Una habitación no demasiado grande, dos mujeres y un hombre ya mayores, conversaban animadamente cuando entramos. Saludaron con afecto al improvisado guía, mientras echaban miradas desconfiadas hacia mí, que permanecía parada cerca de la puerta.El taxista (a quién daré el nombre supuesto de Pedro) les explicó la razón por la que me había traído, y sus rostros cambiaron.
Ambas mujeres, eran más bien pequeñas y entradas en carnes; una de ellas más morena que la otra. La que parecía mayor, llevaba el cabello recogido en un pequeño rodete, que dejaba escapar rizos entrecanos; la más joven tenía pelo corto. Se acercaron sonrientes dándome sonoros besos en la mejilla. El anciano, delgado, de escaso pelo, ojos grandes, rostro lleno de arrugas, se sacó la gorra que llevaba puesta y extendió la mano, cuando Pedro hizo las presentaciones.
El lugar era una especie de pequeño bar, había un mostrador de madera lustrada, unas mesas y sillas, todo de diseño antiguo. El ambiente poco iluminado, piso de cemento alisado, las paredes mostraban rastros de humedad y restos de varias capas de pintura, estaba limpio, pero olía a tabaco fuerte. No sabían como comportarse, que ofrecerme, supuse que se sentían incómodos, por esta llegada imprevista de alguien desconocido. Pensé en decir algo más que solo responder las preguntas lógicas de nombre, lugar de donde provenía y como era mi familia.
Les conté que andaba de paseo, quería escuchar música, conocer gente; que era una persona de trabajo. Se reían de mis ocurrencias y al poco rato me sentí rodeada de amigos.
La tarde caía, alguien trajo una guitarra, Pedro cajoneaba en la mesa, poco a poco se asomaron otras personas más; reconocí sentada en el escalón a una de las niñas que había visto jugar en la vereda, cuando caminaba con Pedro. La melodía que entonaba el anciano intérprete, era suave, rítmica, la voz ronca pero melodiosa. La niñita se paró, movía piecitos y caderas con la sensualidad de una mujer adulta. Mi reciente amiga me susurró sonriente y con orgullo – es mi nieta. Yo batía palmas, me sentía feliz de haber encontrado gente simple, sencilla, que me permitía ir conociendo otro rostro diferente de la Cuba turística. Con algunos tragos de alcohol encima, me animé a bailar unos pasos y canté con ellos trozos de viejas canciones.
Antes de partir, les dejé pequeñas cosas que traía en la mochila; enojada conmigo misma por no tener más que ofrecerles a cambio de tan bonitos momentos. Los caramelos, el jabón, dentífrico, dos bolígrafos, el cuaderno de notas, al cual le arranqué las hojas escritas, la toalla de mano y el desodorante; fueron recibidos como tesoros. Pagué las bebidas y salí sonriente. En la mochila solo quedaba una cámara de fotos, las hojas cortadas del anotador, una botella con restos de agua mineral, y el dinero justo para pagarle a Pedro.
La noche había caído, caminamos hasta el automóvil; poca luz en la calle, pero no tenía miedo, me sentía cuidada y protegida. Cuba mostraba el corazón de su gente, tan cálido como yo me imaginaba.
Eran las 10,00 de la noche cuando nos despedimos con Pedro a pocos metros de la puerta del hotel. Le di un fuerte abrazo, sabiendo que tal vez no lo volviera a encontrar. Le brillaban los ojos cuando dije, muchas gracias por entenderme, a lo que él respondió, gracias a usted por ser distinta.
Me quedé mirando el viejo automóvil que se perdió a la distancia y entré en el lobby del hotel. Ahora si, podía decir que estaba conociendo La Habana.
Magui Montero
NOTA: Imagen extraída de internet








