. Confraternizamos, consultamos sobre excursiones a realizar y cambiamos ideas. Muchos regresaban de Perú, otros tomaríamos ese rumbo. Queríamos seguir la charla y decidimos ir hasta un hermoso lugar a poca distancia de donde desembarcamos. Tomamos chocolate caliente y bollitos dulces, como para prolongar dentro de nosotros el recuerdo de los momentos compartidos. Al anochecer nos despedimos deseándonos buen viaje. Cada uno de los que estaba en la mesa -éramos 7 personas- continuaba su camino. A la mañana siguiente, cruzaría la frontera; dejaba Bolivia y entraría a Perú. Mi primer destino era Puno, la Capital folclórica de ese país. Se iniciaba otra etapa.
Magui Montero
Nota: Foto1- Fondeadero parte sur Isla del Sol. Foto 2- paisaje parte norte 3- parte norte
4- Isla del Sol camino a la cumbre parte norte. 5-Isla del Sol camino a las ruinas 6- pircas y paisaje parte norte Isla del Sol. 7-embarcación típica de totora Isla del Sol parte Sur. 8- en ruinas indígenas parte sur

martes, 31 de marzo de 2009

Copacabana - Un lugar de ensueño. La ayuda entre los viajeros

Salí de La Paz rumbo a Copacabana, la última localidad que visitaría antes de pasar la frontera rumbo a Perú. Ni siquiera sabía que en Bolivia había un lugar con el mismo nombre de aquella que se encuentra en Brasil. Íbamos tocando pequeñas poblaciones que quedaban en el camino, pero solo me bajaba lo necesario, para continuar el viaje. Sin embargo, ya durante el camino había escuchado hablar maravillas del lugar hacia donde me dirigía. Nada me hacía suponer lo que vería allí; ni siquiera lo imaginaba. Solo me habían avisado, que desde ese lugar podía tomar excursiones a la Isla del Sol y la Isla de la Luna (después supe que no podría ir a esta última) Salimos temprano, casi al amanecer, el cielo limpio de un color celeste sin nubes. A medida que habían transcurrido los días y cuando se trepaba más y más, la limpieza del éter era evidente. Ya sin problemas para respirar, y bien medicada, me llenaba el pecho de el aire de las montañas, el olor de la hierba fresca al amanecer y los colores enceguecedores del paisaje. La poca información que tenía del país boliviano me hizo suponer que la región oeste por donde pasaría, era solo seca y árida; sin embargo, el verde brillante de los pastizales me avisaba que estaba equivocada. A eso se agregaba que con el correr de los kilómetros aparecía o se escondía una y otra ver a la distancia un pedacito del Lago Titicaca y el horizonte se desdibujaba en la unión imaginaria del cielo con el Lago.Llegamos a un embarcadero, debíamos cruzar en lancha; los vehículos pasaban en balsa. Era una parte del Lago donde se estrechaba, de esa forma se ahorraban muchos kilómetros innecesarios de ir bordeándolo, entrar y salir de territorio peruano; por lo cual a Desaguadero lo vería en el camino de regreso del Perú.El cruce en lancha fue bonito, llegamos al otro lado y volvimos a subir en nuestros respectivos transportes para continuar el viaje. Los kilómetros parecían no sentirse porque hacia donde miraba, un espectáculo de maravilla se presentaba ante los ojos.Había mucha gente joven haciendo el trayecto, gran parte de ellos solo estaría de paso por Copacabana, pues iban a acampar en la Isla del Sol. Algunos ya conocían el trayecto y de pronto dijeron: ¡Miren, allí está Copacabana! A la distancia, en una suave pendiente que se veía desde la ruta había dos cerros, en el medio un el valle que tenía casi la forma de un plato reclinado hacia el lago, alcancé a divisar la población a una altitud de 3800 metros. Prendida como un broche en el borde mismo del Titicaca y custodiada por los cerros, lucía majestuosa a la luz del sol. Bajamos en la pequeña plaza de los artesanos, ese día se celebraba "el baile de las comadres" por lo que las mujeres lucían sus trajes de brillantes colores. Bajé y a poco de andar el grupo de jóvenes con quienes compartiera el recorrido me dijeron: si no tienes donde parar, ven con nosotros, hay un hostal cerca, es sencillo pero limpio; hay muchos viajeros y no conseguirás donde dormir. Y los seguí. Uno de ellos sugirió que esperáramos el conseguiría mejor precio, porque conocía al encargado. Finalmente volvió; se acomodaron en tres habitaciones dobles y triples; para la tía (o sea yo) una habitación simple sin desayuno (con baño compartido), ¿y cuanto tengo que pagar? Y empezaron a reírse. -Si quieres estar sola te saldrá bastante más caro que a nosotros; debes pagar un dólar por día. Yo no podía creerlo, suponía que se estaban burlando, pero confirmé el precio cuando ingrese a la pensión. De hecho, solo tenía la cama, una mesa de luz, una silla y una pequeña repisa de pared. La Mochila sobre la cama, hasta que sea la hora de dormir; luego la pasaba a la silla haciendo equilibrio para no caerme. Era una pequeña celda, pero la cama cómoda y las sábanas limpias; no necesitaba más. Tengo por costumbre apenas al llegar conocer la Iglesia del lugar. Me dirigí a la Plaza principal a recibir la bendición de Ntra. Sra. de La Candelaria, una hermosa Iglesia Blanca con sus puertas finamente talladas. En la plaza, la banda tocaba música alegre y había una enorme cantidad de palomas, que los niños y algunos adultos alimentaban y registraban en fotografías. Caminé mucho entre los negocios con artesanías, pinturas, bares, pubs, hoteles. Casi todas las calles eran angostas; iban en declive a desembocar en el lago.Jóvenes artesanos (la mayoría extranjeros) desplegaban sus productos, tejían pulseras, hacían trenzas, pintaban prendas, modelaban cerámica en frío, mientras cantaban y se reían entre ellos. Me acerqué a preguntar precios; allí descubrí una pareja de argentinos que venía viajando desde México hacía seis meses, mientras recorría los países. Me miraron con alegría y con ansiedad consultaron si andaba cargando "mate". Saqué el termo y me senté en la vereda a cebarles un rato. Prometí volver por la tarde trayéndoles de regalo un poco de yerba mate pues tenía lo suficiente como para cederles un poco. Me sugirieron aclarar que era argentina, pues (en ciertos lugares) se negaban a atender a las personas chilenas, cuestión que solucioné comprando lo que otros compañeros de viaje provenientes de ese país necesitaban; pero solo fue en situaciones puntuales. En casi todos los casos no se generaban inconvenientes.Por la tarde, nos reuníamos en un bonito bar que tenía sillones y mesas hechos con troncos de árboles, comíamos pizza, tomábamos chocolate caliente (al atardecer el viento que llega del lago es demasiado frío) O armábamos fogones a la orilla del lago mientras se ponía el sol envueltos en ponchos y abrigos, cantábamos, contábamos anécdotas y proyectábamos excursiones calentando el cuerpo con mate o tomando unos tragos de ron, aunque ya a las diez de la noche todos regresábamos a nuestros respectivos alojamientos, pues el frío se hacía imposible. Un día alquilé un bote de vela, para navegar en el Titicaca y sacar fotografías del pueblo desde otra perspectiva, Willy -el botero-, solo logró tomarme una foto donde aparece parte de mi cabeza; finalmente me di por vencida. No podía hacerle comprender como funcionaba la cámara; así que me dediqué a registrar los paisajes, renunciando a salir en ellas. El paseo de cuatro horas, me salió dos dólares. Al día siguiente haría la excursión a la Isla del Sol y en dos días más cruzaría la frontera peruana. Cada jornada transcurrida, me iba acercando a mi principal meta, Macchu Picchu; aunque no dejaría de reconocer que ni un solo instante se había desperdiciado; los minutos y las horas vividas en este hermoso proyecto, eran imposibles de olvidar. Hasta ahora, el conocer Bolivia había sido una experiencia fantástica.
MAGUI MONTERO
NOTA: Foto1- Vista llegando a Copacabana. Foto2- Copacabana desde la altura, detrás Lago Titicaca.
Foto3-Iglesia de Ntra. Sra. de Copacabana - Foto4- Una calle de Copacabana, al fondo el lago -
Foto 5- Vista del muelle de Copacabana Foto 6- Vista de Copacabana desde el Lago Titicaca.

viernes, 27 de marzo de 2009

LA PAZ - Una ciudad de contrastes.

Partí de Oruro en las primeras horas de la tarde, el viaje fue hermoso, me sentí cómoda, el paisaje de las montañas al atardecer, pincelaba de claroscuros los valles y el cielo semicubierto de nubes dejaba filtrar rayos de sol que semejaban hilos dorados, creando la sensación de un cuadro surrealista.Empezaba a oscurecer cuando vi por primera vez a la distancia, desde la altura la ciudad de La Paz, como pequeños cuadritos de colores recostándose en una profunda hondonada rodeada de montañas. Comenzamos a descender poco a poco, el ómnibus iba haciendo paradas cada vez más frecuentes en diferentes lugares a medida que nos adentrábamos en la zona urbanizada y seguíamos descendiendo por la ruta recostada en los faldeos montañosos que rodeaban la ciudad. Ingresamos en La Paz, cuando ya era noche cerrada. Había poco movimiento, la Terminal estaba casi vacía, bien iluminada, limpia. El diseño raro, altísimos techos, bancos, plantas, numerosos locales comerciales, a esta hora cerrados. Recordé algunas recomendaciones que me habían hecho, respecto a cuidar mi seguridad en horas de la noche; y decidí dejar la mochila en uno de los varios locales guarda – valijas que estaban abiertos las 24 horas. Por pocas monedas recibieron mi equipaje y me dieron un ticket numerado. Eso permitía que lo guardara durante un día entero; (de hecho que no pensaba en tenerlo más allá de las dos horas) pero la idea era moverme rápidamente hasta encontrar alojamiento en un lugar adecuado y seguro, antes de la medianoche. Eran casi las 11 p.m. cuando salí de la bella y amplia Terminal. Afuera, poco movimiento de vehículos; sin embargo, como en cualquier lugar del mundo, un grupo de taxistas esperaba potenciales clientes mientras fumaban y reían, conversando animadamente.Me acerqué a ellos y les expliqué que viajaba sola, no conocía la ciudad y necesitaba alojarme en un lugar cómodo seguro, pero barato, pues no tenía demasiado dinero. (Es adecuado decir esto, cuando uno se dirige a un extraño en un lugar desconocido, ante la posibilidad de contactar accidentalmente a una persona de no buenas intenciones), pero de inmediato, varios de ellos coincidieron en indicar un Hostal que quedaba casi al frente de la entrada, subiendo por la avenida. Me informaron que era un lugar serio, limpio y seguro. Crucé la calle y me dirigí a la entrada. El Hostal estaba como colgado en un desnivel, tenía escaleritas por las que se iba subiendo en pequeñas terrazas con bancos y plantas. Era el Tambo de Oro, tenía habitaciones disponibles de varios tipos y precios, de acuerdo a las comodidades que ofrecía. Pedí habitación, y regresé a la Terminal, donde agradecí por la atención al grupo de taxistas que me lo había recomendado. Iba rumbo al depósito de equipaje, cuando encontré una pareja de jóvenes en el hall central casi desierto; miraban a uno y otro lado, desorientados y con cara de preocupación. Me acerqué a ellos y les dije si podía ayudarlos. Venían de luna de miel, eran de Chile, no conocían la ciudad y no tenían alojamiento; así que cargué mi equipaje y los llevé conmigo, para que se instalaran en el mismo Hostal. De allí en más, una buena parte del trayecto hasta Macchu Picchu fueron mis compañeros de aventuras e hicimos varias excursiones juntos. Probamos comidas y compramos souvenirs. A la mañana siguiente inicié mi paseo por La Paz, caminando y sacando fotografías, el corazón me golpeaba como tambor, estaba agitada, me zumbaban los oídos, no podía respirar y un fuerte dolor de cabeza no me soltaba a pesar de haber tomado aspirinas. A la hora del desayuno –café con leche, mantequilla, mermelada y dos panecillos (del tipo de los que usamos para hamburguesas)- le comenté mi malestar a la empleada que servía el desayuno. Me preguntó si era de zona de llanura y cuando le respondí afirmativamente me dijo: eso es el soroche. Vaya a la farmacia, le venderán unas pastillas que debe tomar todos los días a la mañana, y no la molestará más. Sabias palabras! Compré una caja y el resto del viaje tanto en Bolivia como en Perú no volví a sentir ninguna cosa extraña. Ciertas veces chupaba también caramelos de coca o tomaba una taza de este té que me servía no solo como paliativo para el apunamiento, sino como digestivo cuando me daba algún atracón de comidas.La capital boliviana me recibió con sus brazos abiertos, era una ciudad antigua, con bellos balcones y casas de frente ornamentados del siglo pasado, que convivían con grandes edificios modernos. Anchas avenidas, que se entrecruzaban con angostas callecitas de adoquines. Plazas secas imponentes en contraste con otras llenas de flores multicolores. Muchísima gente, impresionante cantidad de puestos callejeros. El tráfico enloquecedor y desorganizado. El parloteo altisonante de los extranjeros y el suave murmullo quechua o aymará de los naturales. La elegancia y sobriedad de hombres y mujeres de negocios, con el colorido y los bordados de los trajes tradicionales de faldas superpuestas y sombreros de fieltro. Un lugar de contrastes, para disfrutarlo llenarse los ojos de historia, de paisajes y de sabores fuertes, condimentados, tan fuertes como el impacto de diferentes culturas entremezcladas en el oficio diario de la convivencia armónica. La huella aborigen era fuerte, la huella de las migraciones europeas también; el resultado eran hermosos frontispicios bellamente trabajados en ornatos afiligranados y una cultura digna de verse y revelarse al mundo. Era cuestión de saber descubrir el corazón de Bolivia, en esta ciudad cuyo nombre sonaba como una ofrenda y oración: La Paz.
Magui Montero
NOTA: Foto 1- Iglesia San Francisco. Foto 2- Casa de Gobierno.
Foto 3-Congreso de la Nación. Foto 4- Monumento en piedra cerca de la Iglesia San Francisco
Foto 5- Una calle de La Paz - Foto 6- Detalle de tallado en piedra en el frontispicio de la Iglesia San Francisco